La Última LÁgrima Que No Se SecÓ

EL PRECIO DE LA VERDAD

1
El sol se asomaba por las ventanas de la casa de Camila cuando Sofía despertó con la cabeza pesada y el corazón aún roto. Había dormido apenas unas horas, interrumpidas por pesadillas en las que veía a Martín y Valentina riendo a su lado mientras ella se hundía en un mar de mentiras. Camila ya estaba en la cocina, preparando café y tostadas con aguacate – su desayuno favorito de la infancia.
“Buenos días, cariño – dijo su amiga sin girarse, como si supiera que Sofía estaba de pie en la puerta de la cocina –. He llamado a tu madre. No le conté todo, solo que necesitas estar con nosotras por un tiempo. Ella quiere verte hoy por la tarde”.
Sofía sintió cómo se le encogía el estómago. Su madre, Elena, siempre había sido una mujer de principios, apegada a las tradiciones y al concepto de familia por encima de todo. Sabía que la noticia del engaño y el divorcio la destruiría, pero más aún cuando descubriera que la otra parte era Valentina, la hija menor a la que había consentido toda la vida.
“Tendré que contarle todo – dijo Sofía, sentándose en la mesa de la cocina y tomando la taza de café que Camila le ofrecía – no puedo seguir ocultando la verdad. Ella merece saber por qué estoy pasando por esto”.
Mientras desayunaba, su teléfono móvil vibró varias veces. Eran mensajes de Martín, llenos de disculpas y promesas de cambio. También había una llamada perdida de Valentina. Sofía los ignoró todos, bloqueando temporalmente los números de ambos para poder respirar sin la presión constante de sus intentos de contactarla.
A las once de la mañana, llegó Ricardo Mendoza, el abogado, con los primeros documentos del divorcio. Se sentaron en la sala de estar, y él les explicó cada punto con detalle:
“La demanda se basará en adulterio demostrado, lo que acelerará el proceso y te dará ventaja en la división de bienes – dijo, colocando los papeles sobre la mesa de centro – hemos identificado cuentas bancarias que Martín ha mantenido en secreto, además de propiedades que adquirió a nombre de Valentina usando dinero de tus cuentas comunes. Vamos a pedir la restitución total de esos bienes, más indemnizaciones por daños morales”.
“¿Y Valentina? – preguntó Sofía con voz firme – ¿también tendrá que responder por esto?”
Ricardo asintió con seriedad: “Si podemos demostrar que ella tuvo conocimiento de que Martín estaba casado y que participó activamente en el desvío de tus bienes, sí. Podemos incluirla en la demanda como cómplice. Pero tienes que estar preparada: esto hará que la situación con tu familia se vuelva aún más complicada”.
Sofía cerró los ojos por un instante. Sabía que tomar esa decisión significaría romper definitivamente con Valentina, pero después de todo lo que había hecho, no sentía ninguna piedad hacia ella. Había sido su hermana, su confidente, la persona a la que había ayudado a estudiar, a encontrar trabajo, a salir adelante después de que su padre muriera cuando ellas eran jóvenes. Y esa había sido su forma de agradecerla: robándole al hombre que amaba.
“Hazlo – dijo con determinación – quiero que paguen por lo que hicieron. No por venganza, sino porque la justicia tiene que prevalecer”.
Después de que Ricardo se fue, Camila sugirió que salieran a dar un paseo por el Malecón de Barranco para airearse. El mar estaba agitado, con olas grandes que chocaban contra los acantilados, como si reflejara el torbellino emocional que Sofía llevaba dentro. Caminaron en silencio por varios minutos, hasta que Camila se detuvo frente a un mural que mostraba a una mujer con el corazón roto, pero con los ojos llenos de fuerza.
“Cuando pasé por mi divorcio – dijo Camila, mirando el mural – pensé que nunca volvería a ser feliz. Que mi vida había terminado en ese momento. Pero con el tiempo me di cuenta de que eso fue solo el final de un capítulo, no del libro entero. Tú también lo lograrás, Sofía. Solo necesitas darte tiempo”.
