El dolor fue lo primero que registró mi cerebro. Un latido punzante, sordo e implacable en la base de mi nuca. Como si alguien me hubiera clavado un cincel directamente en el cráneo y lo estuviera girando con lentitud y saña. El último recuerdo que cruzó mi mente fragmentada fue el olor a tormenta, un abrazo de acero y el golpe brutal de Hak. Gemí, intentando llevarme las manos a las sienes para detener el martilleo, pero mis brazos no cedieron. Un tirón seco y metálico me desgarró las muñecas. Abrí los ojos de golpe. Oscuridad. Una negrura tan densa y asfixiante que por un segundo de pánico absoluto creí que me habían dejado ciega. El aire olía a tierra antigua, a humedad estancada y a algo metálico que me revolvió el estómago. Tiré de mis extremidades otra vez. El tintineo del hierro pesado resonó con un eco hueco. Grilletes. Estaba encadenada de pies y manos a unas gruesas anillas empotradas en la piedra fría sobre la que estaba tumbada. —¿Hak? —Mi voz sonó como papel de lija, rasposa y débil. El eco la multiplicó, devolviéndomela distorsionada desde las paredes invisibles de la caverna—. ¿Rowan? El pánico me subió por la garganta como bilis, ahogándome. Me retorcí como un animal en una trampa, pero el hierro solo logró rasparme la piel hasta dejarla en carne viva. No cedió ni un milímetro. —¡Hola! —grité, tirando con todas mis fuerzas—. ¡Sacadme de aquí! ¡Por favor! Entonces, los escuché. Pasos. Lentos. Rítmicos. Medidos. Acercándose desde las profundidades de la cueva. Una luz tenue y anaranjada comenzó a rasgar las sombras, revelando paredes de roca irregular y estalactitas que colgaban del techo invisible como los colmillos de una bestia descomunal. Y debajo de ellas, sosteniendo un farol antiguo, apareció una figura alta y familiar. —Rowan... —El alivio floreció en mi pecho por un mísero segundo, hasta que la luz iluminó su rostro y murió estrangulado. Sus ojos, normalmente analíticos o teñidos de hastío aristocrático, estaban vacíos. Muertos. Me miraba, sí, pero era como si viera a través de mí. Como si yo ya no fuera Layla, sino un simple objeto. Un sacrificio. En su mano libre sostenía el pesado tomo antiguo que había visto en su despacho. —¿Rowan, qué es este lugar? —Mi voz tembló, rota por el terror—. ¿Qué me vais a hacer? ¿Dónde está Hak? ¡Desátame! Rowan se detuvo justo al borde de donde me alcanzaban las cadenas. Dejó el farol en el suelo. No parpadeó. No hubo ni un ápice de lástima en su voz cuando por fin habló. —No luches, Layla. Solo harás que sea peor. Fue lo único que dijo antes de abrir el libro. Comenzó a recitar. No era el idioma del Norte, ni la lengua común, ni nada que yo hubiera escuchado jamás. Las palabras sonaban guturales, ásperas, vibrando en el aire pesado de la cueva como si hubieran sido arrancadas del mismísimo centro de la tierra. —¡Rowan, escúchame! ¡No lo hagas! —chillé, sacudiendo las cadenas frenéticamente. Él alzó la voz, ahogando mis súplicas. Y entonces, la magia despertó. El suelo de piedra bajo mi espalda empezó a irradiar calor. Líneas de una luz dorada y cegadora brotaron de la roca, extendiéndose rápidamente a mi alrededor hasta dibujar un círculo perfecto. Una jaula de luz que me encerraba en su centro. Decenas de símbolos incomprensibles emergieron en el perímetro, encendiéndose uno tras otro como llamas antiguas, latiendo al compás de los cánticos de Rowan. Desde el borde, hilos de luz dorada reptaron hacia el interior, cruzándose bajo mi cuerpo, formando una red geométrica de triángulos y estrellas que palpitaban con una energía sofocante. —¡¿Qué es esto?! ¡Para! ¡Por lo que más quieras, para! Y entonces, llegó el dolor. Empezó en la punta de mi dedo índice derecho. Fue como si Rowan hubiera sacado una brasa al rojo