Vhalrhys
Correr o luchar...
Correr o luchar...
Correr o luchar...
Pero, ¿cómo luchar cuando el enemigo es la misma oscuridad con la que estás hecha? Luchar contra algo que te ha hecho perder el control de tu propio cuerpo y de tu mente. Algo que juega contigo de las maneras más escalofriantes, lastimando a las personas mientras te mantiene atada, obligándote a ver cómo los destruye y los corrompe.
Y todo por el poder.
Porque eso es lo que todo ser quiere antes de ser corrompido: poder. Por más que la luz luche, el poder los corromperá y caerán ante él. Pero siempre habrá una luz, una persona, que no caerá bajo su control.
—No luches, Vhalrhys —escucho su voz—. Al final, sabes cómo terminará esto: yo ganando y tú hecha pedazos.
—Han pasado siglos y nunca he dejado de luchar. Nunca lo haré.
—Y, sin embargo, la que tiene el control de tu cuerpo soy yo. Ya deja de resistirte.
—Nunca. Siempre habrá un alma o un espíritu que luchará contra ti y ganará la batalla.
Oscuren ríe mientras sus sombras me rodean.
—Oh, cariño... al final caerán, siempre lo hacen. Todo por el poder, el dulce poder —contesta con una sonrisa escalofriante—. La oscuridad es tan falible como la luz y, sin embargo, el poder siempre es corrupto.
Siento cómo me atrapa. Sus sombras me arrastran hacia el vacío de mi mente, llevándome a las pesadillas mientras intenta quebrar mi espíritu. No todo es poder en esta vida, Oscuren, pero eso es algo que nunca podrás entender...
Mi querido Destino, nunca me rendí. No cuando sé que, si la oscuridad me atrapa, te lastimará... Lucharé por ti, mi amado Destino.
Miro a mi alrededor. Todo está oscurecido y, aunque es mi propia mente, estoy atrapada en ella. La oscuridad inunda mi cuarto pero no mi espíritu, aunque ella me quiera engañar. Podrá tener el control de mi cuerpo, pero no de mi alma; ellos nunca se rendirán. Mientras una me da vida, el otro me da fuerza para seguir adelante.
De pronto, estoy en un bosque. Es lo que mi mente ha creado, pero no cualquier bosque: es el Reino Dorado, aquel que un día Oscuren destruyó. Su oscuridad espesa y venenosa lo cubre todo.
—¿Terminaste de correr?
—Nunca dejaré que le hagas daño.
—¿Temes que lastime a tu querido Destino? —Ríe mientras camina como un depredador acechando a su presa—. Todo por salvar a un idiota que, al final, no hizo nada por salvarte cuando tuvo la oportunidad. Pero claro... el Destino no puede intervenir, ¿cierto, querida Vhalrhys?
—¡Basta ya! —Alzo la voz y el eco resuena en todo el lugar.
—Ah... creí que no volvería a escuchar eso —dice con una sonrisa, transformándose esta vez en un hombre—. "¡Ya basta!".
Imita mi voz y suelta una carcajada burlona.
—Y claro que paré... después de que los hice pedazos. ¿Aún escuchas sus voces, Vhalrhys?
Volteo la mirada mientras siento una lágrima bajar por mi mejilla. No quiero mostrar debilidad. No a ella. No ahora. Se acerca, me toma del mentón y me obliga a mirarla. Pasa su lengua por mi mejilla, limpiando el rastro de mi llanto. El asco y un ardor insoportable se hacen presentes.
Cierro los puños, mirándola como si quisiera clavarle mil navajas. Retrocedo y ella ríe bajo.
—Tú te lo buscaste, guardiana... Tú nunca fuiste mi objetivo, pero tuviste que entrometerte —susurra antes de desaparecer, dejándome de nuevo en el vacío de mi mente.
Mi prisión. Mi pequeña prisión.