I
El mes de septiembre llegó a Lima con el aire cargado de la promesa del verano. Habían pasado dos meses desde la muerte de Martín, y aunque el dolor seguía presente en el corazón de Sofía, ya no era el mismo dolor abrumador que la había paralizado durante semanas. Había vuelto completamente a su trabajo, y los últimos detalles del proyecto de la escuela infantil en San Borja estaban a punto de estar listos. La inauguración estaba programada para finales de mes, y cada día recibía visitas de los trabajadores y los directores de la institución para revisar los avances.
“Esto va a ser el mejor lugar de estudios de todo el distrito – le dijo el director, don Francisco, mientras recorrían las instalaciones – tus diseños son increíbles, Sofía. Has creado un espacio cálido, seguro y lleno de vida. Los niños van a amar venir aquí todos los días”.
Sofía sonrió con orgullo mientras miraba las salas de clase llenas de colores vibrantes, los patios de juegos con estructuras seguras y modernas, las bibliotecas con estanterías llenas de libros nuevos. Había puesto todo su corazón en este proyecto, habiendo diseñado cada rincón pensando en el bienestar y la felicidad de los pequeños que vivirían allí. Sabía que Martín estaría orgulloso de ella, que él también había creído en la importancia de dar a los niños las mejores oportunidades posibles.
Después de la visita, decidió ir a tomar un café en una pequeña cafetería en Barranco que había descubierto hace poco. El lugar estaba decorado con plantas y obras de arte local, y la música suave que sonaba en el fondo creaba un ambiente tranquilo y relajante. Se sentó en una mesa cerca de la ventana y pidió un café con leche, sacando su cuaderno de bocetos para hacer algunas correcciones finales al proyecto de la residencia de ancianos.
“Disculpe – dijo una voz detrás de ella – ¿esta silla está libre? Todos los demás lugares están ocupados”.
Sofía levantó la mirada y encontró a un hombre de unos treinta y cinco años, con el cabello castaño oscuro y unos ojos verdes que brillaban con amabilidad. Llevaba un traje informal y sostenía una libreta y una laptop bajo el brazo. “Claro – respondió con una sonrisa – por favor, siéntese”.
El hombre se sentó frente a ella y pidió un café negro, luego se dispuso a trabajar en su laptop. Sofía intentó concentrarse en sus bocetos, pero notó que el hombre la miraba de vez en cuando con una expresión curiosa. Finalmente, decidió romper el silencio: “¿Algo te pasa? – preguntó con una sonrisa amable – ¿Hay algo en lo que pueda ayudarte?”
El hombre sonrió y negó con la cabeza: “Disculpe – dijo con una sonrisa tímida – no quería molestarla. Solo que reconozco tu trabajo. Soy arquitecto también, trabajo en un despacho cerca de aquí. He visto tus diseños en algunas revistas profesionales. Eres muy talentosa”.
Sofía sintió cómo se le calentaba la cara de vergüenza y agradecimiento: “Gracias – dijo con una sonrisa – es un honor que alguien del gremio valore mi trabajo”.
“Me llamo Diego – dijo el hombre, extendiendo su mano para estrecharla – Diego Márquez. Trabajo en proyectos de vivienda social principalmente, aunque también he hecho algunos encargos de diseño comercial”.
“Sofía García – respondió ella, estrechándole la mano – como ya sabes, me dedico al diseño de espacios para la comunidad: escuelas, bibliotecas, residencias de ancianos... Creo que la arquitectura debe servir a las personas, debe mejorar su calidad de vida”.
Diego asintió con entusiasmo: “Completamente de acuerdo. Ese es el motivo por el que empecé en la vivienda social. Hay demasiada gente en esta ciudad que vive en condiciones indignas, y creo que nosotros como arquitectos tenemos la responsabilidad de cambiar eso”.
Pasaron la tarde hablando de arquitectura, de sus proyectos, de sus sueños y esperanzas para el futuro. Sofía se sintió cómoda con Diego desde el primer momento, disfrutando de su compañía y de sus ideas. Era la primera vez desde la muerte de Martín que se sentía atraída por alguien más, que podía conversar con un hombre sin sentir dolor o tristeza.