vivo y me la hubiera presionado directamente contra la piel, manteniéndola ahí, sin soltar. Jadeé, levantando la mano todo lo que la cadena me permitió. Mis ojos se abrieron desmesuradamente. Una línea negra, delgada y oscura como la tinta de un calamar, estaba naciendo bajo mi piel. No sobre ella. Debajo. —¡Ah! —solté un grito ahogado. Ardía. Dioses, ardía como el fuego del infierno. La línea negra comenzó a serpentear, avanzando como un parásito vivo hacia mi segundo dedo. Luego al tercero. No era un dibujo; era como si me estuvieran inyectando plomo derretido por las venas. Cada milímetro que avanzaba era una aguja perforándome la carne, rozando el hueso, abriéndose camino a la fuerza. —¡Aaaahhhhh! —Mi garganta se desgarró en un alarido de pura agonía. Tiré de las cadenas con tal violencia que sentí mi propio hombro a punto de dislocarse—. ¡ME DUELE! ¡ROWAN, ME ESTÁ QUEMANDO! Las marcas negras llegaron al dorso de mi mano y se multiplicaron. Se ramificaron en patrones intrincados, tatuajes oscuros que se entrelazaban y se hundían más y más. El dolor escaló hasta nublarme la razón. Sentía cómo se rasgaban mis músculos desde dentro, cómo la magia excavaba trincheras de fuego a través de mis nervios. —¡PARA! —Le supliqué, sollozando, con la cara empapada en lágrimas calientes y sudor frío, retorciéndome sobre la roca brillante—. ¡POR FAVOR, PARA! ¡HAK! ¡HAK, AYÚDAME! Pero Rowan no detuvo su letanía. Su voz resonó más alta, más urgente, rebotando en la cueva de los colmillos de piedra. Sus ojos fríos permanecieron fijos en el libro, completamente sordo a mis gritos, mientras la tinta de fuego cruzaba mi muñeca y empezaba a devorar mi brazo. Las marcas reptaron por mi antebrazo. Me rodeaban, apretando como alambres de púas al rojo vivo que se abrochaban directamente sobre mis venas. Mi espalda se arqueó en un espasmo violento, despegándose por completo del suelo de piedra. —¡ROWAN! —Mi voz ya no sonaba humana. Era un alarido gutural, apenas reconocible, roto por los sollozos y la falta de aire—. ¡TE LO SUPLICO! ¡POR FAVOR! ¡DUELE! ¡ME DUELE! La tinta de fuego alcanzó mi codo y el dolor se multiplicó de una forma que mi cerebro no estaba preparado para procesar. Creía que no podía intensificarse más, que ya había tocado el límite de la agonía humana, pero me equivocaba. Tiré de las cadenas con una fuerza salvaje, histérica. Escuché el sonido sordo de mi propia carne desgarrándose bajo el hierro y sentí la sangre cálida resbalando por mi muñeca, empapando los eslabones. Pero no me importó. Cualquier cosa era mejor que el parásito de luz dorada y tinta negra que me estaba devorando por dentro. Cualquier cosa. Las marcas treparon hasta mi hombro. —¡AAAAAAHHHHHH! ¡DUELE! ¡ME QUEMA! ¡ROWAAAAAAN! Se extendieron por mi clavícula como dedos largos y afilados. Arañando. Excavando. Quemando cada centímetro de tejido mientras avanzaban implacablemente hacia mi cuello. Mi garganta estaba en carne viva, sabiendo a sangre metálica de tanto gritar, pero no había forma de contenerlo. Era demasiado. Demasiado grande. Demasiado abrumador para un cuerpo mortal. Lloraba sin control, con sollozos feos y entrecortados que se ahogaban entre mis propios alaridos. Mocos, sudor y lágrimas se mezclaban en mi rostro mientras me retorcía en el centro del círculo luminoso, exactamente igual que un animal acorralado en un matadero. —¡ALGUIEN! —supliqué a la oscuridad, escupiendo las palabras en un hilo de voz—. ¡POR FAVOR! ¡AYÚDENME! Y entonces, las sombras al otro lado de la caverna escupieron a una figura. Hak. El alivio y el dolor chocaron en mi pecho. Su rostro era una máscara de absoluta devastación. La Bestia del Trueno estaba mortalmente pálida, con los puños apretados hasta tener los nudillos