El dolor fue lo primero que llegó.
No un dolor agudo. No el ardor de su brazo, ni las costillas rotas, ni las heridas que cubrían su cuerpo. Era un dolor profundo, sordo, que venía desde dentro. Como si alguien hubiera cavado un agujero en su pecho y lo hubiera llenado con piedras.
Después llegó el frío.
Y luego, las voces.
—...está viva. ¡Aquí hay una!
—¡Rápido, traigan una camilla!
—Cuidado con las ramas, no la lastimen más.
Elia abrió los ojos.
La luz del sol le golpeó el rostro y parpadeó, confundida. Todo era borroso. Su mente se negaba a procesar lo que veía. Solo sentía el peso de su cuerpo, la tierra bajo su espalda, y algo caliente que corría por su costado.
Sangre.
Recordó.
El pueblo. Los demonios. Su padre. Su madre.
Kael.
—¡Despertó! —dijo una voz cerca de ella—. Oye, ¿puedes oírme?
Elia giró la cabeza lentamente. Un hombre se inclinaba sobre ella. Llevaba una armadura de cuero y metal, con un símbolo que no reconocía grabado en el pecho. Su rostro estaba sucio de hollín y cansancio, pero sus ojos mostraban alivio.
—¿Me oyes? —repitió—. ¿Cómo te llamas?
Elia abrió la boca, pero ninguna palabra salió. Su garganta estaba seca, áspera, como si hubiera tragado arena.
El soldado la tomó con cuidado por los hombros y la ayudó a sentarse. Elia gimió al sentir el dolor en las costillas. Miró hacia abajo y vio su brazo izquierdo.
O más bien, lo que quedaba de él.
El muñón estaba vendado con un paño sucio, manchado de sangre seca y fresca. Alguien había hecho un torniquete improvisado con una tira de tela. Probablemente ella misma, en algún momento que no recordaba.
—Tranquila —dijo el soldado, notando su mirada—. Ya estás a salvo. Los curanderos te atenderán pronto.
Elia levantó la vista y miró a su alrededor.
Y el mundo se detuvo.
Ardent ya no existía.
Donde antes había casas de madera, ahora solo quedaban cenizas y escombros humeantes. Las calles de tierra estaban manchadas de negro y rojo. Los cuerpos de los demonios yacían esparcidos, atravesados por lanzas y espadas. Pero también había cuerpos humanos. Demasiados.
Y soldados.
Docenas de soldados.
Corrían entre las ruinas, revisando cada rincón. Unos llevaban armaduras brillantes, otros armaduras más simples. Caballeros con capas ondeando al viento. Escuderos cargando agua y vendas. Todos llevaban el mismo símbolo en el pecho: un escudo con una llama dorada.
El pueblo estaba lleno de ellos.
—¿Qué... qué pasó? —susurró Elia, su voz apenas un hilo.
El soldado la ayudó a ponerse de pie. Sus piernas temblaban. Su visión se nubló por un momento.
—Llegamos anoche —dijo él, con un tono cansado—. Los exploradores vieron las señales de humo desde la torre de vigilancia. Cuando llegamos, los demonios ya se estaban retirando. Pero el daño ya estaba hecho.
Elia sintió que las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos.
—Mi familia... —dijo, su voz quebrada—. Mi padre... mi madre...
El soldado la miró con compasión. No dijo nada. No hacía falta.
—Vamos —dijo en cambio, tomándola suavemente del brazo bueno—. Te llevaré a la carpa de los curanderos. Necesitas atención.
Caminaron entre los escombros. Elia veía todo sin ver nada. Las caras de los soldados, las órdenes que gritaban, los cuerpos que cubrían con mantas. Todo era un borrón.
—¡Busquen en el lado este! —gritó un capitán—. ¡Puede haber más atrapados bajo los escombros!
—¡Aquí hay uno! ¡Está vivo! —respondió otro.
Elia sintió un destello de esperanza.
—Mi hermano —dijo, apretando el brazo del soldado—. Mi hermano Kael. Tiene siete años. Pelo rojo, como el mío. ¿Lo han visto? ¿Está entre los sobrevivientes?
El soldado se detuvo. La miró con una expresión que Elia no pudo descifrar.
—No lo sé —dijo finalmente—. Cuando llegamos, solo encontramos a unos pocos con vida. La mayoría estaban... —se detuvo, tragando saliva—. La mayoría ya no estaban.
—¡Pero él está vivo! —insistió Elia, su voz elevándose—. Mi madre me dijo que se lo llevaron. Los demonios se lo llevaron hacia el este. ¡Tienen que buscarlo!
El soldado no respondió. Solo la guió con suavidad hacia una carpa blanca que se alzaba en un claro cercano.
Cuando entraron, el olor a sangre y hierbas medicinales golpeó a Elia con fuerza. La carpa era enorme, con varias camas dispuestas en fila. En cada una había alguien herido. Algunos gemían de dolor. Otros estaban en silencio, demasiado débiles para hacer ruido.
Y todos estaban cubiertos de rojo.
No era el color de la tela. Era el color de la sangre.
Personas vestidas con túnicas rojas se movían entre las camas con urgencia. Algunas tenían símbolos grabados en sus frentes. Curanderos. Sanadores. La gente de la ciudad de Rimel que podía usar magia para curar.
Elia sintió un nudo en la garganta al ver a los heridos.
Un hombre con una pierna arrancada, su muñón envuelto en vendas empapadas. Una mujer con la mitad del rostro desgarrado, que sollozaba sin parar. Un niño, apenas más pequeño que Kael, con los brazos llenos de cortes profundos.
Eran los sobrevivientes.
Los pocos que habían logrado escapar.
Una de las personas de rojo, una mujer de cabello oscuro recogido en un moño, se acercó rápidamente al verla.
—Tienes una hemorragia grave —dijo, examinando el muñón de su brazo—. Siéntate aquí, rápido.
La hizo sentarse en una cama vacía. Elia obedeció sin pensar. Su cuerpo se movía solo, mientras su mente seguía atrapada en otro lugar.
—Mi hermano —dijo, su voz temblorosa—. Tienen que buscar a mi hermano. Se lo llevaron los demonios. Hacia el este.
La curandera no le prestó atención. Estaba demasiado ocupada revisando su brazo, quitando el paño sucio, examinando el tejido desgarrado.
—Perdiste mucha sangre —dijo, su tono profesional—. Es un milagro que estés viva. Necesito limpiar la herida y cauterizarla. Va a doler.