Cuando empezó a hacerse de noche, Diego pidió la cuenta y se ofreció a llevarla a casa. “No quiero que te preocupes por regresar sola en la oscuridad – dijo con sinceridad – además, me gustaría seguir conversando contigo. Me parece una persona fascinante, Sofía”.
Sofía dudó por un instante, pensando en Martín, en si estaba lista para empezar algo nuevo. Pero luego se recordó las palabras de Pedro, su psicólogo: “La vida sigue adelante, Sofía. No tienes que olvidar a Martín para poder amar de nuevo. Él siempre será parte de ti, pero eso no significa que no puedas encontrar la felicidad con alguien más”.
“Está bien – respondió con una sonrisa – me gustaría mucho que me llevaras a casa”.
Durante el camino, Diego le habló de su trabajo en vivienda social, de los proyectos que tenía en mente para mejorar las condiciones de vida en los distritos más pobres de Lima. Sofía escuchó con atención, sintiendo cómo su entusiasmo era contagioso. Cuando llegaron a su departamento, Diego se detuvo frente a la puerta y la miró a los ojos: “Me gustaría verte de nuevo – dijo con sinceridad – ¿Te gustaría salir a cenar conmigo esta semana?”
Sofía sintió cómo su corazón daba un vuelco de emoción y nerviosismo. Sabía que estaba lista para dar este paso, para abrir su corazón de nuevo a la posibilidad del amor. “Me gustaría mucho – respondió con una sonrisa – estaría encantada”.
II
Los días siguientes transcurrieron volando. Sofía se encontraba con Diego todas las tardes después del trabajo, ya sea para tomar un café, caminar por el Malecón o visitar exposiciones de arte en el centro de Lima. Disfrutaba profundamente de su compañía, de la forma en que él la hacía reír, de su inteligencia y su pasión por su trabajo. Pero también sentía una leve culpa, como si estuviera siendo infiel a la memoria de Martín.
Decidió hablar con Pedro sobre sus sentimientos en su próxima sesión de terapia. “Siento que estoy siendo desleal – le dijo con voz baja – Martín acaba de morir hace unos meses, y aquí estoy yo saliendo con otro hombre. ¿Es normal sentir esto?”
“Por supuesto que es normal – respondió Pedro con suavidad – el dolor de la pérdida es muy fuerte, y a menudo nos sentimos culpables cuando empezamos a sentir emociones positivas de nuevo. Pero tienes que recordar que Martín querría que fueras feliz, Sofía. Él te amaba, y el amor verdadero desea la felicidad del otro incluso cuando no puede estar presente para darla”.
Sofía asintió con cabeza, sintiéndose un poco más tranquila. Sabía que Pedro tenía razón, que Martín estaría feliz de saber que ella estaba encontrando la fuerza para seguir adelante, para volver a sonreír y a sentir amor. Pero también sabía que necesitaba tiempo para procesar sus sentimientos, para asegurarse de que estaba lista para empezar una relación seria con Diego.
Una tarde, mientras caminaban por el centro histórico de Lima, Diego le habló de su familia: “Mis padres viven en Cusco – dijo mientras recorrían las calles empedradas – mi padre es arqueólogo y mi madre es maestra. Me criaron con mucho amor y enseñándome la importancia de ayudar a los demás. Esa es la razón por la que decidí dedicarme a la vivienda social”.
“Suena como una familia maravillosa – respondió Sofía con una sonrisa – mis padres también me enseñaron los mismos valores. Mi padre adoptivo siempre dijo que la verdadera riqueza no está en el dinero, sino en las relaciones que tenemos con los demás y en la forma en que podemos contribuir al bienestar de la comunidad”.
Llegaron a la Plaza de Armas y se sentaron en un banco para descansar. El sol se estaba poniendo, pintando las fachadas coloniales de los edificios de tonos dorados y rojizos. “Quiero contarte algo – dijo Sofía, tomando la mano de Diego con valentía – antes de seguir adelante, creo que tienes derecho a saber sobre mi pasado, sobre lo que he pasado en los últimos meses”.
