I
El mes de abril llegó a Lima con un clima más fresco y días nublados que parecían reflejar el estado de ánimo de Sofía. Habían pasado tres semanas desde el fallo del juicio, y aunque la vida había vuelto a su curso habitual en apariencia, en su interior todo seguía en ruinas. Valentina se había dado de alta del hospital y se había mudado a un pequeño departamento en Ate, donde intentaba reconstruir su vida con la ayuda de la familia. Martín había partido para Arequipa una semana atrás, dejando una carta para Sofía en el despacho de su abogado.
“Se la entregó personalmente – le dijo Ricardo Mendoza cuando se la llevó a su departamento – dijo que no quería molestarte más, pero que necesitabas tenerla”.
Sofía guardó la carta en el cajón de su mesita de noche durante dos días antes de atreverse a abrirla. Estaba sentada en su sala, con una taza de té caliente entre las manos, cuando finalmente decidió sacarla y desdoblar el papel amarillento que contenía las últimas palabras de Martín para ella:
“Querida Sofía:
No sé si alguna vez leerás estas líneas, pero necesito escribirte para intentar explicar lo que siento, aunque sé que mis palabras no pueden cambiar nada de lo que he hecho.
Me he ido de Lima porque no puedo seguir viviendo en una ciudad donde cada esquina me recuerda a ti, a nosotros, a todo lo que destruí con mis manos. En Arequipa he encontrado trabajo en un despacho pequeño, lejos del bullicio y las tentaciones que me llevaron al error. Quiero empezar de nuevo, no para olvidar lo que hice, sino para poder vivir conmigo mismo y tratar de ser la persona que siempre debería haber sido.
Sé que nunca podré perdonarme por lo que te hice pasar, por la forma en que te traté, por haberle roto el corazón a la única mujer que realmente me amó. Pasé diez años a tu lado y nunca supe valorarte como te merecías. Nunca supe agradecer tu paciencia, tu amor, tu dedicación. Ahora que estoy solo, me doy cuenta de todo lo que perdí, de todo lo que arruiné.
También quiero hablarte del bebé. Saber que perdimos a nuestro hijo – porque aunque no lo conocimos, él fue nuestro hijo – me ha destrozado por dentro. Nunca debí haber permitido que mi orgullo y mi miedo me llevaran a alejarme de ti en lugar de enfrentar juntos nuestro problema de fertilidad. Ese es el error por el que más me castigaré el resto de mi vida.
No espero que me perdones, Sofía. No espero que alguna vez puedas mirarme a los ojos sin sentir dolor. Solo quiero que sepas que te amo, que siempre te he amado, y que aunque mi forma de demostrarlo fue completamente equivocada, mi amor por ti fue real.
Te deseo todo lo bueno que este mundo puede ofrecer. Te deseo encontrar la felicidad que te mereces, un amor verdadero y sincero que te trate como la reina que eres. Te deseo poder formar la familia que siempre soñaste, porque nadie más que tú se merece esa bendición.
Ya no te molestaré más. Esta es la última vez que te escribiré o intentaré contactarte. Solo quiero que sepas que aunque estemos separados por kilómetros, siempre llevaré tu recuerdo en mi corazón, y siempre rogaré por tu bienestar.
Despedirme de ti es el momento más difícil de mi vida, pero sé que es necesario para ambos. Que Dios te bendiga, Sofía. Que encuentres la paz y la felicidad que buscas.
Con todo mi amor y mi arrepentimiento,
Martín”
Sofía leyó la carta una y otra vez hasta que las palabras se desvanecieron ante sus ojos por las lágrimas que corrían por sus mejillas. Había esperado sentir alivio al saber que Martín se había ido, que ya no tendría que preocuparse por encontrarlo en las calles o recibir sus mensajes. Pero en lugar de alivio, sintió una profunda tristeza por todo lo que habían sido, por todo lo que podrían haber sido si él no hubiera tomado el camino de la traición.