Sofía asintió, aunque en ese momento le parecía imposible que alguna vez pudiera sentir paz de nuevo. Mientras miraba el mar, recordó los días en que venía a este mismo lugar con Martín, cuando aún creían que su amor era invencible. Habían prometido que cuando tuvieran hijos, los llevarían a jugar en la playa de Barranco, que les enseñarían a amar el océano tanto como ellos lo amaban. Ahora esas promesas eran solo recuerdos dolorosos que la ataban al pasado.
De repente, sintió que alguien la miraba. Alzó la cabeza y vio a Valentina parada a unos metros de distancia, con los ojos llenos de lágrimas y las manos temblando. Sofía se preparó para irse, pero Valentina se acercó rápidamente, bloqueándole el paso.
“Por favor, Sofía – susurró la joven – déjame hablarte. Necesito explicarte las cosas”.
“No tienes nada que explicar – respondió Sofía con voz fría – ya sé todo. Vi las fotos, leí los mensajes. Sabo que llevaban años engañándome”.
Valentina se llevó las manos a la cara, soltando un llanto desconsolado: “No fue así, no siempre fue así. Empezó como una amistad, como un apoyo mutuo. Papá murió, tú estabas tan centrada en tu matrimonio y tu trabajo que no me dabas cuenta. Martín fue el único que me escuchó, el único que me hizo sentir que valía algo”.
“Entonces decidiste agradecerlo robándomelo? – replicó Sofía con sarcasmo – ¿Y qué? ¿Crees que eso justifica lo que hiciste? ¿Sabías que usabas el dinero que yo ganaba con mi trabajo para comprarte ropa y llevarte de viaje? ¿Sabías que el collar que llevabas en las fotos fue un regalo mío para tu cumpleaños?”
Valentina bajó la cabeza, con las mejillas húmedas de lágrimas: “No lo sabía. Martín me dijo que todo lo que me daba era con su dinero. Yo nunca quise hacerte daño, Sofía. Te quiero, eres mi hermana”.
“Si me quisieras, nunca habrías hecho esto – respondió Sofía, sintiendo cómo la ira volvía a apoderarse de ella – ya he empezado los trámites de divorcio, y mi abogado está preparando una demanda contra ustedes dos por desvío de bienes. No quiero volver a verte, Valentina. No quiero saber nada de ti ni de tu vida. Ya no tienes hermana”.
Con esas palabras, Sofía se dio la vuelta y se fue, dejando a Valentina sola en el malecón, llorando desconsoladamente mientras el viento llevaba sus súplicas al mar.
II
A la tarde, Sofía fue a casa de sus padres en San Borja. La casa familiar era una construcción de dos pisos con un jardín lleno de rosas rojas – la flor favorita de su madre. Al verla llegar, Elena salió corriendo a abrazarla, y Sofía sintió cómo las lágrimas que había estado conteniendo todo el día finalmente brotaban.
“Mi amor, ¿qué te pasa? – preguntó su madre, llevándola hasta la sala de estar y haciéndola sentar en el sillón donde había pasado tantas tardes de su infancia – Camila me dijo que tenías problemas con Martín, pero no me explicó nada más”.
Sofía se secó las lágrimas con la manga de su blusa y empezó a contar todo, desde el momento en que encontró las fotos hasta la conversación con Valentina en el malecón. Su madre escuchó en silencio, con la boca entreabierta y los ojos llenos de incredulidad y dolor. Cuando terminó de hablar, Elena se llevó las manos a la cara y soltó un llanto profundo.
“No puedo creerlo – dijo entre sollozos – mi propia hija menor, traicionando a su hermana. Y Martín... siempre pensé que era un hombre bueno, que te quería de verdad”.
“Yo también lo pensé – respondió Sofía, tomando la mano de su madre – pero resultó ser todo una mentira. Ya he hablado con un abogado y estoy empezando los trámites de divorcio. También voy a demandarlos por el dinero que se llevaron”.
