Las primeras semanas de primavera llegaron a Lima con un calor sofocante que se adentraba en cada rincón de la ciudad. Sofía había regresado a vivir temporalmente en su departamento de San Isidro – después de limpiarlo de todo rastro de Martín, había decidido quedarse ahí en lugar de seguir estorbando en la casa de Camila. Había reorganizado los muebles, cambiado los colores de las paredes y colgado nuevas obras de arte que había adquirido en ferias de arte local. Quería transformar el lugar que había sido testigo de su dolor en un espacio nuevo, propio, donde pudiera empezar a construir lo que quedaba de su vida.
Aún así, el pasado no la dejaba en paz. Todos los días recibía llamadas de familiares lejanos que habían enterado de la situación – algunos con palabras de apoyo, otros con reproches por “romper la familia” al decidir llevar el caso a juicio. El juicio por división de bienes y daños morales estaba programado para comenzar en dos semanas, y la presión iba en aumento. Su abogado, Ricardo Mendoza, la llamaba todos los días para repasar pruebas y prepararla para lo que vendría.
“Álvaro Fuentes está tratando de convencer a algunos testigos para que cambien su declaración – explicó Ricardo en una llamada telefónica en la mañana del lunes – especialmente a la secretaria de Martín, quien originalmente había aceptado declarar sobre las cuentas bancarias ocultas. Ahora dice que no recuerda nada, que todo fue un error”.
Sofía sintió cómo se le apretaba el pecho. Había confiado en que la verdad sería suficiente para ganar el caso, pero ahora se daba cuenta de que el sistema legal podía ser tan cruel y corrupto como el mundo que la había traicionado.
“¿Qué podemos hacer? – preguntó con voz firme, a pesar del miedo que la invadía – no puedo permitir que se salgan con la suya, que se queden con mi dinero y sigan con sus vidas como si nada hubiera pasado”.
“Tenemos otras pruebas – respondió Ricardo con seguridad – hemos conseguido acceso a los registros de las tarjetas de crédito de Martín, y todas las compras hechas para Valentina están ahí, fechadas y detalladas. También tenemos correos electrónicos entre ellos donde hablan explícitamente del dinero que están desviando. Fuentes no podrá desacreditar todo esto”.
Después de colgar la llamada, Sofía decidió salir a caminar por el parque que quedaba a unas cuadras de su departamento. Necesitaba aire fresco, necesitaba alejarse del peso de los documentos legales y las amenazas silenciosas que llegaban desde el despacho de Álvaro Fuentes. El parque estaba lleno de familias disfrutando del día, niños jugando con pelotas y parejas abrazadas en los bancos. Ver tanta felicidad tan palpable la hizo sentir aún más sola.
Se sentó en un banco bajo un árbol de guayacán que estaba floreciendo con flores amarillas brillantes. Cerró los ojos y respiró hondo, intentando concentrarse en el sonido de los pájaros y el murmullo de la gente en lugar de los pensamientos oscuros que la invadían. De repente, sintió que alguien se sentaba a su lado. Al abrir los ojos, encontró a un hombre de unos cuarenta años, con el cabello canoso en las sienes y una expresión amable en el rostro.
“Disculpe – dijo el hombre con una sonrisa suave – no quería molestarla, pero me di cuenta de que estaba pasando por un mal momento. Soy Pedro, trabajo como psicólogo en el centro de salud de la zona. A veces vengo aquí a descansar durante mi hora de almuerzo”.
Sofía se sorprendió por la sinceridad en su voz. Normalmente no habría hablado con un desconocido sobre sus problemas, pero en ese momento necesitaba desahogarse más de lo que estaba dispuesta a admitir. Contó la historia de forma resumida – el matrimonio, la traición, el juicio próximo – mientras Pedro la escuchaba con atención, sin interrumpirla ni hacer juicios.
“El dolor de una traición es uno de los más difíciles de superar – dijo cuando ella terminó de hablar – porque no solo nos hace daño a nivel emocional, sino que también destruye nuestra confianza en nosotros mismos y en los demás. Pero tienes que recordar que lo que hicieron no es un reflejo de ti, sino de sus propias debilidades y defectos”.