Guardó la carta en una caja de madera que había pertenecido a su padre y la cerró con cuidado. Sabía que nunca volvería a leerla, que tenía que dejarla atrás junto con todos los demás recuerdos dolorosos del pasado. Pero también sabía que esa carta, como todas las otras cosas que había vivido, formaría parte de ella para siempre.
II
Una semana después, Sofía recibió una visita de Valentina. Su hermana lucía mejor – había ganado algo de peso, sus ojos ya no estaban hundidos y llevaba una sonrisa débil pero sincera en el rostro. “He empezado el trabajo en la tienda de bebés – dijo mientras Sofía le ofrecía café – no es mucho, pero me hace sentir útil. También he empezado a ir a terapia, como te dije que haría”.
“Soy muy feliz por ti – respondió Sofía, sentándose frente a ella en la sala – sé que no ha sido fácil, pero estoy orgullosa de ti por tomar las riendas de tu vida”.
“También he estado hablando con mamá y papá – continuó Valentina – están empezando a perdonarme, aunque sé que llevará tiempo para que las cosas vuelvan a ser como antes. O tal vez nunca vuelvan a ser como antes, pero quizás puedan ser diferentes, mejores”.
Sofía asintió con cabeza. Sabía que la relación entre Valentina y el resto de la familia nunca sería la misma que antes de la traición, que siempre habría un vacío, una cicatriz que recordaría lo que había pasado. Pero también sabía que el amor familiar era fuerte suficiente para superar incluso los errores más grandes, siempre y cuando hubiera verdadero arrepentimiento y voluntad de cambiar.
“Quiero hablarte de algo más – dijo Valentina, bajando la mirada hacia su taza de café – he estado pensando mucho en el bebé, en lo que pasó. El médico me dijo que todavía tengo posibilidades de tener hijos en el futuro, pero que tendré que cuidarme mucho y pasar por algunos tratamientos. Pero la verdad es que no sé si quiero ser madre ahora. No me siento lista, no creo estar preparada para darle a un niño el amor y los cuidados que se merece después de todo lo que he hecho”.
“Esa decisión solo la puedes tomar tú – respondió Sofía con suavidad – no hay prisa, Valentina. Tienes todo el tiempo del mundo para decidir lo que quieres hacer con tu vida. Lo importante es que tomes la decisión correcta para ti”.
“También quiero devolverte el dinero que me diste – dijo Valentina, sacando un sobre de su bolso – no es mucho todavía, solo lo que he podido ahorrar de mi sueldo, pero quiero empezar a pagarte lo que te debo”.
Sofía la miró con sorpresa y negó con la cabeza: “No, Valentina. Ese dinero era un regalo, no un préstamo. Dije que no te preocuparas por devolvérmelo”.
“Yo sé lo que dijiste – replicó Valentina con firmeza – pero yo no puedo quedármelos. No puedo seguir aceptando cosas tuyas después de todo lo que te hice. Necesito pagarte lo que te debo, no solo por dinero, sino por honor. Necesito demostrarme a mí misma que puedo ser una persona honesta y responsable”.
Sofía suspiró profundamente y aceptó el sobre. Sabía que Valentina necesitaba hacer esto para sentirse bien consigo misma, para cerrar ese capítulo de su vida y empezar de nuevo. “Está bien – dijo, guardando el sobre en su cartera – pero solo si te prometes que no te esforzarás más de lo necesario, que cuidarás tu salud y tu bienestar por encima de todo”.
Valentina asintió con agradecimiento y se levantó para irse. Antes de salir, se giró hacia Sofía y la abrazó fuerte: “Te quiero, hermana – dijo con voz rota – sé que no merezco tu perdón, pero quiero que sepas que te quiero y que siempre estaré aquí para ti, pase lo que pase”.
“Yo también te quiero – respondió Sofía, abrazándola con fuerza – no olvides eso, Valentina. Siempre seremos hermanas, aunque el camino haya sido difícil”.
Después de que Valentina se fuera, Sofía se quedó sola en su departamento, pensando en todo lo que había cambiado en sus vidas en apenas unos meses. Había perdido al hombre que amaba, había visto destruir su familia, había sufrido la pérdida de un bebé que nunca llegó a conocer. Pero también había encontrado la fuerza para seguir adelante, había recuperado la relación con su hermana y había demostrado a sí misma que era más fuerte de lo que jamás había imaginado.