Elena se secó las lágrimas y miró a su hija a los ojos con determinación: “Tienes toda mi apoyo, mija. Valentina cometió un error terrible, y tendrá que enfrentar las consecuencias. Pero también tengo que hablar con ella, tratar de entender por qué hizo esto”.
“Yo ya no quiero saber nada de ella – dijo Sofía con firmeza – después de lo que hizo, no puedo perdonarla. No ahora, quizás nunca”.
En ese momento, entró su padre adoptivo, Roberto, quien acababa de llegar del trabajo. Al ver el estado en que se encontraban Sofía y Elena, se preocupó inmediatamente. Cuando su madre le contó lo que había pasado, Roberto cerró los ojos y respiró hondo, como si tratara de contener la ira.
“Ese muchacho pagará por lo que hizo – dijo con voz grave – no voy a permitir que se aproveche de ti, Sofía. Yo mismo hablaré con él, le haré entender que no puede seguir tratándote de esa manera”.
“No te metas, papá – dijo Sofía, tocándole el brazo – ya tengo un abogado que se encargará de todo. No quiero que hagas nada que te pueda meter en problemas”.
Roberto asintió, aunque su rostro seguía reflejando la ira que sentía. Se sentó junto a ellas en la sala y les prometió que estarían ahí para Sofía en todo momento, que ella nunca estaría sola.
Mientras se preparaba la cena, el teléfono de Elena sonó varias veces. Eran llamadas de Valentina, que quería hablar con su madre. Finalmente, Elena decidió contestar, y Sofía pudo escuchar la voz rota de su hermana del otro lado de la línea, pidiendo perdón y tratando de explicar sus acciones. Elena la escuchó pacientemente, pero le dijo que tendría que enfrentar las consecuencias de sus actos, que la familia no podía aceptar lo que había hecho.
Después de la cena, Sofía se quedó a dormir en su habitación de la infancia. La habitación seguía igual que cuando se había ido a vivir con Martín: las paredes pintadas de azul claro, las estanterías llenas de libros y los muebles de madera que su padre le había hecho con sus propias manos. Se acostó en la cama y cerró los ojos, pero no pudo dormir. Pensó en Martín, en Valentina, en todo lo que había perdido. También pensó en el futuro, en cómo iba a reconstruir su vida después de todo esto.
De repente, escuchó un ruido en el jardín. Se levantó y se acercó a la ventana, descubriendo a Valentina sentada en el suelo junto a las rosas rojas, llorando desconsoladamente. Sofía sintió un cosquilleo de piedad en su pecho, pero rápidamente lo reprime. Había sido demasiado dañada para poder perdonarla tan fácilmente. Se alejó de la ventana y se volvió a acostar, cerrando los ojos y tratando de encontrar algún rincón de paz en medio del caos que su vida se había convertido.
III
A la mañana siguiente, Sofía recibió una llamada de la secretaria de Ricardo Mendoza, quien le informó que Martín había presentado una contestación a la demanda de divorcio, en la que negaba haber desviado bienes comunes y pedía una división equitativa de todos los bienes adquiridos durante el matrimonio. También había incluido una solicitud de conciliación, argumentando que aún amaba a Sofía y que estaban dispuestos a hacer todo lo posible para salvar su matrimonio.
Sofía sintió cómo la ira volvía a inundarla. Después de todo lo que había hecho, Martín aún tenía la osadía de pedir una división equitativa de los bienes y tratar de hacer creer que su amor era real. Decidió ir inmediatamente al despacho de su abogado para discutir la situación.
Cuando llegó allí, Ricardo la recibió con una expresión seria: “Martín está tratando de usar todas las armas que tiene a su disposición – dijo, mostrándole los documentos que había recibido – su abogado es Álvaro Fuentes, uno de los mejores en casos de familia. Van a tratar de hacer ver que tú eres la que está exagerando, que las fotos no son pruebas concluyentes y que los bienes que adquirió Valentina son con su propio dinero”.
