Erebos
Las cicatrices del pasado no desaparecen; se guardan en el alma como un recordatorio de que tu ayer no define tu mañana. Al contrario, están ahí para recordarte cuán fuerte has tenido que ser para enfrentar lo que está por venir.
Entro al salón del trono del reino de Elysia con la desesperación quemándome las venas. Actuando como si este fuera mi propio reino, ordeno al Ejército Dorado que inicie una búsqueda implacable.
—¡Busquen hasta debajo de las piedras! —mi voz truena contra las paredes de mármol—. Su reina tiene que regresar a salvo, ¡o no habrá rincón en este mundo donde puedan esconderse de mi ira!
Los soldados asienten y se retiran en una marcha frenética. Veo a la señora Downey entrar al salón, su rostro refleja el mismo agotamiento que siento yo.
—No hay rastro de ellas —dice con voz quebrada—. He intentado rastrearlas con magia, pero cada vez que creo estar cerca, la energía se descontrola. Es como si alguien, o algo, estuviera bloqueando mi rastro.
—Las encontraremos —le aseguro, aunque por dentro me estoy desmoronando—. Pero necesito su ayuda. Este no es mi reino y no lo conozco como usted. Necesito que me obedezcan para que, cuando Elysia regrese —porque regresará—, encuentre su hogar protegido.
—Lo ayudaré —responde ella con firmeza—. Por Elysia.
—Por Elysia —secundo.
Paso las horas sobre los mapas del reino, moviendo tropas y asegurando cada rincón.
Mi Elysia.
Mi pequeña tormenta dorada...
Donde sea que la oscuridad te haya llevado, solo te pido que no dejes de luchar. Vuelve a mí.
—¿Hay alguna pista, Erebos? —la voz de Destino surge de entre las sombras.
Desde el momento en que Fayrha fue secuestrada por Oscuren, él no ha dejado de buscarla. A veces siento que oculta algo, un secreto que se niega a soltar. Ese presentimiento no me deja en paz.
—Nada aún —respondo sin mirarlo—. Pero el reino está blindado. No sucede nada aquí sin que yo lo sepa. En el momento en que Oscuren ponga un pie en el reino, lo sabré.
—Erebos... —me llama con ese tono antiguo y calmado.
—¿Qué? —respondo con brusquedad.
—Sé dónde se esconden.
Me quedo helado. El mapa frente a mí deja de importar. Me giro hacia él con los ojos encendidos.
—¿Y dónde está ese escondite? ¡Habla de una vez!
Él suelta un suspiro pesado antes de mirarme a los ojos.
—En la Barrera —dice finalmente—. Pero no podemos entrar. Está sellada por una magia que solo permite el paso desde el interior.
—¿Me estás diciendo que tendremos que esperar? —la rabia empieza a desbordarse.
—Tendremos que esperar a que alguna de ellas encuentre la fuerza para escapar —contesta, y por primera vez, noto un hilo de esperanza en su voz eterna.