I
El sol calentaba las calles de Lima con una intensidad inusual para esa época del año cuando Sofía salió del juzgado después del primer día de juicio. Martín la había dejado sola en el pasillo con sus palabras de arrepentimiento, pero ella no sabía si podía creer en él, si podía creer que alguien capaz de tanto daño pudiera realmente cambiar. Camila la esperaba fuera, junto con Ricardo Mendoza, y los tres se dirigieron a un pequeño café cerca del centro histórico para hablar de lo sucedido.
“Fuentes va a intentar usar la situación de Valentina en su favor – explicó el abogado mientras tomaban sus cafés – va a tratar de hacer ver que ella es la víctima aquí, que tú estás actuando con crueldad al demandarla cuando está embarazada”.
“Pero ella es cómplice – replicó Sofía con firmeza – ella sabía que Martín estaba casado, sabía que estaban usando mi dinero. No puedo dejar que la situación de estar embarazada la libere de su responsabilidad”.
Ricardo asintió con seriedad: “Claro que no. Pero tenemos que estar preparadas para que la defensa intente jugar con las emociones del jurado. Tendremos que demostrar que tu decisión de demandarlos no es un acto de venganza, sino de justicia”.
Después de que Ricardo se fue, Camila sugirió que caminaran por el centro histórico para distraerse un poco. Recorrieron las calles empedradas de Lima, admirando las fachadas coloniales que brillaban bajo el sol, los balcones llenos de flores y las plazas donde niños jugaban al fútbol con pelotas hechas de trapos. Sofía se sintió un poco más tranquila al ver la vida seguir su curso alrededor suyo, como si el mundo no se hubiera detenido por su dolor.
Se detuvieron en la Plaza Mayor, donde un grupo de músicos tradicionales tocaba vals peruanos con violines y guitarras. La música era hermosa y melancólica, y Sofía cerró los ojos por un instante, permitiéndose sentir la belleza del momento sin pensar en el juicio, en Martín o en Valentina. De repente, sintió una mano en su hombro y al abrir los ojos encontró a un hombre mayor con el rostro arrugado por la edad y los años de sol, vestido con las ropas típicas de los pescadores de Chorrillos.
“Disculpe, señorita – dijo el hombre con una sonrisa cálida – pero veo que lleva mucho peso en el corazón. Mi esposa siempre decía que la música sana las heridas del alma. Quisiera dedicarle esta canción”.
Sin esperar a que respondiera, se acercó a los músicos y les dijo algo en voz baja. Luego comenzaron a tocar un vals que Sofía reconocía de su infancia – la misma canción que su padre había bailado con ella en su primera comunión. Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas, pero esta vez no eran de dolor, sino de una mezcla de tristeza y gratitud por ese pequeño gesto de bondad de un desconocido.
Cuando terminó la canción, el hombre se acercó a ella de nuevo y le entregó una pequeña concha de mar: “Mi esposa me dio esto antes de morir – dijo – decía que traía buena suerte y que ayudaba a las personas a encontrar el camino de regreso a sí mismas. Quiero que la tengas”.
Sofía aceptó la concha con las manos temblando, sin poder articular ninguna palabra. El hombre sonrió de nuevo y se fue, mezclándose con la multitud mientras los músicos continuaban tocando. Camila la abrazó fuerte y le dijo: “A veces el universo nos envía señales para recordarnos que no estamos solas”.
II
La semana siguiente transcurrió lentamente, cargada de anticipación y nerviosismo. Sofía comenzó a asistir a terapia con Pedro, el psicólogo que había conocido en el parque, y aunque al principio le costó abrirse, poco a poco fue encontrando en esas sesiones un espacio donde podía expresar todas las emociones que había estado conteniendo durante meses.
“El arrepentimiento de Martín no cambia lo que te hizo – le explicó Pedro en una de sus sesiones – y tú no tienes la obligación de perdonarlo ni de volver con él. Tu bienestar es lo más importante ahora”.
“Sé que tienes razón – respondió Sofía – pero es difícil no sentir algo cuando él me dice que me ama, que quiere cambiar. Pasamos diez años juntos, Pedro. Diez años de risas, de tristezas, de sueños compartidos. No puedo simplemente borrar todo eso”.
“Y no tienes que hacerlo – dijo el psicólogo con suavidad – puedes llevar esos recuerdos contigo, pero tienes que dejar de permitir que te controlen. Los recuerdos son parte de ti, pero no definen quién eres ni quién puedes llegar a ser”.
Además de la terapia, Sofía comenzó a dedicar más tiempo a su trabajo. Había recibido un encargo importante para diseñar las oficinas de una nueva empresa de tecnología en San Isidro, y el proyecto la ayudaba a mantener la mente ocupada y a sentir que aún tenía un propósito, que aún podía crear cosas hermosas en medio del caos que había invadido su vida.