blancos y los ojos oscuros brillando por unas lágrimas que amenazaban con desbordarse. Parecía que cada uno de mis gritos fuera un cuchillo físico que se le estuviera clavando a él directamente en el pecho. —¡HAK! —lloré, y mi voz se quebró por completo, reducida a un gemido patético e infantil—. ¡HAK, POR FAVOR! ¡ME DUELE! ¡ME ESTÁ MATANDO! ¡SÁCAME DE AQUÍ! La máscara de Hak se rompió. Dio un paso ciego hacia el círculo, con las manos extendidas y temblando, dispuesto a destrozar el mundo entero para sacarme de allí. Pero Rowan se interpuso en su camino, bloqueándolo. —No —dijo el príncipe. Pero esa ya no era la voz de Rowan. Era más profunda. Antigua. Resonaba con un eco extraño, doble y pesado, vibrando con una autoridad que no pertenecía a un ser humano. —¡ESTÁ SUFRIENDO! —rugió Hak, enseñando los dientes. Había una desesperación pura y letal en su voz, los músculos de su cuello tensos a punto de saltar sobre su señor. —Lo sé. —Rowan ni siquiera se giró para mirarme. Sus ojos vacíos seguían fijos en el libro, su tono carente de toda piedad—. Pero tiene que completarse. Si el vínculo se interrumpe ahora, la magia la destrozará. Morirá de todas formas. El pánico definitivo me engulló. Las marcas tocaron la base de mi cuello, buscando mi yugular. —¡DÉJAME IR! —chillé con el último aliento que le quedaba a mis pulmones, sacudiendo las cadenas con tanta violencia que las enormes anillas de piedra crujieron en el suelo—. ¡DÉJAME IIIIIIIIIIIIR! Una explosión de dolor blanco me atravesó el cráneo. Mi cerebro simplemente no pudo soportarlo un segundo más. Y entonces, llegó la oscuridad. Y un silencio absoluto. —-------------------------------------------------- Una fiebre mágica y antinatural ardía directamente bajo la piel pálida de Layla. Iba envuelta en una gruesa capa de lana negra, pero temblaba de forma espasmódica, con el rostro empapado en un sudor frío y los labios partidos. Su cabeza descansaba inerte contra el pecho de Hak, balanceándose al ritmo constante del caballo que devoraba los kilómetros alejándolos de la capital al amparo de la noche. —Está ardiendo, Rowan —gruñó el general. Su voz resonó sobre el sonido de los cascos golpeando la tierra húmeda, cargada de una rabia tan venenosa que habría hecho retroceder a un ejército entero—. La has matado, pedazo de bastardo. Hak apartó un mechón de pelo pegado a la frente de la chica con una delicadeza que contrastaba brutalmente con el tamaño de su mano enguantada. Bajo la tela de la capa, los intrincados tatuajes negros que ahora marcaba el cuerpo de Layla parecían latir débilmente, sincronizados con su respiración superficial y errática. Rowan, que cabalgaba a su lado sobre un semental oscuro, no apartó la vista del camino. Su rostro era una máscara de hielo tallado bajo la luz de la luna. —Está viva —replicó el príncipe, pragmático y frío—. El vínculo se ha sellado. El dragón ha reconocido su sangre. La fiebre que ves es solo su cuerpo mortal luchando por adaptarse a una magia demasiado antigua. Pasará. —¡Mírala! —rugió la Bestia del Trueno, apretando el cuerpo inconsciente de la joven contra sí mismo como si pudiera escudarla del dolor—. ¡Apenas respira! —Sobrevivirá. Es fuerte. Pero no tenemos tiempo para llorar por ella, Hak. El sol está a punto de despuntar. Mi padre cruzará las puertas de la capital al mediodía con su guardia personal y la princesa sureña, y yo tengo que estar en el salón del trono para recibirles. Hak clavó una mirada asesina en el perfil de su señor. —¿Y qué demonios se supone que le vas a decir al rey cuando exija ver a tu prometida del Este para cortarle la cabeza? —Le daré la excusa perfecta —respondió Rowan, inalterable—. Le diré que anoche descubrimos que era una espía enviada por los