La Última LÁgrima Que No Se SecÓ

RAÍCES QUE NUNCA SE ROMPEN

LA ÚLTIMA LÁGRIMA QUE NO SE SECÓ
CAPÍTULO 11: RAÍCES QUE NUNCA SE ROMPEN
I
Seis meses después de la boda, Sofía y Diego habían establecido una rutina de vida plena y equilibrada en Lima. Habían comprado un departamento en Miraflores, con vistas al océano y un pequeño jardín en la terraza donde Sofía cultivaba flores y hierbas aromáticas. Mientras Diego se dedicaba a los proyectos de vivienda social en Villa El Salvador, Sofía había empezado a diseñar un centro comunitario para niños y jóvenes en el distrito de Comas – un espacio donde pudieran estudiar, aprender oficios y desarrollar sus talentos artísticos y deportivos.
“Este proyecto es aún más especial que la escuela de San Borja – le dijo a Diego una tarde mientras preparaban la cena juntos en la cocina – quiero que sea un refugio para los niños que no tienen dónde ir después del colegio, un lugar donde se sientan seguros y apoyados”.
“Lo lograrás – respondió Diego, abrazándola por la cintura mientras cortaba las verduras – tu dedicación y tu amor por lo que haces son contagiosos. Ya he hablado con algunos inversionistas que están interesados en apoyar el proyecto. Creo que podremos empezar las obras antes de fin de año”.
Justo en ese momento, el teléfono sonó. Era Valentina, con la voz llena de emoción: “Sofía – dijo entre llantos de alegría – estoy en el hospital. Acabo de dar a luz a una niña preciosa. La hemos llamado Isabel, en honor a nuestra abuela”.
Sofía soltó el cuchillo que sostenía en la mano y se quedó de pie, con los ojos llenos de lágrimas de felicidad: “¡Es maravilloso! – exclamó – ¿Cómo te encuentras? ¿Y la bebé?”
“Estamos bien – respondió Valentina con una sonrisa audible en su voz – Isabel pesa tres kilos y está sana como un toro. Carlos está aquí conmigo, y mamá también. Todos estamos muy emocionados. ¿Podéis venir a vernos?”
Por supuesto que sí – dijo Sofía, ya recogiendo sus cosas – llegamos en unos minutos”.
Diego cogió las llaves y juntos se dirigieron al hospital Guillermo Almenara Irigoyen. Cuando llegaron a la habitación de Valentina, encontraron a toda la familia reunida alrededor de la cuna donde yacía la pequeña Isabel, envuelta en una mantita blanca con bordados de flores rojas. Valentina estaba acostada en la cama, pálida pero con una expresión de felicidad radiante en el rostro. Carlos la sostenía de la mano, con los ojos brillantes de amor y emoción.
“Ven aquí, hermana – dijo Valentina, haciendo espacio para que Sofía se acercara a la cuna – ven a conocer a tu sobrina”.
Sofía se agachó con cuidado y miró a la pequeña Isabel, que dormía pacíficamente con la mano pequeña apoyada en su mejilla. Sintió cómo su corazón se llenaba de una ternura tan profunda que casi le faltaba el aire. Pensó en el bebé que ella y Martín nunca llegaron a conocer, en cómo el ciclo de la vida seguía su curso a pesar de todo el dolor y la pérdida. Las lágrimas corrían por sus mejillas, pero esta vez eran lágrimas puras de alegría y gratitud.
“Es preciosa – dijo con voz temblorosa – se parece a ti cuando eras bebé, Valentina. Y también un poco a mamá”.
“Queremos que tú seas su madrina – dijo Valentina con sinceridad – nadie más que tú se merece este honor. Has sido nuestra roca en los momentos difíciles, nuestra guía y nuestra inspiración. Queremos que Isabel crezca sabiendo cuánto la quieres y cuánto has hecho por nuestra familia”.
Sofía se sentó en la orilla de la cama y abrazó a Valentina fuerte, sin poder articular ninguna palabra. Sabía que este honor era el mayor regalo que podía recibir, que ser madrina de Isabel la uniría aún más a su hermana y a la nueva vida que había llegado a su familia. “Por supuesto que acepto – dijo finalmente con voz rota – prometo cuidarla y amarla como si fuera mi propia hija”.
Los días siguientes estuvieron llenos de visitas al hospital, preparativos para el bautizo de Isabel y planes para el futuro. Valentina y Carlos habían decidido mudarse a un departamento más grande en Surco, cerca de la ONG donde trabajaban, para tener más espacio para la bebé y para recibir visitas de la familia. Sofía y Diego les ayudaron con la mudanza y con la decoración del cuarto de Isabel, que diseñó con colores suaves y muebles seguros y funcionales.
“Quiero que este sea un espacio donde ella pueda soñar y crecer libremente – dijo Sofía mientras colocaban las estanterías llenas de libros infantiles – donde se sienta amada y apoyada en todos sus proyectos”.
Valentina la miró con ojos llenos de gratitud: “Tú siempre has sabido crear espacios llenos de amor, hermana – dijo – desde que éramos niñas, siempre decorabas nuestros cuartos con mucho cariño. Ahora lo haces para todo el mundo, y eso es maravilloso”.
II
El bautizo de Isabel se celebró en la iglesia de San Pedro en Miraflores, con una recepción posterior en el jardín de la casa de los padres de Sofía. La pequeña vestía un hermoso traje de bautizo que había pertenecido a Sofía cuando era bebé, transmitido de generación en generación en la familia. Todos los familiares y amigos cercanos asistieron al evento, celebrando la llegada de esta nueva vida que había traído tanta alegría a todos.
Durante la ceremonia religiosa, el sacerdote habló sobre la importancia del amor familiar y el compromiso de cuidar y proteger a los más pequeños. Cuando llegó el momento de los votos de madrina y padrino, Sofía se adelantó con Carlos y colocó la cruz de plata alrededor del cuello de Isabel, pronunciando las palabras con voz clara y firme:
“Prometo cuidar de Isabel, enseñarle los valores de amor, respeto y solidaridad que nos han caracterizado como familia. Prometo estar ahí para ella en los buenos y malos momentos, apoyándola en sus sueños y ayudándola a convertirse en la persona maravillosa que sé que será”.
Después de la ceremonia, todos se dirigieron a la casa de Elena y Roberto, donde el jardín estaba decorado con flores y velas, y las mesas estaban llenas de comida tradicional peruana preparada por Roberto y algunas tías de la familia. Los niños corrieron por el jardín jugando con globos y pelotas, mientras los adultos conversaban animadamente y brindaban por la salud y la felicidad de la pequeña Isabel.
“Doña Sofía – dijo doña Rosa, la madre de Martín, acercándose a ella con una sonrisa cálida – quiero hablarte de algo. He estado pensando mucho en Martín últimamente, especialmente con la llegada de Isabel. Sé que él estaría muy orgulloso de ti, de cómo has superado todo y de lo maravillosa que te has convertido”.
Sofía tomó la mano de doña Rosa y la apretó con cariño: “Gracias por venir, doña Rosa – dijo con emoción – Martín siempre estaría presente en estos momentos importantes de nuestra familia. Sé que él también estaría muy feliz por Valentina y por Isabel”.
“He traído esto para ti – dijo doña Rosa, sacando una pequeña caja de madera de su bolso – es el reloj de bolsillo que perteneció a mi padre, y que Martín siempre llevaba consigo. Quiero que lo tengas como recuerdo de él, y que algún día se lo puedas pasar a Isabel si así lo deseas. Martín siempre dijo que tú eras la única persona que realmente merecía tenerlo”.




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