Sofía asintió, aunque en su corazón aún luchaba con la sensación de haber fallado como esposa, como hermana, como mujer. Pedro le dio su tarjeta y le sugirió que considerara la terapia como una forma de procesar todo lo que estaba pasando. “No es una señal de debilidad – dijo – es un paso hacia la sanación, hacia recuperar el control de tu vida”.
Antes de irse, Pedro le dijo una cosa que quedó grabada en su mente: “El perdón no es para ellos, es para ti. No tienes que perdonarlos ahora, ni siquiera nunca, pero algún día tendrás que dejar ir ese odio si no quieres que te consuma por completo”.
II
Dos días después, Sofía recibió una visita inesperada de su tía Rosa, la hermana de su padre. La mujer llegaron a su departamento con una cesta llena de postres caseros y una expresión seria en el rostro. Se sentaron en la sala de estar, y Rosa la miró a los ojos con una mezcla de tristeza y determinación.
“Te he venido a hablar de Valentina – dijo sin rodeos – ella está muy mal, Sofía. Ha perdido su trabajo porque la empresa se enteró de lo que pasó y no quiso tener nada que ver con alguien que traiciona a su propia familia. Además, está embarazada”.
Sofía sintió cómo el aire se le quedaba en los pulmones. Embarazada. Las palabras resonaban en su cabeza como un eco siniestro. Durante todos los años de matrimonio, ella había soñado con tener hijos con Martín, había hecho todo lo posible por quedarse embarazada – tratamientos médicos, cambios en su estilo de vida, oraciones constantes – pero nada había funcionado. Y ahora Valentina, la mujer que había robado a su marido, esperaba su hijo.
“¿Cuántos meses tiene? – preguntó con voz rota, tratando de mantener la compostura”.
“Tres meses – respondió Rosa – dice que es hijo de Martín, pero él se niega a reconocerlo. Dice que terminó con ella antes de que ella se enterara, que no puede estar seguro de quién es el padre”.
Sofía cerró los ojos por un instante, sintiendo cómo las lágrimas luchaban por salir. El dolor que sentía era abrumador, insoportable. Había dado todo por Martín, había amado con locura, había sacrificado parte de sus sueños por construir una vida juntos, y ahora él había dejado una mujer embarazada – su propia hermana – y se negaba a asumir su responsabilidad.
“¿Qué quiere que haga yo? – preguntó con voz entrecortada – ¿Que la abrace y le diga que todo estará bien? ¿Que olvide todo lo que me hizo y la ayude con el bebé?”
“Yo no estoy pidiéndote nada – respondió Rosa con suavidad – solo quería que lo supieras. Valentina dice que no quiere nada de ti ni de tu dinero, solo que quiere que sepas la verdad. Ella está aterrorizada, no sabe cómo va a criar a un bebé sola, sin trabajo ni apoyo económico”.
Después de que Rosa se fuera, Sofía se quedó sola en la sala, mirando al vacío mientras las noticias se asentaban en su mente. Decidió llamar a Camila para contarle lo que había sucedido, y su amiga llegó en menos de media hora, llevando consigo una botella de vino tinto y sus brazos abiertos listos para abrazarla.
“No puedo creerlo – dijo Camila después de escuchar la noticia – ¿cómo puede ser tan cruel el destino? Tú querías tanto tener hijos, y ahora...”.
“Ya lo sé – interrumpió Sofía con voz seca – y lo peor de todo es que aún siento algo por él, por Martín. Aún después de todo lo que hizo, una parte de mí sigue esperando que vuelva, que diga que todo fue un error y que realmente quiere estar conmigo”.
Camila la abrazó fuerte y la llevó hasta el sofá: “Eso es normal, cariño. Has amado a ese hombre durante diez años, no puedes simplemente borrarlo de tu vida como si nunca hubiera existido. Pero tienes que recordar quién es en realidad, lo que realmente hizo. No merece tu amor, ni tu perdón, ni tu compasión”.