rebeldes. Que intentó robar documentos militares de mi despacho y huyó antes de que mis guardias pudieran apresarla. Rowan giró la cabeza por primera vez, clavando sus fríos ojos claros en el general. —Le diré que te he mandado a ti, mi mejor soldado, a darle caza. Eso justificará tu ausencia y la suya ante la corte. Hubo un silencio tenso, espeso, roto únicamente por el viento frío de la madrugada chocando contra las copas de los árboles. —Llévala al refugio de los cazadores en el Desfiladero Negro —ordenó el príncipe, señalando hacia las montañas difuminadas en el horizonte norte—. Nadie del ejército real se atreve a subir tan alto en esta época del año. Escóndela allí. Bájale la fiebre y asegúrate de que no muera. Nos ha costado demasiado conseguir la llave como para perderla ahora. Volveré a por vosotros en cuanto consiga despistar a mi padre. Los caballos llegaron a una bifurcación en el sendero oculto. Rowan tiró de las riendas, preparándose para dar la vuelta hacia las fauces de palacio. Hak detuvo su montura también. Acomodó mejor el peso inerte de Layla contra su pecho, envolviéndola por completo en la capa oscura hasta que solo quedó a la vista su rostro febril. —Si no despierta, príncipe... —la amenaza de Hak quedó suspendida en el aire helado, oscura y letal—. Si no abre los ojos, no te molestes en venir a buscarnos. Rowan no respondió. Dio media vuelta a su caballo y espoleó hacia la capital, dejando a su general solo en medio de la inmensidad del bosque, sosteniendo a una prisionera rota que ardía con el fuego de un mito olvidado. —--------------------------------------------------------- El viento aullaba contra los tablones de madera podrida del refugio, pero a Hak apenas le importaba el frío glacial del Desfiladero Negro. Todo su mundo se había reducido a la respiración superficial y errática de la mujer que agonizaba sobre el catre. Llevaban dos días escondidos. Dos malditos días en los que Layla no había abierto los ojos. Hak exprimió un trapo de lino empapado en el cubo de agua helada que había sacado del arroyo y se acercó a la cama. Sus movimientos, normalmente bruscos y calculados para matar, eran ahora de una lentitud aterrorizada. Se sentó en el borde del colchón de paja. Layla estaba cubierta solo por una sábana fina de algodón; había tenido que desvestirla la primera noche, cuando la fiebre amenazó con fundirle el cerebro. Incluso ahora, la piel pálida de sus hombros y clavículas irradiaba un calor antinatural. Pero lo peor no era la fiebre. Eran las marcas. Hak pasó el paño húmedo por la frente de la chica y bajó la vista hacia el brazo que descansaba inerte sobre el colchón. La red de tatuajes negros que Rowan le había grabado a fuego latía con una luz dorada y enfermiza bajo la piel. Parecían veneno puro corriendo por su sangre. Cada vez que las runas brillaban, Layla soltaba un gemido sordo, apretando los dientes en sueños. —Joder, cervatillo... —susurró Hak. Su propia voz le sonó rasposa, rota por la falta de sueño y por un miedo primitivo que nunca antes había experimentado en un campo de batalla—. Aguanta. No dejes que esa maldita magia te gane. Le pasó el trapo por el cuello y bajó por el pecho, intentando robarle grados a aquel incendio. Verla así, indefensa, rota y marcada por culpa de los planes de su príncipe, le revolvía el estómago. Él la había sujetado. Él había escuchado sus gritos pidiendo ayuda. Y él la había silenciado de un golpe. La Bestia del Trueno apoyó los codos en las rodillas y hundió el rostro entre sus manos gigantes, frotándose los ojos enrojecidos. Estaba acostumbrado a coser tajos de espada, a detener hemorragias en el fango, a matar. Pero contra esto no podía luchar. Esa impotencia le estaba volviendo loco. El