Un día, mientras revisaba los planos en su estudio en casa, recibió una llamada de Valentina. Sofía dudó en contestar, pero finalmente decidió hacerlo.
“Hola, Sofía – dijo la voz de su hermana del otro lado de la línea, temblando un poco – espero que no te moleste que te llame. Quería contarte que encontré trabajo. Es en una tienda de ropa para bebés en Surco, no es mucho, pero es suficiente para cubrir mis gastos básicos”.
“Me alegro – respondió Sofía con voz neutra – te lo dije que podías hacerlo si te lo proponías”.
“También quería decirte gracias – continuó Valentina – por el dinero que me diste. Lo estoy guardando para cuando nazca el bebé, para comprarle las cosas que necesite. Y te lo devolveré, lo prometo”.
“No te preocupes por eso ahora – dijo Sofía – primero cuídate a ti y al bebé. Eso es lo más importante”.
Hubo un silencio prolongado en la línea antes de que Valentina hablara de nuevo: “Sofía... ¿crees que algún día podamos volver a ser hermanas? Sé que lo que hice es imperdonable, pero... extraño tenerte en mi vida”.
Sofía cerró los ojos, sintiendo cómo su corazón se contraía de dolor. Extrañaba a su hermana también, extrañaba las tardes de niñas en las que se contaban secretos, se ayudaban con los deberes y soñaban con el futuro. Pero el daño era demasiado grande, las cicatrices demasiado profundas.
“No sé – respondió con sinceridad – ahora mismo no puedo ni pensar en eso. Pero quizás, cuando pasen los años, cuando el dolor sea menos intenso... quizás entonces podamos hablar de ello”.
Después de colgar la llamada, Sofía se quedó en silencio durante varios minutos, mirando los planos sobre su mesa. Sabía que el camino hacia la reconciliación con Valentina sería aún más largo que el camino hacia sanar su propio corazón, pero al menos ahora había una chispa de esperanza, una posibilidad de que algún día las cosas pudieran ser diferentes.
Esa misma tarde, recibió una visita de su madre, Elena, quien llevaba consigo una caja llena de cosas de bebé que habían pertenecido a Sofía cuando era niña. “Sé que todavía es difícil para ti – dijo la mujer, colocando la caja sobre la mesa – pero estos cosas no deberían estar guardadas en un trastero. Valentina las necesitará, y sé que tú también querrías que ese bebé tenga lo mejor”.
Sofía abrió la caja y encontró ropitas de bebé, mantitas suaves y juguetes de madera que su padre le había hecho con sus propias manos. Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas mientras recordaba su infancia, mientras pensaba en el bebé que pronto nacería, en el pequeño ser inocente que había sido concebido en medio de la traición y el dolor pero que merecía todo el amor del mundo.
“Llégale a Valentina – dijo Sofía, cerrando la caja con cuidado – diles que son un regalo para el bebé. Que no tienen que decir nada, solo que lo usen y lo cuiden”.
III
El segundo día de juicio llegó con un cielo nublado y un viento fresco que anunciaba lluvia. Sofía se levantó temprano, se vistió con el mismo traje negro que había usado la semana anterior y se dirigió al juzgado acompañada de Camila y Ricardo. Cuando llegaron a la sala de audiencias, notó que la atmósfera era diferente – el jurado parecía más serio, más concentrado, y Álvaro Fuentes tenía una expresión más tensa de lo habitual.
El día comenzó con el testimonio de la secretaria de Martín, quien finalmente decidió decir la verdad después de que Ricardo presentara pruebas de que Fuentes la había presionado para que mintiera. “Señor Martín me dijo que registrará todas las compras hechas para la señora Valentina en las cuentas de la empresa – declaró la mujer con voz firme – dijo que era para ‘gastos de representación’, pero yo sabía que no era cierto. Me ofrecieron dinero para decir que no recordaba nada, pero no puedo seguir mintiendo”.
Después de este testimonio, la defensa comenzó a debilitarse. Fuentes intentó desviar la atención hacia otros aspectos del caso, pero Ricardo respondió a cada una de sus objeciones con claridad y precisión. Luego, llegó el turno de Martín de declarar. Se acercó al estrado con la cabeza baja y la expresión sombría, y comenzó a hablar en voz baja pero clara.
“Todo lo que la señora Sofía ha dicho es cierto – dijo, mirando hacia el suelo – engañé a mi esposa durante más de tres años con su propia hermana. Desvié dinero de nuestras cuentas comunes para gastarlo en Valentina, compréle regalos, la llevé de viaje, le pagué el alquiler de su departamento. Todo lo que ha dicho es verdad”.
