La Última Llama de Ardent

Capítulo 1: La noche en que el Abismo despertó

Capítulo 1: La noche en que el Abismo despertó

El pueblo de Ardent no aparecía en ningún mapa importante.

No porque fuera pequeño, sino porque nadie importante se había molestado en recordarlo. Rodeado por kilómetros de arena y roca, era uno de los últimos asentamientos antes de las tierras donde los demonios caminaban libremente. Para los viajeros, Ardent era solo una mancha en el camino. Para quienes vivían allí, era el único hogar que conocían.

Durante el día, el pueblo bullía con vida. Los herreros golpeaban el metal desde el amanecer. Los comerciantes discutían precios con voces roncas. Los niños corrían por las calles de tierra sin preocuparse por nada más que el siguiente juego. El olor a pan recién horneado se mezclaba con el del cuero y la madera.

Pero todos conocían la regla.

Cuando el sol desaparecía tras las montañas, nadie debía estar fuera.

Las vallas de madera, altas y afiladas en la punta, rodeaban todo el perímetro del pueblo. Cada noche, los hombres se turnaban para vigilar. No era un trabajo fácil, pero lo hacían sin quejarse. Porque sabían lo que acechaba más allá.

—Cuidado con esas espinas, Elia. Las de color rojo son las que sirven, las blancas son venenosas.

Elia asintió mientras arrancaba con cuidado las hierbas del suelo. Era una joven de diecisiete años, de cabello rojo como el atardecer y ojos color avellana que brillaban con calidez. Su rostro era bonito, de rasgos suaves y una expresión amable que invitaba a la confianza. Llevaba un vestido simple de tela beige, desgastado por el uso pero limpio, y sus manos ya mostraban pequeñas callosidades por el trabajo diario. La señora Mira, la anciana curandera del pueblo, estaba arrodillada a su lado, revisando cada planta con ojos expertos. El sol aún estaba alto, pero comenzaba a inclinarse hacia el oeste.

—Ya sé, señora Mira. Me lo ha dicho cien veces.

—Y te lo diré otras cien. Una curandera debe tener memoria, no solo manos hábiles.

Elia sonrió. Le gustaba la señora Mira. Siempre estaba regañando a alguien, pero lo hacía con cariño. Y siempre guardaba algún caramelo para los niños.

Mientras llenaban la cesta, la señora Mira la miró de reojo con una sonrisa pícara.

—Oye, Elia... ¿no te he visto hablando con el hijo del herrero estos días?

Elia frunció el ceño.

—¿Darian? Hablo con él porque es el vecino, señora Mira. No hay nada más.

—¿Ah, no? —la anciana rió entre dientes—. Pues yo lo veo mirarte bastante. Y no es el único. El joven Aldric también te sigue con la mirada cuando pasas por la plaza.

Elia sintió que sus mejillas se calentaban ligeramente.

—No me interesa ninguno. Ahora no. Tal vez nunca. Estoy bien así.

—Eres joven, Elia. No tienes por qué apresurarte. Pero no está mal que sepas que hay quien te mira con buenos ojos. Con esa carita y esa dulzura que tienes, no me extraña que los chicos anden detrás de ti.

—Señora Mira...

—Está bien, está bien. No te voy a molestar más. Pero piensa en lo que te digo.

Elia negó con la cabeza, pero no pudo evitar una pequeña sonrisa. La señora Mira siempre encontraba la manera de hacerla sentir incómoda y querida al mismo tiempo.

—Bueno, ya tenemos suficiente —dijo la anciana levantándose con dificultad—. Llévale esto a tu madre, que seguro le sirve para los dolores de espalda.

—Así lo haré.

Se despidieron con un abrazo y Elia tomó el camino de regreso a su casa. El pueblo estaba tranquilo en esa hora. Algunos vecinos la saludaron al pasar, otros estaban ocupados cerrando sus puestos. Ardent era pequeño, pero tenía su propio ritmo. Un ritmo que Elia conocía de memoria.

Cuando llegó a su casa, empujó la puerta de madera y el aroma a guiso la envolvió de inmediato.

—¡Ya estoy aquí! —anunció.

Y lo que vio la hizo sonreír.

Su padre, Harold, estaba frente al fogón, con un delantal mal atado y una cuchara en la mano. Revolvía la olla con una concentración que solo se veía cuando trabajaba en la herrería. Su madre, Lina, estaba a su lado, riéndose mientras intentaba quitarle la cuchara.

—Harold, déjame a mí. No sabes poner la sal.

—Claro que sé. Yo cocinaba antes de conocerte.

—Y por eso casi quemas la cocina.

Elia soltó una risa ligera. Sus padres siempre discutían así, con cariño, como si cada palabra fuera una broma compartida.

—¿Necesitan ayuda? —ofreció, dejando la cesta sobre la mesa.

—Siéntate, hija —dijo su madre—. Tu padre está a punto de terminar. No sé si comestible, pero terminar.

—Más respeto a mi guiso —gruñó Harold, pero sonreía.

Elia se sentó y observó la escena. Su padre, grande y de hombros anchos, con el pelo rojo salpicado de canas. Su madre, menuda y de ojos verdes, siempre tejiendo o cosiendo algo. La casa era pequeña, pero cálida. Las paredes de madera guardaban años de risas y conversaciones.

Pocos minutos después, Kael entró corriendo por la puerta, con la ropa llena de tierra y una sonrisa enorme.

—¡Huelo a guiso! —gritó—. ¡Tengo hambre!

—Lávate las manos antes de sentarte —dijo Lina, señalando el cuenco de agua.

Los cuatro se sentaron alrededor de la mesa. Harold sirvió el guiso en los platos humeantes. Mientras comían, la conversación fluyó natural, como siempre.

—¿Cómo estuvo la señora Mira? —preguntó Lina.

—Bien. Siempre igual. Me preguntó por Darian.

—¿Por Darian? —Harold levantó una ceja—. ¿El hijo de mi amigo?

—No es nada, papá. Solo está bromeando.

—Hum. Darian es buen chico, pero si te molesta, le digo que se aleje.

—¡Papá! —Elia lo miró con exasperación—. No molesta. Solo es un vecino.

Harold soltó una risa profunda.

—Está bien, está bien. Solo cuida tus pasos, hija. Tienes tiempo para todo.

Elia asintió, aunque su mente ya estaba en otra cosa. En realidad, Darian no le interesaba. Ni Aldric, ni ningún otro. Solo quería que su familia estuviera bien.



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En el texto hay: demonios, aventura, fantasia oscura

Editado: 06.08.2026

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