Y así, le contó toda su historia – su matrimonio con Martín, la traición de Valentina, el juicio, la pérdida del bebé, la muerte de Martín. Diego la escuchó con atención, sin interrumpirla ni hacer juicios, solo sosteniendo su mano y dándole apoyo con su presencia. Cuando terminó de hablar, Sofía sintió cómo un peso se alejaba de su corazón, como si finalmente pudiera ser honesta con alguien sobre todo lo que había vivido.
“Lo siento mucho por todo lo que has pasado – dijo Diego con voz cálida – no puedo imaginar lo difícil que debe haber sido para ti. Pero también admiro tu fortaleza, tu capacidad de seguir adelante a pesar de todo. Eres una mujer increíble, Sofía”.
“Gracias – respondió ella con una sonrisa triste – no ha sido fácil, pero he aprendido mucho de mis experiencias. He aprendido que el amor verdadero no es perfecto, que tiene altibajos y dificultades, pero también que es capaz de superar incluso los obstáculos más grandes”.
“Y ¿crees que puedes amar de nuevo? – preguntó Diego con voz baja, mirándola a los ojos”.
Sofía pensó por un momento, mirando hacia el horizonte donde el sol se ocultaba lentamente detrás de los edificios. Pensó en Martín, en el amor que habían compartido, en la felicidad que habían sentido juntos. Luego pensó en Diego, en la conexión que sentía con él, en la posibilidad de construir algo nuevo y hermoso juntos. “Sí – respondió con sinceridad – creo que sí puedo amar de nuevo. No es fácil, y todavía tengo mucho que procesar, pero creo que estoy lista para intentarlo”.
Diego sonrió y le dio un beso suave en la frente: “No hay prisa – dijo con calma – estaremos juntos a tu ritmo, Sofía. Yo estoy dispuesto a esperar el tiempo que necesites”.
III
La semana siguiente, Sofía recibió una llamada de Valentina, quien le dijo que había conseguido un nuevo trabajo como coordinadora de proyectos en una ONG que trabajaba con mujeres embarazadas y madres solteras. “Es un trabajo maravilloso – dijo la voz de su hermana del otro lado de la línea – me siento útil, como si finalmente estuviera haciendo algo importante con mi vida. Además, me han ofrecido beca para estudiar psicología, para poder ayudar aún más a las mujeres que pasan por situaciones difíciles”.
“¡Esto es maravilloso, Valentina! – exclamó Sofía con emoción – estoy muy feliz por ti. Te lo mereces completamente”.
“También quiero invitarte a una cena en casa de mamá este fin de semana – continuó Valentina – papá está preparando su famoso ceviche, y dijo que quería tener a toda la familia reunida. También he invitado a algunos amigos de la ONG, creo que te gustarán”.
Sofía aceptó con gusto. Había pasado mucho tiempo desde que toda la familia se reunía en casa de sus padres, y la idea de compartir una cena familiar la llenaba de alegría. También estaba emocionada de conocer a los amigos de Valentina, de ver cómo su hermana había logrado reconstruir su vida y encontrar su propósito.
El fin de semana llegó rápidamente, y Sofía se dirigió a casa de sus padres acompañada de Diego, quien había aceptado su invitación para conocer a su familia. Cuando llegaron, encontraron a Elena y Roberto en el jardín, decorando las mesas con flores y velas. Valentina estaba en la cocina, ayudando a su padre a preparar el ceviche, mientras algunos amigos suyos conversaban en la sala de estar.
“¡Mija! – exclamó Elena al verla llegar, abrazándola fuerte – cómo te echábamos de menos. Y este debe ser Diego – dijo, mirando al hombre con una sonrisa cálida – bienvenido a nuestra casa, joven. Espero que te sientas como en tu propia casa”.
Diego sonrió y agradeció la bienvenida, sacando un ramo de flores para Elena y una botella de vino para Roberto. Sofía sintió cómo su corazón se llenaba de alegría al ver a Diego interactuar tan bien con su familia, cómo se sentía cómodo y seguro en su hogar.
Durante la cena, la conversación fluyó de forma natural y alegre. Valentina habló de su trabajo en la ONG, de las mujeres que había conocido y de las historias de superación que habían inspirado su decisión de estudiar psicología. Sus amigos contaron sobre los proyectos que estaban desarrollando para ayudar a las madres solteras y sus hijos, y Sofía se sintió inspirada por su dedicación y su pasión por ayudar a los demás.
