La Última LÁgrima Que No Se SecÓ

LAS CADENAS DEL PASADO

LA ÚLTIMA LÁGRIMA QUE NO SE SECÓ
CAPÍTULO 3: LAS CADENAS DEL PASADO
I
El cierre de la puerta de su antiguo departamento resonó en los oídos de Sofía como un golpe de martillo en el pecho. Se quedó sola en el lugar que había sido su hogar durante diez años, mirando los muebles vacíos y las paredes desnudas donde antes habían colgado fotos de momentos felices. Caminó hasta la sala de estar y se sentó en el suelo, junto al sofá donde había pasado tantas noches abrazada a Martín, viendo películas y soñando con el futuro. Ahora, ese mismo lugar la hacía sentir como si estuviera atrapada en un callejón sin salida, con las sombras del pasado persiguiéndola a cada paso.
Pasó varias horas ahí, hasta que el sol comenzó a ponerse y la oscuridad invadió el departamento. De repente, escuchó un golpe suave en la puerta. Al abrirla, encontró a su madre, Elena, con una cesta llena de comida casera y los ojos llenos de preocupación.
“Te llamé varias veces y no contestaste – dijo la mujer, entrando sin esperar a que se la invitaran – sabía que vendrías aquí, que necesitarías estar en este lugar para cerrar ciclos. He traído tu sopa de pollo favorita, la que preparaba cuando eras niña y te sentías mal”.
Sofía no pudo evitar sonreír con tristeza mientras su madre iba a la cocina a calentar la comida. Se sentó en la mesa de comedor, donde habían compartido tantas cenas en familia, y vio cómo Elena movía con gracia sus manos conocidas mientras preparaba los platos. Esa escena tan familiar la transportó a su infancia, cuando sus preocupaciones eran tan simples como aprobar un examen o conseguir un juguete nuevo. Ahora, todo parecía tan complicado, tan insoportablemente pesado.
“Valentina está en casa – dijo Elena, colocando un plato caliente frente a Sofía – no ha comido nada desde ayer, solo llora y pide perdón. Me dijo que Martín le ha cortado toda comunicación, que le dijo que nunca más la quería ver ahora que sabe que envió ese mensaje”.
Sofía se detuvo con el tenedor en medio del camino hacia su boca. Sabía que debería sentir alegría al enterarse de que Martín había dejado a Valentina, pero en su corazón solo había un vacío profundo. No importaba lo que hicieran ahora, el daño ya estaba hecho, las cicatrices ya estaban grabadas en su alma.
“Yo no puedo hacer nada por ella – respondió Sofía con voz baja – ella decidió su camino cuando eligió traicionarme. Ahora tiene que enfrentar las consecuencias”.
Elena asintió con tristeza y se sentó frente a ella: “Lo sé, mija. Y no estoy defendiendo lo que hizo, porque fue terrible, inaceptable. Pero también es mi hija, y no puedo dejarla sola en este momento. Ella está destrozada, se siente responsable de todo lo que está pasando”.
“Ella sí que debería sentirse responsable – replicó Sofía, empezando a comer lentamente – si no hubiera sido por ella, quizás Martín y yo habríamos podido resolver nuestros problemas, quizás nuestro matrimonio no habría llegado a este punto”.
“¿Y tú crees que solo fue culpa de ella? – preguntó Elena con suavidad – Martín también tuvo la opción de decir que no, de ser fiel a ti. Un amor verdadero no se rompe tan fácilmente, mija.




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