La noche cayó sobre Ardent. Las antorchas de la muralla se encendieron como pequeños soles en la oscuridad. Elia ayudó a su madre a guardar las sobras de la cena, mientras Kael, agotado por la emoción, se dormía en su litera.
—Mamá —dijo Elia, preparando un paquete con la cena de su padre—. Debería llevarle esto a papá. Estará toda la noche despierto y seguro tiene hambre.
Lina la miró con duda.
—Está oscuro, hija. El camino no es largo, pero...
—Solo veinte minutos. Y conozco el camino de memoria. Además —sonrió—, podré decirle lo de Kael en persona. Ver su cara cuando se entere.
Lina dudó un momento más, pero luego suspiró y asintió. Preparó el paquete con pan y carne, lo envolvió en un paño limpio y se lo entregó a Elia.
—Ve con cuidado. No te entretengas. Y si ves algo raro, regresa de inmediato.
—Así lo haré.
Elia salió de la casa y sintió el frío de la noche en sus mejillas. Las calles de Ardent estaban vacías. Todas las puertas estaban cerradas. El único sonido era el crujido de la madera y el viento. La luz de la luna apenas iluminaba el camino, pero Elia lo conocía tan bien que no necesitaba más.
Caminó durante veinte minutos, la cena de su padre en sus manos, pensando en la cara de Harold cuando le dijera lo de Kael. Iba a estar tan orgulloso. Tal vez lloraría. Su padre no era de demostrar mucho sus emociones, pero Elia sabía que sentía un orgullo profundo por sus hijos.
Pero algo estaba mal.
Elia lo sintió antes de verlo. Una presión en el pecho. Como si el aire se hubiera vuelto más pesado. Como si alguien estuviera observándola desde la oscuridad.
Se detuvo.
Escuchó.
Silencio.
Demasiado silencio. Ni siquiera los grillos cantaban.
Siguió caminando, más rápido ahora. Cuando se acercaba a las grandes vallas de madera, notó algo extraño.
En el suelo, cerca de la muralla, había varios cuerpos.
No de personas.
De animales.
Conejos. Zorros. Pájaros.
Todos muertos.
No tenían heridas. No tenían sangre. Solo estaban... muertos. Como si hubieran caído al suelo y dejado de respirar.
El corazón de Elia comenzó a latir con fuerza.
Entonces escuchó las campanas.
Doon... doon... doon...
Eran las campanas de la torre de vigilancia.
Pero no eran las campanas que se tocaban para anunciar el cambio de guardia. No eran las campanas que se tocaban para marcar la hora.
Eran las campanas de alerta.
Elia había escuchado ese sonido solo una vez en toda su vida, cuando era muy pequeña. Su padre le había contado que hacía años, antes de que ella naciera, hubo un ataque grande. No muchos demonios, pero suficientes para que los guardias tocaran las campanas.
Desde entonces, nunca más las habían tocado.
Hasta ahora.
Elia sintió que la sangre se le helaba. Las campanas seguían sonando, insistentes, cada vez más fuertes.
Y entonces, el miedo.
Un miedo que no era suyo.
Que venía de fuera.
De la oscuridad más allá de las vallas.
Elia sintió que sus piernas se debilitaban. No era solo el miedo a lo desconocido. Era algo más. Algo que presionaba su mente, que le decía que debía huir, que debía esconderse.
Y en ese momento, los demonios aparecieron.
Pero no atacaban.
Huyendo.
Pequeños demonios, de los que siempre llegaban, corrían desde el bosque hacia las vallas. Pero no con intención de atacar. Huían. Sus cuerpos temblaban, sus ojos estaban llenos de terror.
No era un ataque.
Era una estampida.
Y en sus caras, Elia vio algo que nunca había visto en un demonio.
Miedo.
No tenían miedo de los humanos. Tenían miedo de lo que venía detrás de ellos.
Elia se quedó paralizada, observando cómo los demonios trepaban las vallas como si no importaran, como si cualquier cosa fuera mejor que quedarse al otro lado.
Y entonces, los gritos.
No de los demonios.
De los vigilantes.
Elia corrió. No pensó. No razonó. Solo corrió, sus pies golpeando la tierra seca, su respiración acelerada. La cena de su padre cayó al suelo sin que ella lo notara.
Cuando llegó a la muralla, el escenario que encontró la hizo detenerse en seco.
Darian, su vecino, corría hacia ella con el rostro ensangrentado. Un brazo colgaba inerte a su lado, y en su pecho había una herida abierta que sangraba sin control. Su expresión era de puro terror.
—¡Elia! —gritó al verla—. ¡Elia, debes volver a tu casa! ¡Ahora! ¡Tienes que irte del pueblo!
Elia lo agarró por los hombros, ignorando la sangre que manchaba su ropa.
—¿Mi papá? ¿Dónde está mi papá? —preguntó, su voz quebrada.
—No hay tiempo, Elia. Debes huir. Esto no es como siempre. Hay demasiados. ¡Demasiados!
—¡DIME DÓNDE ESTÁ MI PADRE!
Darian no respondió. Solo la agarró con su mano buena y trató de arrastrarla.
—¡VAMOS! —gritó.
Elia se soltó. No pensó. No podía pensar. Solo sabía que su padre estaba allí, al otro lado de esas vallas, y ella tenía que encontrarlo.
Cuando llegó a las vallas, su mente se negó a procesar lo que veía.
Demonios.
Cientos de demonios.
No los pequeños y torpes que huían. Estos eran grandes. Sus cuerpos retorcidos brillaban bajo la luz de las antorchas y el fuego. Tenían garras largas, colmillos afilados, ojos que ardían con un brillo maligno. Algunos eran como bestias, otros tenían formas humanoides deformes.
Y estaban matando.
Despedazando.
Pero lo peor no era eso.
Lo peor era que los demonios más grandes, los más poderosos, no miraban a los humanos.
Miraban hacia atrás.
Hacia la oscuridad.
Hacia el este.
Como si esperaran algo.
Como si supieran que lo que venía era peor que ellos.
Elia vio al viejo herrero caer, su cuerpo partido en dos. Vio a un vigilante que conocía desde niña ser alzado por un demonio y destrozado como si fuera un muñeco de trapo. Los gritos eran desgarradores. No eran gritos de dolor. Eran gritos de pura desesperación.