«Porque mi alma recuerda cada huella que dejaste, y aunque mi mente te borró, mi corazón nunca te olvidó.
Cada latido me recuerda que tú eres la mujer que siempre he amado... y que siempre lo serás, mi pequeña tormenta dorada».
— Erebos
ElysiaVeo el amanecer desde el balcón del castillo de Erebos. El sol ilumina todo a su paso, dándole luz al reino y calidez al corazón del rey de estas tierras.
Suspiro y volteo a ver a Fayrha.
—Ya es hora de volver.
Ella asiente con tristeza mientras camino fuera de la habitación para salir del castillo.
Salgo al jardín y vuelvo la mirada hacia la ventana del salón del trono; está completamente cerrada. No hay siquiera rastro de su sombra, pero el sentimiento de que su esencia está presente y me observa desde algún lugar lo siento filoso, como una hojilla. Como si en cualquier momento y con cada respiración fuera a cortarme... Pero aunque lo hiciera, no me importaría, porque al final del día lo ocasionaría él, y él nunca sería capaz de dañarme. Jamás lo haría.
Me giro hacia el bosque y camino hacia él, pero una voz me detiene.
—No vuelvas a este castillo... —escucho una voz femenina a mis espaldas.
Me giro y veo a Lahyra mirándome fríamente. En sus ojos se nota un vacío oscuro.
—Lahyra... estás caminando en terreno peligroso. Te aconsejo que te detengas —hablo con calma, aunque en mi interior siento una llama que quiere hacerla pedazos—. Soy una reina. Dónde quiera estar o no, lo decido yo; tú no me vas a dar órdenes.
—Soy la prometida de Erebos, la futura reina de este reino, y puedo hacer o decir lo que yo quiera. Y si decido que no quiero que vuelvas a este lugar, no vuelves —su voz sale filo como una navaja, directa a lastimarme.
Sonrío para mis adentros.
—Futura reina... En el futuro, entiendo... —contesto, acercándome a ella hasta quedar frente a frente para mirarla fijamente—. Pero ahora estamos en el presente, en el hoy. Ahora no eres nadie para darme ese tipo de órdenes. Y si fueras reina en este instante... —me acerco a su oído; de reojo noto una sombra en la salida del castillo y veo a Erebos aparecer, pero lo ignoro—. Invadiría este reino solo para sacarte del trono, porque nunca dejaría que una persona manipulada por el poder gobernara el reino de Erebos ni estuviera a su lado solo por pura ambición.
Se lo susurro al oído y me alejo. Veo a Erebos acercarse hacia donde estamos, mientras Lahyra me mira con frialdad y los puños apretados.
Me doy la vuelta y sigo mi camino hacia mi reino, adentrándome en el bosque. Puedo sentir los pasos de Erebos siguiéndome junto a Daarlen, que no sé de dónde apareció.
Fayrha, a mi lado, me mira y se ríe por lo que acabo de hacer. Mientras tanto, en mi interior siento una ira contenida... Jamás me había sentido así. Es horrible.
Fayrha se acerca más a mí y susurra:
—Estás celosa —dice riendo.
Niego con la cabeza sin mirarla, mientras ella se ríe más fuerte y yo aprieto las manos en puños.