hombre más letal del Norte, reducido a cambiar trapos mojados y a suplicarle en susurros a una chica que ni siquiera podía escucharle. Layla se agitó de pronto en la cama, arqueando la espalda en un espasmo violento. Un grito ahogado escapó de sus labios agrietados mientras los tatuajes de su brazo destellaban con furia ciega. El corazón de Hak dio un vuelco. Tiró el trapo al suelo, se subió al catre y la agarró por los hombros, inmovilizándola con firmeza antes de que pudiera hacerse daño contra la madera. El cuerpo de Layla estaba rígido como una tabla bajo sus manos, temblando con una violencia que amenazaba con dislocarle las articulaciones. Hak apretó la mandíbula, dispuesto a aguantar el espasmo el tiempo que hiciera falta, cuando, de repente, la tensión la abandonó de golpe. Un suspiro entrecortado escapó de los labios resecos de la chica. Y entonces, muy despacio, sus pestañas aletearon. Los ojos de Layla se abrieron. Estaban desenfocados, vidriosos y nublados por el espeso velo de la fiebre, vagando por las sombras del techo de madera hasta que, finalmente, se clavaron en el rostro del general. No había miedo en su mirada en ese instante de delirio; solo un agotamiento absoluto y una profunda confusión. —Tengo frío... —susurró, con la voz tan rota y seca que apenas fue un soplo de aire rozando la quietud de la cabaña—. Y calor... Hak... Escuchar su nombre salir de esa boca, pronunciado como una súplica buscando consuelo después de todo lo que él le había hecho, fue como recibir una puñalada limpia entre las costillas. A Hak se le cerró la garganta. Aflojó el duro agarre de sus hombros y deslizó los brazos para envolverla con más suavidad, acercando el cuerpo febril y tembloroso de la chica contra su propio pecho, intentando darle el calor que pedía a pesar de que la piel de ella quemaba como el fuego. —Tienes muchísima fiebre, Layla —respondió él. El temible guerrero del Norte sonaba ahora ronco, casi derrotado, acariciándole el pelo enredado—. Han pasado dos días ya. Llevas dos días ardiendo y no sé qué maldita cosa darte para que baje. El agua fría ya no sirve. Layla cerró los ojos, dejando caer el peso de su cabeza contra la clavícula de Hak. Volvió a temblar, aferrando débilmente la camisa del general con los dedos manchados de tinta mágica. —Infusión... —murmuró contra su piel, arrastrando las sílabas con un esfuerzo titánico—. Corteza de sauce blanco... y milenrama... Hak parpadeó, el cerebro procesando la información a trompicones. Sauce blanco y milenrama. Por supuesto. Eran analgésicos y antipiréticos naturales. En las heladas llanuras de su hogar en el Norte se usaban para bajar la fiebre de las heridas de espada infectadas, pero había estado tan ciego, tan bloqueado por el pánico puro y duro de perderla, que ni siquiera se le había pasado por la cabeza buscar remedios en el bosque que rodeaba el desfiladero. —Sauce blanco y milenrama —repitió Hak, grabando las plantas en su mente—. Vale. Vale, cervatillo. Lo buscaré ahora mismo, el bosque está lleno de eso. Pero tienes que quedarte conmigo, ¿me oyes? —La sujetó un poco más fuerte por la cintura—. Layla. Mírame. Pero el esfuerzo de hablar había agotado sus últimas reservas. Layla ya se había vuelto a hundir en la espesa oscuridad de la inconsciencia, su respiración perdiéndose de nuevo en ese ritmo superficial, dejando a Hak solo en el silencio de la cabaña, con el corazón latiéndole desbocado. La dejó con cuidado sobre el colchón, asegurándose de cubrirla bien con la sábana, como si esa fina tela pudiera protegerla de la magia que la devoraba por dentro. Hak agarró su gruesa capa de piel, desenvainó una de sus dagas y salió de la cabaña. El Desfiladero Negro hacía honor a su nombre. La noche era