Mientras bebían vino y hablaban hasta altas horas de la noche, Sofía tomó una decisión. Decidió ir a ver a Valentina, no para perdonarla ni para ayudarla, sino para preguntarle la verdad sobre el bebé, sobre todo lo que había pasado entre ella y Martín. Sabía que sería difícil, que probablemente volvería a sentir ese dolor insoportable, pero necesitaba cerrar esa puerta de una vez por todas si quería seguir adelante con su vida.
A la mañana siguiente, llamó a su madre para preguntarle dónde estaba Valentina. Elena le dijo que la joven se había mudado a un pequeño departamento en el distrito de Villa El Salvador, en la parte sur de Lima, lejos de todos los que conocía. Sofía tomó un taxi y se dirigió hasta allí, con el corazón latiéndole fuerte en el pecho y las manos temblando de nerviosismo.
El departamento era pequeño y sencillo, ubicado en un edificio viejo con ascensor que funcionaba a duras penas. Cuando Valentina abrió la puerta, Sofía se sorprendió al verla tan cambiada – había bajado mucho de peso, sus ojos estaban hundidos y tenía un aire de tristeza que la hacía parecer mucho mayor de sus veintisiete años. Sin decir nada, Valentina la invitó a entrar y se sentaron en la pequeña sala de estar, donde había un solo sofá y una mesa de centro llena de revistas de bebés.
“Ya sé que estás embarazada – dijo Sofía sin rodeos – mi tía Rosa me lo contó”.
Valentina bajó la cabeza, con las manos temblando sobre su vientre aún plano: “Sí – susurró – tengo tres meses. Es hijo de Martín, lo sé con certeza. Él es el único hombre con quien he estado en los últimos años”.
“¿Y él no quiere reconocerlo? – preguntó Sofía, tratando de mantener la voz firme”.
“Dice que no puede estar seguro – respondió Valentina con voz rota – dice que terminamos antes de que yo me enterara, que podría ser de alguien más. Pero es mentira, Sofía. Lo sé, lo sé con toda mi alma”.
Sofía miró a su hermana durante un largo momento, viendo en su rostro la misma desesperación que ella misma había sentido cuando descubrió la traición. De repente, sintió cómo el odio que había sentido durante meses comenzaba a disolverse, reemplazado por una tristeza profunda por todo lo que habían perdido, por la familia que ahora estaba destrozada para siempre.
“Yo nunca pude tener hijos – dijo Sofía en voz baja – intentamos todo, Martín y yo. Tratamientos, cirugías, todo tipo de cosas. Pero nada funcionaba. Y ahora tú...”.
“Lo sé – interrumpió Valentina, soltando un llanto desconsolado – y me tortura pensar que tuve lo que tú siempre quisiste, pero de la peor manera posible. Nunca quise hacerte daño, Sofía. Nunca quise robarte nada. Cuando empecé a salir con Martín, pensé que él no te amaba más, que ustedes estaban a punto de separarse. Él me lo hizo creer”.
Sofía cerró los ojos, sintiendo cómo las lágrimas corrían por sus mejillas. No importaba las excusas, no importaba lo que Martín le hubiera dicho a Valentina – el daño ya estaba hecho, y ahora había un bebé involucrado, un inocente que pagaría las consecuencias de los errores de sus padres.
“No puedo perdonarte – dijo con voz firme, mirando a su hermana a los ojos – no ahora, quizás nunca. Pero tampoco puedo seguir odiándote. Ya no tengo fuerzas para eso”.
Valentina se llevó las manos a la cara y lloró con más fuerza, mientras Sofía la miraba con un corazón roto pero libre de la carga del odio que la había consumido durante tanto tiempo. Antes de irse, le dejó un sobre con dinero encima de la mesa: “No es un regalo, ni una forma de compensar nada – dijo – es un préstamo, para que puedas cubrir tus gastos mientras encuentras trabajo y te organizas. Cuando tengas posibilidades, me lo devuelves”.
