La Ultima Guardiana

CAPITULO 12

Mientras Layla se pegaba a la madera fría de la puerta del baño, al otro lado de la estancia, Hak se movió con una agilidad letal. El roce apresurado de la pesada túnica al pasársela por la cabeza se mezcló con el leve siseo del vestido, que voló por los aires de una patada precisa hasta caer oculto tras el biombo.

Un segundo después, el fuerte crujido del diván anunció que la Bestia del Trueno se había dejado caer entre los cojines con toda la santa naturalidad del mundo.

Justo a tiempo para cuando la puerta de roble se abrió de par en par.

—Vaya.

La voz de Rowan cortó el aire. Sonaba calmada, pero mantenía ese filo aristocrático y analítico que siempre lograba erizarle la piel a la joven, incluso a través de una pared.

—Veo que te has puesto bastante cómodo en mi habitación, general. Y con los ventanales abiertos de par en par. ¿Hacía demasiado calor?

—Tu prisionera es un incordio, alteza —respondió Hak.

Su tono fue tan pesado, aburrido y neutral que, desde su húmedo escondite, a Layla le entraron ganas de aplaudirle la actuación.

—Exigió que abriera porque, según ella, este cuarto apesta a polvo —continuó el general con fingido hastío—. Y te recuerdo que soy del Norte; el clima de tu reino me asfixia.

Los pasos lentos y calculadores de Rowan resonaron al adentrarse en la estancia, deteniéndose de golpe. Layla contuvo el aliento hasta que le ardieron los pulmones. Al otro lado del roble, casi podía sentir la mirada afilada del príncipe recorriendo la habitación, evaluando el silencio antinatural, el sudor fresco en el pecho desnudo de Hak y el evidente vacío que ella había dejado.

—Ya veo... —murmuró Rowan, arrastrando las sílabas con peligrosa lentitud—. ¿Y dónde está exactamente mi incordio de prisionera?

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Completamente desnuda, descalza y temblando contra los fríos azulejos del baño, mi cerebro trabajó a mil por hora. Si Rowan decidía inspeccionar demasiado, notaría la ausencia de mi vestido, vería el diván sospechosamente hundido o, peor aún, captaría el pesado olor a sexo que la brisa helada todavía no había logrado barrer.

Tenía que darle un blanco más fácil. Tenía que desviar su atención.

Tomé una bocanada de aire, cerré los ojos y pegué la boca a la rendija de la puerta.

—¡¿Rowan?! —grité. Inyecté en mi voz el tono más cabreado, agudo y frustrado que pude fingir—. ¡¿Le puedes decir al animal de tu general que me pase de una maldita vez mi muda limpia?! ¡Se ha quedado ahí fuera y llevo media hora aquí encerrada, congelándome!

El silencio que siguió en la habitación principal duró apenas un latido. Hak, por supuesto, captó la jugada al vuelo.

—Si quieres tus malditas cosas, sal y cógelas tú misma, niñata —ladró el norteño, metiéndose de lleno en el papel de carcelero rudo y amargado.

—¡Eres un salvaje inútil! —le repliqué a gritos, golpeando la madera del baño con la palma de la mano abierta para darle más teatralidad al asunto—. ¡Rowan, dile algo o te juro por los dioses que salgo y le tiro esa maldita taza de leche hirviendo a la cara!

Escuché al príncipe soltar un suspiro largo y pesado. Fue el sonido inconfundible de un hombre acostumbrado a lidiar con alta política que, de repente, está perdiendo la paciencia con dos niños pequeños.

El eco de sus botas resonó en la piedra, alejándose un par de metros antes de detenerse por completo. Un silencio denso, insoportablemente analítico, cayó sobre la habitación principal. ¿Qué estaba mirando? ¿A Hak? ¿El diván? Contuve la respiración hasta que los pulmones me quemaron. Segundos después, las pisadas reanudaron su marcha, firmes y directas hacia mí, hasta detenerse en seco justo al otro lado de la madera.

—Por todos los dioses... —murmuró Rowan, con una mezcla perfecta de elegancia aristocrática y agotamiento absoluto—. A veces dudo de si tengo bajo mi techo a la prisionera más escurridiza del continente y a mi general más letal, o a un par de críos de cinco años peleándose por un maldito juguete.

Unos nudillos golpearon la puerta a escasos centímetros de mi nariz.

—Abre, Layla. Aquí tienes tu ropa.

Quité el pestillo con manos temblorosas y abrí una rendija minúscula; lo estrictamente necesario para sacar un brazo, clavar las uñas en el fardo de lino blanco y arrebatárselo sin que pudiera ver absolutamente nada de mi cuerpo desnudo.

—Gracias, alteza —espeté, aferrando la ropa contra mi pecho mientras volvía a empujar la puerta—. Al menos alguien en este cuarto conoce los modales básicos.

Desde el diván, Hak soltó un bufido ronco, cargado de un desdén tan genuino que habría merecido el mayor premio teatral del reino.

—No tientes a tu suerte, prisionera —ladró—. La próxima vez que me hables así, te dejo durmiendo en el balcón para que respires todo el aire fresco que se te antoje.

—¡Inténtalo si te atreves, pedazo de animal! —le grité de vuelta, encajando el pestillo de golpe antes de que Rowan pudiera intervenir de nuevo.

Me dejé resbalar contra los azulejos y apoyé la nuca en la pared, soltando de golpe todo el aire que llevaba reteniendo en los pulmones. Había funcionado. La fachada de odio mutuo seguía siendo nuestro mejor escudo.

Con el corazón todavía latiéndome desbocado, desdoblé el fardo que Rowan me había pasado por la rendija. Había una camiseta de tirantes holgada y un pantalón de lino muy corto, pero faltaba lo más urgente.

Solté una maldición en un susurro. Las compresas limpias debían de haberse quedado en la butaca de la habitación, sepultadas bajo la montaña de ropa de cama que Hak había acarreado desde el pasillo.

Abrí apenas una rendija y eché un vistazo rápido a la habitación. Rowan estaba casi de espaldas, inspeccionando los platos de la cena que acababan de traer, y Hak parecía muy concentrado descorchando una botella de vino en la mesa junto al ventanal.




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