Después de la cena, todos se dirigieron al jardín, donde Roberto había preparado un fuego pequeño en la fogata. Se sentaron en círculo alrededor del fuego, compartiendo historias y cantando canciones tradicionales peruanas. Sofía se sentó entre Diego y Valentina, sintiendo cómo el calor del fuego y el amor de su familia la envolvían. Miró hacia el cielo estrellado y pensó en Martín, en el bebé que nunca llegó a conocer, en todos los seres queridos que habían partido pero que seguían viviendo en su corazón.
“Quiero decir algo – dijo Valentina, levantándose y tomando la mano de Sofía – quiero agradecer a mi hermana por todo lo que ha hecho por mí. Por perdonarme, por apoyarme, por seguir queriéndome a pesar de todo lo que le hice. No sé cómo pagarle todo esto, pero prometo que haré todo lo posible para ser la hermana que ella se merece”.
Sofía se levantó y abrazó a Valentina fuerte, sintiendo cómo las lágrimas corrían por sus mejillas de emoción. “No tienes que pagarme nada – dijo con voz rota – solo tener una vida feliz y honesta es suficiente. Te quiero mucho, Valentina. Siempre te he querido, y siempre te querré”.
El resto de la noche transcurrió en un ambiente de alegría y camaradería. Sofía bailó con Diego bajo las estrellas, sintiendo cómo su risa y su alegría la llenaban de vida. Pensó en todo lo que había pasado en los últimos meses – el dolor de la traición, la tristeza de la pérdida, la lucha por la justicia y la reconstrucción de su vida. Pero también pensó en todo lo que había ganado – la reconciliación con su hermana, el apoyo de su familia y amigos, la pasión por su trabajo y la posibilidad de amar de nuevo.
Cuando llegó el momento de irse, Diego la llevó hasta su departamento y se detuvo frente a la puerta. “Hoy he visto una parte de ti que no conocía – dijo con voz cálida – la forma en que te amas la una a la otra como familia, la forma en que has superado todos los obstáculos... me hace quererte aún más, Sofía”.
Sofía sonrió y le dio un beso suave en los labios: “Eres muy especial, Diego – dijo con sinceridad – nunca pensé que podría encontrar alguien que me entendiera tan bien, que me aceptara tal como soy con todos mis miedos y mis cicatrices”.
“Las cicatrices son parte de lo que nos hace quienes somos – respondió Diego, acariciándole la mejilla con suaveza – y tus cicatrices muestran lo fuerte y valiente que eres. Estoy muy agradecido de haber encontrado a alguien como tú en mi vida”.
Después de un beso más largo y apasionado, Sofía entró en su departamento y se quedó de pie frente a la ventana, mirando cómo Diego se alejaba por la calle hasta desaparecer de vista. Se sintió llena de una paz y una felicidad que no había sentido en mucho tiempo. Sabía que el camino que le esperaba aún tenía desafíos y dificultades, que todavía tenía días de tristeza y nostalgia por Martín y el bebé que nunca llegó a conocer. Pero también sabía que tenía el amor y el apoyo de sus seres queridos, la pasión por su trabajo y la posibilidad de construir un futuro lleno de esperanza y felicidad junto a Diego.
Se dirigió hacia la habitación y abrió la caja de madera donde guardaba las cosas de Martín – la carta que le había dejado antes de irse a Arequipa, el diario que había escrito en sus últimos meses, el collar de plata que ahora llevaba siempre alrededor del cuello. Tomó el collar y lo acarició con cuidado, sintiendo cómo el metal frío recordaba suavemente la presencia de Martín en su vida. “Te extraño mucho – susurró hacia la nada – pero sé que estás bien ahora, que finalmente encontraste la paz que tanto buscabas. Y yo también estoy bien, estoy aprendiendo a vivir de nuevo, a amar de nuevo.
#2958 en Otros
#127 en No ficción
traicion, amor ayuda esperanza, amor romance dudas odio misterio
Editado: 13.02.2026