“Pero tenemos pruebas – replicó Sofía con firmeza – los extractos bancarios, las reservaciones de hoteles, los mensajes que intercambiaban. Todo está ahí”.
“Sí, lo sé – respondió Ricardo – pero Fuentes va a tratar de desacreditar esas pruebas, de hacer ver que las has manipulado o que no tienen validez legal. Tenemos que estar preparados para una batalla larga y difícil”.
Mientras discutían la estrategia legal, Sofía recibió un mensaje de texto de un número desconocido. Al abrirlo, encontró una foto de Martín y Valentina en una cena romántica, fechada hace apenas una semana – después de que ella hubiera descubierto la infidelidad y le hubiera dicho que terminaba el matrimonio. Debajo de la foto había un mensaje: “Él nunca fue tuyo de verdad. Somos felices juntos, y pronto seremos libres para estar como siempre debimos haber estado”.
Sofía sintió cómo se le ponía la cara roja de ira. Le mostró el mensaje a Ricardo, quien tomó nota y le dijo que sería otra prueba más en su contra. “Esto demuestra que la relación sigue activa, a pesar de tu demanda – dijo – nos ayudará a demostrar la gravedad de la adulterio y el desprecio con el que te ha tratado”.
Después de salir del despacho de su abogado, Sofía decidió ir a su antiguo departamento en San Isidro para buscar algunas cosas que se le habían olvidado. Cuando llegó, encontró la puerta abierta y Martín dentro, empacando sus pertenencias. Al verla entrar, se detuvo y la miró con los ojos llenos de dolor.
“Sofía – dijo con voz rota – vine a buscar mis cosas. Ya no quiero estar aquí, en este lugar que fue nuestro. Sé que no merezco tu perdón, pero quiero que sepas que lo que sentí por ti alguna vez fue real”.
“Alguna vez – replicó Sofía con frialdad – pero ya no. Ahora solo siento desprecio por ti y por lo que hiciste. Y después del mensaje que me enviaron hoy, ni siquiera puedo sentir lástima”.
Martín frunció el ceño: “¿Qué mensaje? No he enviado nada”.
Sofía le mostró el teléfono móvil, mostrándole la foto y el mensaje. Martín miró la imagen con incredulidad y rabia: “No fue yo – dijo con firmeza – Valentina debe haberlo hecho sin que yo lo supiera. Ya le dije que no quería seguir viéndola, que quiero salvar nuestro matrimonio”.
“Ya es demasiado tarde para eso – respondió Sofía – además, ¿cómo puedo creerte después de todas las mentiras que me has contado?”.
Martín se acercó a ella y tomó sus manos con cuidado, como si temiera que ella se alejara: “Por favor, Sofía. Dame una oportunidad de demostrarte que puedo cambiar. Te amo, realmente te amo. Valentina fue un error, una debilidad que no debería haber tenido. Pero tú eres la única que quiero a mi lado, la única con la que quiero pasar el resto de mi vida”.
Sofía sintió cómo su corazón daba un vuelco. Después de todo lo que había pasado, aún quedaba un rincón de su alma que anhelaba creerle, que anhelaba que todo fuera una pesadilla de la que pudiera despertar. Pero entonces recordó las fotos, los mensajes, el dolor que había sentido al descubrir la verdad. Sacó sus manos de las de Martín y se alejó un paso:
“No puedo, Martín – dijo con voz firme – ya no tengo fuerzas para seguir esperando a que cambies. He amado a un hombre que nunca existió, he creído en un amor que nunca valió la pena. Ahora solo quiero terminar con esto y seguir adelante con mi vida”.
Martín bajó la cabeza, con las lágrimas corrriendo por sus mejillas. Sabía que no podía hacer nada para cambiar su mente, que había perdido para siempre a la mujer que amaba. Cogió sus maletas y se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo y miró a Sofía por última vez:
“Lo siento por todo – dijo con voz ahogada – espero que algún día encuentres la felicidad que te mereces. Yo nunca podré perdonarme por haberte fallado.




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