Elia se quedó sentada en la cama, mirando la entrada de la carpa por donde Seraphina había salido. El silencio que había dejado no era vacío. Era un silencio lleno de posibilidades.
Pero también de dudas.
¿Realmente podría encontrar a Kael? ¿Podría enfrentarse a los demonios que habían destruido su pueblo? ¿Podría hacer algo con un solo brazo y sin magia?
Apretó el puño derecho con fuerza.
—No importa —susurró para sí misma—. Lo encontraré. Cueste lo que cueste.
No había pasado mucho tiempo cuando la tela de la carpa se movió de nuevo. Seraphina regresó, esta vez sin su lanza dorada en la espalda. Se sentó frente a Elia con una expresión seria.
—He estado pensando en lo que dijiste —comenzó Seraphina—. Sobre tu hermano. Sobre los demonios. Sobre lo que viste.
Elia la miró con atención.
—¿Y?
—Tienes razón en una cosa —dijo Seraphina—. Los demonios que atacaron no eran normales. Y si se llevaron a tu hermano hacia el Abismo, significa que hay algo más grande ocurriendo. Algo que no entendemos.
Elia sintió una chispa de esperanza.
—Entonces... ¿me ayudarás?
Seraphina la miró fijamente a los ojos.
—Antes de responder, quiero preguntarte algo —dijo—. Y quiero que seas honesta conmigo.
—Lo seré.
—¿Sientes odio? —preguntó Seraphina—. ¿Sientes odio hacia los demonios que destruyeron tu hogar? ¿Hacia los que mataron a tu familia?
Elia sintió que algo se encendía dentro de ella. No era fuego. Era algo más oscuro. Más profundo.
—Sí —respondió, su voz firme pero temblorosa—. Los odio. Odio cada uno de ellos. Odio lo que hicieron. Odio que mi madre muriera. Odio que mi padre muriera luchando. Odio que mi hermano haya sido arrancado de su cama. Y odio no haber podido hacer nada para detenerlo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero también de algo más.
Ira.
Una ira fría y ardiente al mismo tiempo.
—Quiero vengarme —continuó Elia, su voz elevándose—. Quiero encontrarlos. Quiero hacerles pagar por lo que hicieron. Quiero que sufran como yo sufrí. Quiero... quiero...
—Quieres matarlos —terminó Seraphina por ella, sin inmutarse.
Elia la miró a los ojos.
—Sí —dijo—. Quiero matarlos a todos.
Seraphina guardó silencio por un momento. Luego, lentamente, habló.
—El odio es una llama —dijo—. Puede darte calor... o consumirte por completo.
Elia frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—He visto a muchos guerreros dejarse dominar por el odio —explicó Seraphina—. Al principio les daba fuerza. Los impulsaba a entrenar, a mejorar, a volverse más fuertes. Pero con el tiempo, el odio los devoraba. Se volvían imprudentes. Tomaban decisiones estúpidas. Y terminaban muertos.
—Yo no soy así —dijo Elia, con firmeza.
—Ahora no —respondió Seraphina—. Pero el odio es insidioso. Crece lentamente. Y cuando te das cuenta, ya es demasiado tarde.
Se inclinó hacia adelante, sus ojos de acero perforando a Elia.
—Si vas a usar el odio como arma, debes controlarlo tú. No dejar que él te controle a ti. ¿Entiendes?
Elia asintió lentamente.
—Lo entiendo.
Seraphina la estudió un momento más. Luego, su expresión se suavizó ligeramente.
—Quieres venir conmigo a Rimel —dijo. No era una pregunta.
—Sí.
—¿Crees que entrenar basta para entrar en mi batallón?
Elia dudó.
—No lo sé.
—No —dijo Seraphina, negando con la cabeza—. No basta. Mi batallón no es un refugio para huérfanos. Es una unidad de élite. Si entras, será porque has demostrado que mereces estar allí.
—Entonces... ¿por qué deberías llevarme?
Seraphina la miró en silencio. Luego, su voz se volvió más suave.
—Porque si te dejo aquí, morirás —dijo—. No tienes familia. No tienes hogar. No tienes nada. Y en este mundo, alguien sin nada no dura mucho.
Elia sintió un nudo en la garganta.
—No te estoy llevando porque crea que serás fuerte —continuó Seraphina—. Te llevo porque, si te dejo aquí, los demonios te encontrarán tarde o temprano. O el hambre. O la desesperación.
Se levantó y miró a Elia desde arriba.
—Si sobrevives al entrenamiento... entonces hablaremos.
Elia apretó el puño derecho.
—Sobreviviré.
Seraphina sonrió. Una sonrisa pequeña, apenas un gesto.
—Veremos —dijo—. Descansa. En unas horas partiremos hacia Rimel. El viaje será largo.
Y sin decir más, salió de la carpa.
Elia se quedó allí, mirando el lugar donde Seraphina había estado.
Iba a entrenar. Iba a hacerse más fuerte. Iba a encontrar a Kael.
Y esta vez, no iba a fallar.
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Mientras Elia descansaba en la carpa, a cientos de kilómetros de distancia, en una sala de reuniones de la ciudad de Rimel, una mesa enorme de madera oscura ocupaba el centro de la estancia.
Era una mesa larga, tan pulida que reflejaba la luz de las velas como un espejo. A su alrededor, nueve sillas estaban ocupadas. La décima, vacía.
En las paredes, funcionarios con ropas formales permanecían de pie, en silencio. Dos sacerdotes con túnicas blancas y doradas se alzaban al frente de la mesa.
—Agradecemos a todos por haber acudido —dijo el sacerdote más anciano, Aldric—. Lamento que Seraphina no pueda estar presente. Se encuentra en un asentamiento fronterizo atacado anoche.
—¿Ardent? —preguntó el de la silla nueve.
—Sí —respondió Aldric—. Arrasado. Hay pocos sobrevivientes.
—Ese pueblo no tiene nada de valor —dijo el hombre de la armadura con cabezas de dragón—. ¿Por qué atacarlo?
—Exactamente —respondió Aldric—. Eso es lo que nos preocupa.
Las miradas se volvieron más serias.
La primera silla estaba ocupada por un anciano de pelo blanco y ropa simple. Su espalda estaba encorvada, pero sus ojos brillaban con inteligencia. A su lado, una mujer de pelo azul y túnica negra jugaba con su sombrero puntiagudo. La tercera silla era de un joven de ropa elegante y manos callosas: un noble que también sabía matar.