La Última Llama de Ardent

Capítulo 5: Las puertas de Rimel

Elia no había podido dormir.

No por el dolor de su brazo, aunque seguía latiendo con un ardor sordo. No por la incomodidad de la cama de la carpa, aunque era dura y fría. Era por los pensamientos. Las imágenes que no se iban.

Su padre cayendo. Su madre en el suelo. Los ojos de Kael, llenos de miedo, desapareciendo en la oscuridad.

Cada vez que cerraba los ojos, los veía.

Así que cuando la tela de la carpa se movió y la silueta de Seraphina apareció contra la luz de la luna, Elia ya estaba despierta.

—Es hora —dijo Seraphina, su voz baja pero firme.

Elia asintió y se levantó. Su cuerpo protestó. Las costillas rotas aún dolían. El muñón de su brazo izquierdo, vendado y tratado, seguía siendo una ausencia que no podía ignorar. Pero se levantó.

—No hay mucho que llevar —dijo, con una voz que intentaba sonar firme.

Seraphina la miró un momento. No dijo nada, pero sus ojos de acero se suavizaron ligeramente.

—Sígueme.

Salieron de la carpa. La noche era fría, y el cielo estaba salpicado de estrellas. El pueblo de Ardent, o lo que quedaba de él, yacía en silencio. Las hogueras de los soldados parpadeaban en la distancia. Algunos cuerpos seguían siendo cubiertos con mantas. Otros ya habían sido retirados.

Elia no miró atrás.

No podía permitírselo.

Seraphina la llevó hacia una hilera de carruajes y carros de carga. Había varios, algunos grandes y cerrados, otros abiertos, llenos de suministros. Junto a ellos, soldados y caballeros se movían con eficiencia, preparando la partida.

—Tú irás en ese —dijo Seraphina, señalando un carro de carga grande, cubierto con una lona—. Es para los que no pueden montar a caballo.

Elia miró el carro. Había varias personas dentro. Algunas estaban vendadas como ella. Otras parecían ilesas, pero tenían la mirada perdida. Sobrevivientes de Ardent.

—¿Y tú? —preguntó Elia.

—Yo iré en mi carruaje —respondió Seraphina, señalando un vehículo más pequeño y elegante, tirado por dos caballos negros—. Tengo asuntos que atender durante el viaje.

Elia asintió. No esperaba más.

Seraphina la miró un momento más.

—Sobrevive al viaje —dijo—. Luego hablaremos.

Y se fue.

Elia subió al carro. El interior era incómodo, con bancos de madera dura y poco espacio. Pero había mantas, y el techo de lona la protegía del frío. Se sentó junto a una mujer mayor que lloraba en silencio. No dijo nada. No había palabras para eso.

El carro se puso en movimiento.

---

El viaje duró dos días.

El primer día transcurrió en silencio. El carro se movía sin parar, sacudiéndose en los caminos de tierra. A veces se detenían para descansar. A veces los soldados intercambiaban caballos. Pero siempre seguían adelante.

Elia observaba a los demás ocupantes del carro. La mayoría eran sobrevivientes de Ardent. Gente que había perdido todo. Algunos lloraban. Otros estaban en silencio, como si ya no tuvieran fuerzas para sentir nada.

Pero al amanecer del segundo día, todo cambió.

Un grito desgarró el aire.

—¡Demonio!

El carro se detuvo bruscamente. Elia sintió cómo su cuerpo se lanzaba hacia adelante, golpeando el banco de madera. Los demás ocupantes chillaron. Algunos intentaron esconderse bajo las mantas.

Por la abertura de la lona, Elia vio a un demonio.

Era pequeño, apenas del tamaño de un perro grande. Su piel era gris y rugosa, y sus garras parecían más afiladas de lo que deberían. No era como los enormes monstruos que habían atacado Ardent. Era un demonio menor, de los que se encontraban en los caminos. Pero seguía siendo un demonio.

Y había saltado sobre uno de los soldados.

El hombre cayó al suelo, gritando. El demonio hincó sus garras en su brazo. La sangre brotó en chorros.

—¡Ayuda! —gritó el soldado.

Los demás soldados reaccionaron rápido. Dos de ellos desenvainaron sus espadas y corrieron hacia el demonio. Pero el ataque fue tan rápido que Elia apenas pudo verlo.

—¡Espera! —gritó una voz desde el carro.

Era la mujer mayor que lloraba. Ahora señalaba hacia el suelo, donde otro sobreviviente —un hombre joven con una venda en la cabeza— se había desplomado. Su rostro estaba pálido, y la herida en su pecho, que parecía estar curada, había comenzado a sangrar de nuevo.

—¡Se está desangrando! —gritó ella.

Elia actuó sin pensar.

Se levantó, ignorando el dolor en las costillas. Se arrodilló junto al hombre y presionó su mano derecha sobre la herida, tratando de detener la sangre. El hombre gimió, pero no abrió los ojos.

—¡Necesito vendas! —gritó Elia.

Alguien le lanzó un paño limpio. Lo tomó y lo presionó contra la herida. La sangre empapó la tela rápidamente.

—¡Aguanta! —dijo, aunque sabía que probablemente no la escuchaba.

Afuera, los soldados habían logrado acabar con el demonio. Pero cuando subieron al carro para revisar los daños, sus rostros se oscurecieron.

—Está muerto —dijo uno de ellos, mirando al hombre que Elia había intentado salvar—. Perdió demasiada sangre.

Elia sintió que sus manos temblaban. Había sangre en sus dedos. Sangre que no había podido detener.

—Hice lo que pude —dijo, con voz quebrada.

El soldado la miró con una mezcla de sorpresa y respeto.

—Lo sé —dijo—. Hiciste bien.

El carro reanudó la marcha. Pero esta vez, Elia no podía apartar la vista del cuerpo del hombre. Había muerto tratando de escapar de Ardent, solo para morir en el camino.

Era la primera vez que veía a alguien morir después de la masacre.

Sabía que no sería la última.

---

El carro continuó su viaje. El paisaje cambió. Dejaron atrás las colinas verdes y se acercaron a las afueras de Rimel.

Pero antes de llegar a las grandes murallas, Elia notó algo que no esperaba.

La ciudad no era solo riqueza y orden.

A ambos lados del camino, antes de la puerta principal, había barrios humildes. Casas de madera y paja, apretadas unas contra otras. Gente con ropa andrajosa se movía entre ellas, algunos con rostros cansados, otros con miradas vacías. Niños descalzos corrían entre los escombros. Una mujer cargaba un cántaro de agua que parecía demasiado pesado para ella.



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En el texto hay: demonios, aventura, fantasia oscura

Editado: 26.08.2026

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