La Ultima Guardiana

CAPITULO 27

Hak fue el primero en moverse.

Se lanzó hacia mí, esquivando los cuerpos de los guardias caídos, su rostro una mezcla de alivio y preocupación.

—Layla... —jadeó, acercándose—. ¿Estás bien?

Extendió la mano hacia mi brazo, pero en el momento en que sus dedos rozaron mi piel, se apartó de golpe con un siseo de dolor.

—¡Mierda! —Sacudió la mano, mirándola con incredulidad—. ¿Pero qué...?

Bajé la mirada hacia mi brazo derecho.

Las marcas negras que habían aparecido durante el ritual ya no eran solo tatuajes. La piel alrededor de ellas había cambiado. Era más dura. Más oscura. Como si estuviera cubierta de...

—Escamas —susurré, pasando mis propios dedos por el brazo.

No me quemaban a mí. Pero podía sentir el calor emanando de ellas. Un calor que pulsaba con vida propia, como brasas bajo ceniza.

Escamas de dragón.

Hak retrocedió un paso, mirando mi brazo con una mezcla de asombro y horror.

—Layla, ¿qué te hizo ese ritual?

Lo miré fijamente.

Y por primera vez, realmente lo vi.

Cada detalle de su rostro se volvió nítido con una claridad que nunca había experimentado. Podía ver cada poro de su piel. Las pequeñas arrugas que se formaban en las comisuras de sus ojos cuando fruncía el ceño. Las líneas más profundas en su frente, grabadas por años de preocupación y combate.

Su piel estaba deshidratada. Pequeñas grietas microscópicas se extendían por sus mejillas. Una cicatriz casi invisible atravesaba su ceja izquierda, tan vieja que probablemente ni él mismo la recordaba.

Y sus ojos. Dios, sus ojos.

No eran solo marrones. Eran capas de tonos ámbar, dorado, café oscuro, todos mezclándose como un caleidoscopio. Podía ver las venas diminutas en el blanco de sus ojos.

—Hak —dije lentamente, inclinando la cabeza—. Te ves más feo.

Él parpadeó, completamente desconcertado.

—¿Qué?

—Puedo verlo todo —continué, casi fascinada—. Cada arruga. Cada poro. Cada... —hice una pausa— ¿Tienes una verruga detrás de la oreja izquierda?

Hak se llevó la mano a la oreja automáticamente, con la boca ligeramente abierta.

—¿Cómo diablos...?

—Visión de dragón —respondí simplemente, apartando la mirada antes de que me abrumara—. Es... intenso.

Hak soltó una risa. Seca. Sin humor.

—En serio, Layla —dijo, pasándose una mano por el rostro con un gesto de cansancio—. Yo aquí matándome por protegerte. Luchando contra veinte guardias. Sin dormir un día y medio vigilando que no entraras en coma. Y lo primero que me dices al despertar es que estoy más feo?

Era verdad.

Ojeras profundas bajo sus ojos. Sangre seca en su cuello. Nudillos destrozados, algunos aún sangrando.

Y sus ojos. Estaban cansados. Muy cansados.

Pero también aliviados.

—Tienes razón, perdona Hak —dije suavemente, y esta vez mi voz no tenía rastro de burla—. Gracias por protegerme.

Él parpadeó, claramente sorprendido por el cambio de tono.

—No iba a dejarte sola, Layla. Nunca —Su voz sonó más ronca de lo normal.

Extendí mi mano izquierda —la que no tenía escamas— hacia él, en un gesto de invitación.

Hak se acercó, cerrando la distancia entre nosotros, y se arrodilló junto a la cama para quedar a mi altura.

Toqué su mejilla suavemente. Él no se apartó.

—Lo sé —susurré—. Y siento lo del comentario. En realidad... —una sonrisa pequeña apareció en mis labios— te ves igual de feo que siempre.

Hak soltó una carcajada real esta vez. Corta, pero genuina.

—Ahí está —dijo, sacudiendo la cabeza—. La Layla que conozco. Por un momento pensé que el ritual te había convertido en alguien amable.

—Ni en tus sueños —respondí, sonriendo más ampliamente.

Pero entonces su expresión cambió. Se volvió más seria. Más preocupada.

—¿De verdad estás bien? —preguntó en voz baja—. Después de todo lo que... lo que pasó en esa cueva. Los gritos. El dolor. Yo...

No terminó la frase, pero no hacía falta.

Había estado ahí. Había escuchado cada uno de mis gritos. Había visto a Rowan detenerlo mientras yo sufría.

Y no había podido hacer nada.

—Estoy bien —dije, y era verdad—. Dolió. Dios, dolió más de lo que puedo expresar. Pero... —miré mi brazo derecho, las escamas brillando suavemente bajo la luz de la luna— valió la pena. Ahora soy más fuerte. Ahora puedo protegerme. Protegerte a ti también.

—No necesitas protegerme —murmuró Hak, pero había un toque de calidez en su voz—. Ese es mi trabajo.

—Tal vez ahora podamos protegernos el uno al otro —sugerí.

Él me miró durante un largo momento. Y luego asintió lentamente, con reconocimiento. Como si ahora fuese su igual.

Por un momento, el mundo pareció reducirse solo a nosotros dos. A su mano que se habia movido y ahora sostenia la mía. A la calidez de ese gesto simple.

Pero entonces una voz rompió ese momento.

—Layla...

Rowan.

El nombre sonó como una súplica. Como una disculpa. Como un ruego por perdón que sabía que no merecía.

Giré la cabeza lentamente hacia él.

Y el mundo volvió a reanudar su marcha normal, aunque en realidad nunca se hubiera detenido.

Los soldados seguían ahí, todavía congelados en sus posiciones. Algunos de pie. Otros de rodillas. Todos mirando hacia mí con una mezcla de miedo y reverencia. Sin saber qué hacer. Sin atreverse a moverse.

Rowan estaba del otro lado de la habitación, cerca de la puerta destrozada.

Sangre seca manchaba su camisa. Un corte profundo atravesaba su brazo. Sus manos aún temblaban ligeramente, aferrando la espada que había recogido del suelo.

Pero era su expresión lo que más me impactó.

Se veía... destrozado. Su rostro una mezcla de culpabilidad y dolor.

Nuestros ojos se encontraron.

—Layla, yo... —comenzó, dando un paso tentativo hacia mí.

Levanté mi mano derecha. La que tenía las escamas de dragón.

Él se detuvo de inmediato.




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