Fuentes intentó interrumpirlo, pero Martín lo ignoró y continuó hablando: “También quiero decir que el bebé que espera Valentina es mío. He sido un cobarde al negarlo, pero no puedo seguir mintiendo. Sofía nunca pudo tener hijos, y yo le dije que era su culpa, que ella no era capaz de darme un heredero. Pero la verdad es que yo era el que tenía problemas de fertilidad, y no tuve el valor de decírselo. Me sentí menos hombre, y cuando Valentina me dijo que estaba embarazada, pensé que era una oportunidad de tener el hijo que siempre había querido sin tener que admitir mi problema”.
La sala se quedó en silencio, y Sofía sintió cómo el aire se le quedaba en los pulmones. Durante todos los años de matrimonio, ella se había culpado a sí misma por no poder tener hijos, había pasado por tratamientos dolorosos y humillantes pensando que el problema estaba en ella. Y ahora descubría que Martín había sabido que él era el responsable y no le había dicho nada, había preferido hacerla sentir inferior, había preferido engañarla con su hermana en lugar de enfrentar la verdad.
“También quiero pedir perdón a Valentina – continuó Martín, levantando la mirada hacia donde estaba sentada su ex amante – la usé, la manipulé, le dije cosas que no eran ciertas para que se quedara conmigo. Ella no es la única culpable de lo que pasó, yo también lo soy. Y quiero asumir mi responsabilidad como padre del bebé que espera”.
Después de que Martín terminara de declarar, el juez dio un receso de media hora para que el jurado pudiera discutir lo escuchado. Sofía se quedó sentada en su lugar, sin poder moverse, sin poder procesar todas las revelaciones que acababa de escuchar. Camila la tomó de la mano y la apretó con fuerza, mientras Ricardo hablaba en voz baja sobre cómo estas declaraciones fortalecerían su caso.
Cuando se reanudó la sesión, Valentina decidió declarar por su propia cuenta. Se acercó al estrado con la mano sobre su vientre y comenzó a hablar con voz firme y clara: “Todo lo que ha dicho Martín es cierto – dijo – él me mintió, me dijo que Sofía no lo amaba más, que estaban a punto de separarse. Yo quería creerlo porque estaba enamorada de él, porque sentía que él era la única persona que realmente me comprendía. Pero me di cuenta de mi error cuando Sofía me encontró en el malecón de Barranco. Me di cuenta de que había roto a la única persona que realmente me había querido, que había sacrificado su propia felicidad por ayudarme”.
Valentina se detuvo por un momento, secándose las lágrimas con la manga de su blusa, y luego continuó: “Quiero pedir perdón a mi hermana, a toda mi familia, por el daño que les he causado. Sé que no puedo cambiar lo que pasó, pero quiero intentar hacer las cosas bien desde ahora. Quiero criar a mi bebé con valores, enseñarle que la honestidad y el respeto son más importantes que cualquier cosa en el mundo. Y quiero trabajar para devolver todo el dinero que Martín me gastó, para hacer justicia a Sofía”.
Cuando terminaron los testimonios, el juez declaró que el jurado necesitaría tiempo para deliberar y que el fallo sería anunciado al día siguiente. Sofía se levantó de su lugar, sintiéndose más cansada de lo que había estado en toda su vida, y se dirigió hacia la salida. Martín se acercó a ella una vez más, pero esta vez ella no se detuvo. No tenía nada más que decirle, no tenía fuerzas para escuchar más disculpas o promesas. Sabía que el juicio estaría pronto terminado, que finalmente podría cerrar esta etapa de su vida, pero también sabía que el dolor y las cicatrices quedarían con ella para siempre.
Al salir del juzgado, comenzó a llover. El agua caía sobre la ciudad limpiando las calles, lavando las fachadas de los edificios, como si intentara borrar todos los errores y las tristezas del pasado. Sofía se quedó de pie bajo el porche del edificio, mirando cómo la lluvia transformaba el mundo que la rodeaba, y sintió cómo una lágrima solitaria corría por su mejilla, mezclándose con las gotas de agua que caían del cielo. Sabía que el camino hacia la sanación sería largo y difícil, que aún tendría que enfrentar muchas batallas consigo misma, pero por primera vez en meses sintió que había una luz al final del túnel, una posibilidad de que algún día pudiera ser feliz de nuevo. Pero en ese momento, en medio de la lluvia que bañaba Lima, solo podía pensar en todo lo que había perdido, en el amor que nunca valió la pena y en el precio que todos habían tenido que pagar por las acciones de unos pocos. La noche se acercaba rápidamente, y con ella llegaba la incertidumbre del día siguiente, del fallo que decidiría el futuro de todos ellos. Pero Sofía estaba lista para enfrentarlo, lista para cerrar este capítulo de su vida y empezar a escribir uno nuevo, aunque este nuevo comienzo estuviera lleno de sombras que tal vez nunca se apagaran del todo.
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Editado: 13.02.2026