La Ultima Guardiana

CAPITULO 28

HAK

Caí rendido en la cama junto a Layla, que se la veia terriblemente cansada.

Había pasado un día y medio junto a ella después del ritual. Vigilándola. Esperando que despertara. Esperando que... que siguiera respirando.

Porque después de escuchar esos gritos en la cueva, después de ver lo que Rowan le había hecho...

Aprete los dientes, sintiendo cómo la rabia amenazaba con volver a la superficie.

Mi hermano.

Mi maldito hermano.

Todavía tenía ganas de partirle la cara. De hacerle sentir una fracción del dolor que le había causado a Layla. Apenas habíamos hablado durante todo ese tiempo. Solo lo justo y necesario. Órdenes cortas. Respuestas más cortas.

Porque si me detenía a hablar con él de verdad, no estaba seguro de poder controlarme.

Miré hacia abajo, hacia Layla.

Rowan me había llevado hasta esta habitación —la torre oeste, la misma que ella había incendiado intentando escapar. Me había reído cuando me lo contó. Mi cervatillo rebelde.

Ahora estaba completamente restaurada. Como si nunca hubiera pasado nada.

Cuando la dejé en la cama con cuidado, pensando que tal vez podría... no sé, darme una ducha rápida, cambiarme de ropa, ella se aferró a mi túnica.

Con fuerza.

Una fuerza sorprendente para alguien que acababa de purificar a un rey poseído por la malicia.

Sus dedos —los de la mano con escamas de dragón— se cerraron alrededor de la tela y no la soltaron. Ni siquiera cuando intenté apartarme suavemente.

Quería acostarme junto a ella. Dios, quería hacerlo.

Pero estaba cubierto de sangre. Sudor. Polvo. Los restos de la batalla contra los guardias en la habitación de Rowan. Si me acostaba así, iba a manchar las sábanas. A mancharla a ella.

Así que con mucho cuidado, intenté quitarme la camiseta.

Fue más difícil de lo que pensaba, considerando que ella no soltaba mi túnica. Pero eventualmente lo logré, dejando que se aferrara a la tela mientras yo me escurría hacia el baño.

Me limpié lo más rápido que pude.

No quería dejarla sola. Ni siquiera por unos minutos.

Por si pasaba algo. Por si despertaba y no me encontraba ahí. Por si...

Por si dejaba de respirar.

El miedo me acompañó incluso en la ducha. Frío. Afilado. Constante.

Pero cuando salí, secándome apresuradamente y vistiendo solo un pantalón limpio, ahí seguía.

Acurrucada contra mi túnica. Abrazándola como si fuera un salvavidas.

Hermosa.

Divina.

Como el mismo sol.

Me acerqué lentamente a la cama, observándola en el silencio de la habitación. La luz de la luna se filtraba a través de las cortinas, bañándola en un resplandor plateado.

Las escamas en su brazo derecho brillaban suavemente. Su rostro, normalmente tan lleno de desafío y fiereza, estaba completamente relajado.

Me deslicé en la cama con cuidado, tratando de no despertarla. Pero en el momento en que el colchón se hundió bajo mi peso, ella se movió instintivamente.

Hacia el calor. Hacia la seguridad.

Hacia mí.

La atraje hacia mi pecho, rodeándola con mis brazos. Encajó perfectamente, como si hubiera sido diseñada para estar exactamente ahí.

Retiré un mechón de cabello de su rostro con suavidad, observando cómo su expresión se relajaba aún más.

Y entonces, sin pensarlo realmente, me incliné y le di un beso en la frente.

Suave. Reverente.

Una promesa silenciosa.

No voy a dejarte. Nunca.

Hubiera querido quedarme mirándola durante horas. Memorizar cada detalle de su rostro. Cada pequeña arruga de su nariz cuando fruncía el ceño en sueños. Cada respiración que confirmaba que seguía viva.

Pero el sueño y su calor me arrastraron.

Y por primera vez en día y medio, cerré los ojos.

Sabiendo que ella estaba segura.

Sabiendo que estaba exactamente donde debía estar.

A mi lado.

---

Desperté con una sensación de calor.

No, calor no era la palabra correcta.

Fuego.

Mi cuerpo estaba en llamas, cada nervio despierto y vibrante. El deseo me golpeó como una ola, tan repentino y feroz que por un momento no pude procesar qué estaba pasando.

Abrí los ojos con dificultad, todavía desorientado por el sueño.

Y entonces lo sentí.

Un peso sobre mis caderas.

Algo cálido. Húmedo. Deslizándose arriba y abajo por mi...

Mierda.

El deseo me atravesó como un relámpago, borrando cualquier rastro de sueño que quedara. Mi mano se movió por instinto, buscando bajo las mantas, encontrando cabello suave y...

Layla.

Era Layla.

Mi mano se cerró en su cabello, guiándola sin pensar, perdiéndome en la sensación que amenazaba con consumirme por completo.

Con cada onza de fuerza de voluntad que tenía, la detuve.

La retiré con cuidado, sintiendo cómo mi cuerpo protestaba violentamente contra la decisión. Estaba tan cerca... tan malditamente cerca...

—Layla —mi voz salió ronca, rasposa—. Para. Tienes que parar.

Ella se apartó lentamente, emergiendo de debajo de las mantas con el cabello revuelto y los labios hinchados. Sus ojos —esos malditos ojos de dragón con pupilas verticales— brillaban en la penumbra de la habitación.

Y me miraban con una intensidad que me dejó sin aliento.

—No quiero parar —dijo, su voz ronca por... otra cosa.

Antes de que pudiera procesar sus palabras, se movió.

En un solo movimiento fluido, se deslizó sobre mí, colocándose a horcajadas sobre mis caderas. El peso de su cuerpo contra el mío, la calidez que emanaba de ella, la forma en que me miraba...

Joder.

Mis manos se movieron instintivamente a sus muslos, sosteniéndola. Queriendo detenerla. Queriendo acercarla más.

—Layla... —intenté, pero mi voz sonó más como una súplica que como una advertencia.

—Estuve dormida casi dos días —dijo, inclinándose hacia adelante hasta que su rostro quedó a centímetros del mío—. Dos días en los que tú estuviste aquí. Cuidándome. Protegiéndome. Sin descansar.




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