una boca de lobo y el viento helado le golpeó el rostro como un látigo, pero la Bestia del Trueno ni se inmutó. La urgencia le bombeaba en las venas con más fuerza que en medio de una emboscada enemiga. Se adentró en la espesura guiándose únicamente por el sonido del arroyo cercano y la escasa luz de la luna que lograba filtrarse entre las copas de los árboles. El Norte le había enseñado a sobrevivir en condiciones peores, pero nunca antes había buscado con tanta desesperación. Tardó menos de diez minutos en encontrar lo que buscaba. Junto a la orilla rocosa del riachuelo, la silueta nudosa de un gran sauce blanco se alzaba desafiando al viento. Hak se arrodilló en el barro helado y usó la hoja afilada de su daga para arrancar tiras gruesas de la corteza, ignorando cómo el frío le entumecía los dedos. Justo a un par de metros, medio ocultas por la maleza, encontró los tallos y las hojas plumosas de la milenrama. Arrancó un puñado generoso, lo guardó en un bolsillo interior de su capa y corrió de vuelta al refugio. Cuando abrió la puerta de una patada, el contraste entre el aire helado del exterior y el calor asfixiante de la fiebre dentro de la cabaña le golpeó de lleno. Layla seguía exactamente donde la había dejado, pero su respiración era más agitada, casi un silbido doloroso. Hak se movió con una rapidez y precisión letales, pero esta vez, para salvar una vida. Reavivó el fuego de la chimenea de piedra hasta que las llamas rugieron. Llenó un cazo de hierro con el agua limpia que tenía reservada, echó la corteza de sauce y la milenrama desmenuzada, y lo puso a hervir. El olor amargo y terroso de las plantas medicinales no tardó en llenar la pequeña estancia. —Layla —la llamó, suave pero firme—. Layla, vamos. Necesito que tragues esto. No hubo respuesta. Hak dejó el cuenco sobre el suelo un segundo. Se sentó en el borde del catre y, pasando un brazo por detrás de su espalda, la levantó con sumo cuidado. La apoyó contra su propio pecho, dejando que la cabeza febril de la chica descansara en el hueco de su cuello. El calor que irradiaba la piel de Layla a través de la sábana era aterrador, pero él la sostuvo con firmeza. Con la mano libre, agarró el cuenco humeante y se lo acercó a los labios agrietados. —Venga, cervatillo. Abre la boca —susurró Hak, rozando el borde de madera contra el labio inferior de la chica. Sopló un poco el líquido para que no la quemara—. Es la milenrama. La he traído. Bébelo. Layla soltó un quejido sordo, moviendo la cabeza para apartarse, rechazando instintivamente el sabor amargo que le rozaba la boca. —No, no, quieta. —Hak apretó el brazo que la sostenía, inmovilizándola contra él, pero su tono seguía siendo un murmullo profundo y tranquilizador—. Sé que sabe a demonios, pero tienes que tragarlo. Hazlo por mí. Vamos. Inclinó el cuenco apenas unos milímetros. Un poco del líquido oscuro se coló entre los labios resecos de Layla. Ella tosió, frunciendo el ceño por el sabor amargo y la temperatura, pero el instinto de supervivencia fue más fuerte. Sintiendo por fin algo húmedo en su garganta en carne viva, Layla tragó. —Eso es. Así me gusta, gatita valiente —la animó Hak, sintiendo un nudo del tamaño de un puño en la garganta al verla tragar con tanta dificultad—. Un poco más. Poco a poco, a base de infinita paciencia y susurros constantes, Hak logró que se bebiera casi la mitad de la infusión. Cuando Layla apartó la cara por completo, completamente exhausta, él apartó el cuenco. No la soltó. Se quedó sentado en la oscuridad, sosteniendo su cuerpo ardiente contra el suyo, meciéndola imperceptiblemente mientras esperaba, rezando a dioses en los que no creía, para que la fiebre empezara a ceder.
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