Decidió salir a dar un paseo por el Malecón de Miraflores, donde solía ir cuando necesitaba pensar o sentirse cerca del mar. El océano estaba agitado, con olas grandes que chocaban contra los acantilados con un ruido ensordecedor. Se sentó en un banco y miró hacia el horizonte, donde el sol se ponía pintando el cielo de tonos dorados y rojizos.
De repente, sintió que alguien se sentaba a su lado. Al girar la cabeza, encontró a Pedro, el psicólogo que había conocido en el parque. “Veo que sigues pasando por momentos difíciles – dijo con una sonrisa cálida – el mar siempre ayuda a aclarar la mente, ¿no crees?”
Sofía sonrió con tristeza y asintió: “Sí, es cierto. Me hace sentir pequeña, pero también me hace darme cuenta de que hay cosas mucho más grandes que mis problemas, que la vida sigue su curso aunque nosotros sintamos que se ha detenido”.
“Esa es una buena forma de verlo – respondió Pedro – el dolor es parte de la vida, Sofía. No podemos evitarlo, pero sí podemos decidir cómo vamos a enfrentarlo. Y tú lo estás haciendo muy bien, mucho mejor de lo que crees”.
“¿Crees que algún día podré ser feliz de nuevo? – preguntó Sofía con voz baja – ¿Crees que podré amar de nuevo, confiar de nuevo?”
“Claro que sí – dijo Pedro con seguridad – el corazón humano tiene una capacidad increíble de sanar y de amar de nuevo. Solo necesitas darte tiempo, no te presiones a ti misma. La felicidad no llega cuando la buscamos con desesperación, llega cuando menos se lo esperamos, cuando estamos listos para recibirla”.
Después de hablar durante un rato más, Pedro se despidió y se fue, dejando a Sofía sola con sus pensamientos y el sonido del mar. Se quedó en el banco hasta que la oscuridad cubrió completamente el cielo, pensando en las palabras de Pedro, en la carta de Martín, en la visita de Valentina. Sabía que el camino hacia la sanación aún era largo, que todavía tenía mucho que superar, pero por primera vez en meses sintió que había una luz al final del túnel, una posibilidad de que algún día pudiera ser feliz de nuevo.
III
Las semanas se convirtieron en meses, y el invierno llegó a Lima con sus días fríos y lluviosos. Sofía había regresado completamente a su trabajo, y el proyecto de diseño de las oficinas de la empresa de tecnología había sido un gran éxito. Había recibido nuevos encargos, entre ellos el diseño de una escuela infantil en el distrito de San Borja, un proyecto que la llenaba de emoción y esperanza.
“Este es el proyecto más importante de mi carrera – le dijo a Camila una tarde mientras revisaban los planos en su estudio – cada vez que pienso en los niños que van a estudiar aquí, en las risas que van a llenar estas salas, me siento como si estuviera haciendo algo realmente significativo con mi vida”.
“Te veo mucho mejor, cariño – dijo Camila, sonriendo – has vuelto a ser la Sofía que conocí en la universidad, la que tenía tantos sueños y tantas ganas de cambiar el mundo con su trabajo”.
Sofía sonrió y asintió. Sabía que Camila tenía razón, que había vuelto a encontrar su propósito en la vida, su pasión por el diseño y por crear espacios donde la gente pudiera sentirse feliz y cómoda. Había empezado a tomar clases de pintura en una escuela de arte en Barranco, un hobby que le ayudaba a expresar sus emociones y a canalizar su creatividad. También seguía asistiendo a terapia con Pedro, y aunque todavía tenía días difíciles, cada vez eran menos y menos.
Un día de julio, mientras trabajaba en los planos de la escuela infantil, recibió una llamada de Arequipa. Era la secretaria del despacho donde trabajaba Martín, y su voz sonaba preocupada: “Señora García – dijo con voz temblorosa – el señor López tuvo un accidente de tráfico hace unas horas. Está en el hospital, y los médicos dicen que su estado es grave. Ha pedido hablar contigo antes de que sea demasiado tarde”.