Valentina levantó la mirada hacia ella, con los ojos llenos de incredulidad y gratitud: “Gracias – susurró – no sé cómo pagarte esto”.
“No lo pagues con palabras – respondió Sofía, dirigiéndose hacia la puerta – pagarlo viviendo una vida honesta, cuidando de ese bebé como se merece. Ese es el único pago que quiero”.
III
El día del juicio llegó más rápido de lo que Sofía había esperado. Se levantó temprano, se vistió con un traje negro sencillo pero elegante, y se fue al despacho de Ricardo Mendoza para ir juntos al juzgado. El edificio estaba ubicado en el centro de Lima, un edificio grande y frío de estilo colonial que parecía estar diseñado para intimidar a quienes entraban en él.
Cuando llegaron a la sala de audiencias, Sofía vio a Martín sentado junto a su abogado, Álvaro Fuentes, con la cabeza baja y la expresión sombría. Valentina estaba en la fila de atrás, acompañada de su tía Rosa, con la mano sobre su vientre aún poco visible. Sofía se sentó junto a Ricardo y trató de mantener la calma mientras el juez entraba en la sala y declaraba abierto el juicio.
El primer día se centró en la presentación de pruebas por parte de la defensa. Álvaro Fuentes habló con una voz clara y segura, tratando de desacreditar cada una de las pruebas presentadas por Ricardo – los extractos bancarios eran “manipulados”, las fotos eran “tomadas fuera de contexto”, los mensajes electrónicos eran “falsificados”. Sofía sintió cómo la ira comenzaba a volver, pero se recordó las palabras de Pedro, el psicólogo, y se obligó a respirar hondo, a mantenerse en calma.
Cuando llegó el turno de la acusación, Ricardo presentó cada prueba con precisión y claridad, demostrando cómo Martín había desviado más de ciento cincuenta mil dólares de sus cuentas comunes para gastarlos en Valentina – viajes, ropa, joyas, incluso el pago del departamento donde vivía ahora. También presentó testimonios de empleados del banco, de los hoteles donde se habían alojado y de antiguos colegas de Martín que confirmaban que él había hablado abiertamente de su relación con Valentina.
Durante todo el proceso, Sofía no miró a Martín ni a Valentina. Se mantuvo firme, mirando hacia el juez y respondiendo las preguntas que se le hacían con claridad y honestidad. Cuando el abogado de la defensa intentó hacerla pasar por una mujer celosa y vengativa, ella respondió con calma: “No estoy aquí por venganza – dijo – estoy aquí porque quiero que se haga justicia, porque quiero recuperar lo que es mío y poder cerrar esta etapa de mi vida para siempre”.
Al final del primer día de juicio, el juez declaró un receso hasta la semana siguiente, cuando continuarían con los testimonios y la presentación de más pruebas. Mientras salían de la sala de audiencias, Martín se acercó a Sofía, deteniéndola en el pasillo.
“Sofía – dijo con voz rota – quiero hablarte. Por favor”.
Ella se detuvo y lo miró por primera vez desde que se había ido del departamento. Había bajado de peso, sus ojos estaban llenos de cansancio y arrepentimiento, y en su rostro se leía la clara señal de que su vida también había cambiado para siempre.
“Qué tienes que decir – preguntó con voz fría pero no hostil”.
“Quiero pedirte perdón de verdad – dijo Martín, mirándola a los ojos – no solo por lo que hice contigo, sino también por lo que hice con Valentina. Ella me dijo que está embarazada, y sé que el bebé es mío. He sido un cobarde al negarlo, pero no sabía cómo enfrentarlo”.
“¿Y ahora sí sabes? – preguntó Sofía”.
“Después de hoy – respondió él – después de ver cómo has luchado con dignidad por lo que es tuyo, me he dado cuenta de lo terrible que he sido. He perdido a la mujer que realmente amaba, he dejado a una mujer embarazada y he destrozado una familia. No merezco nada bueno en mi vida, pero quiero empezar a hacer las cosas bien”.
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Editado: 13.02.2026