Sofía se quedó paralizada por un instante, sin poder procesar las palabras que acababa de escuchar. Martín había tenido un accidente, estaba gravemente herido, y quería hablar con ella. No sabía qué hacer, si debería ir a verlo o si debería dejarlo en paz como él mismo había pedido en su carta. Pero en su corazón sabía que no podía dejarlo solo en ese momento, que tenía que ir a verlo para cerrar esa herida de una vez por todas.
Tomó el primer vuelo a Arequipa y llegó al hospital Regional de Arequipa dos horas después. El médico la recibió en la entrada y la condujo hasta la unidad de cuidados intensivos, donde Martín estaba acostado en una cama con múltiples aparatos conectados a su cuerpo. Tenía el rostro hinchado y cubierto de vendajes, y su respiración era débil y entrecortada.
Cuando vio a Sofía entrar, Martín abrió los ojos y movió ligeramente los labios como si intentara hablar. La enfermera se acercó y colocó un micrófono pequeño frente a su boca para que pudiera ser escuchado: “Sofía – dijo con voz apenas audible – gracias por venir. Sabía que vendrías”.
Sofía se sentó en una silla junto a la cama y tomó su mano con cuidado, como si temiera hacerle daño: “¿Cómo te encuentras? – preguntó con voz rota – el médico me dijo que tu estado es grave”.
“Ya sé – respondió Martín con dificultad – los médicos dicen que no tengo muchas posibilidades de sobrevivir. Mi cuerpo ya no resiste más. Pero vine aquí para decirte que estoy tranquilo, que he encontrado la paz que buscaba”.
“No digas eso – replicó Sofía, sintiendo cómo las lágrimas corrían por sus mejillas – todavía hay tiempo, todavía puedes recuperarte”.
“Es demasiado tarde para mí, Sofía – dijo Martín con calma – pero no es demasiado tarde para ti. Quiero que sepas que he perdonado a Valentina, que he perdonado a todos los que me han hecho daño. Y quiero que tú también puedas perdonarme completamente, no por mí, sino por ti misma. Necesitas soltar este peso si quieres ser feliz de nuevo”.
Sofía cerró los ojos, sintiendo cómo el dolor la invadía por completo. Sabía que Martín tenía razón, que el perdón era el único camino hacia la verdadera sanación. Pero también sabía que perdonar no era fácil, que llevaría tiempo y esfuerzo. “Te perdono, Martín – dijo con voz firme – te perdono por todo lo que me hiciste, por todo lo que destruiste. No porque merezcas mi perdón, sino porque yo necesito soltar este dolor para poder seguir adelante con mi vida”.
Martín sonrió con debilidad y cerró los ojos por un instante: “Gracias – susurró – ahora puedo irme en paz. Quiero que sepas que te amo, Sofía. Siempre te he amado, y siempre te amaré. Eres la mejor cosa que me ha pasado en la vida, aunque no supe valorarte como te merecías”.
Sofía se inclinó y le besó suavemente la frente, sintiendo cómo su cuerpo temblaba bajo sus manos: “Yo también te amo, Martín – dijo con voz rota – siempre te he amado, y siempre te recordaré. Pero ahora tienes que descansar, tienes que dejar ir todo este dolor”.
Martín abrió los ojos una vez más y la miró con amor y gratitud: “Cuídate mucho, Sofía – dijo con su última respiración – sé que serás muy feliz. Que Dios te bendiga siempre”.
Con esas palabras, la respiración de Martín se detuvo, y los aparatos conectados a su cuerpo emitieron un pitido largo y constante que anunciaba su muerte. Sofía cerró los ojos y soltó un llanto desconsolado, abrazando la mano fría de Martín mientras las lágrimas bañaban su rostro. Había perdido al hombre que amaba, al hombre que la había traicionado y al hombre que finalmente había encontrado la redención en sus últimos momentos de vida.
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Editado: 13.02.2026