La Última Llama de Ardent

Capítulo 6: un nuevo hogar

Elia salió de la mansión de piedra blanca con el corazón latiendo con fuerza.

Las palabras de Seraphina aún resonaban en sus oídos: "Mañana, al amanecer, comenzará el entrenamiento. Y no me importa si eres una huérfana, una noble o una leyenda. Si no soportas el primer día... abandonarás mi batallón."

No pensaba abandonar.

Pero por ahora, necesitaba descansar. Su cuerpo aún dolía por las heridas. El muñón de su brazo izquierdo seguía latiendo con un ardor sordo. Y el viaje de dos días, con el ataque del demonio y la muerte del hombre que intentó salvar, la había dejado agotada.

Un soldado la esperaba al pie de las escaleras. Era un hombre joven, con el rostro amable y una armadura ligera.

—Te llevaré a tu nueva casa —dijo—. Sígueme.

Caminaron entre los campos de entrenamiento. Elia vio a los jóvenes que seguían practicando, sus rostros llenos de sudor y determinación. Algunos la miraron con curiosidad. Otros estaban demasiado concentrados en sus ejercicios para notarla.

El soldado la llevó hasta una hilera de pequeñas casas de madera. Eran simples, con paredes de tablones y techos de paja. Pero parecían sólidas y bien cuidadas.

—Esta es la tuya —dijo el soldado, señalando una de las casas—. Número siete. Tus compañeras de cuarto están entrenando ahora, así que tendrás la casa para ti sola hasta la hora del almuerzo.

—¿Y el almuerzo? —preguntó Elia.

—En una hora, todos van al comedor. Tus compañeras te guiarán. Mientras tanto, acomódate y descansa.

El soldado se fue, dejándola sola frente a la puerta.

Elia empujó la puerta de madera y entró.

El interior era pequeño pero acogedor. Había una ventana que dejaba entrar la luz del sol, iluminando el espacio. Cuatro camas estaban distribuidas en dos literas: dos en el lado derecho, una arriba y una abajo; dos en el lado izquierdo, también una arriba y una abajo. Cada cama tenía un colchón delgado, una manta y una almohada.

Elia observó las camas con atención. No quería escoger la equivocada y provocar conflictos con sus nuevas compañeras. En Ardent, la gente se conocía desde niños. Aquí, todo era nuevo. No sabía quiénes eran ni cómo reaccionarían.

Así que se quedó de pie, esperando.

No se sentó en ninguna cama. No tocó nada. Solo esperó, con su único brazo colgando a su lado, observando el pequeño espacio que sería su hogar a partir de ahora.

Aunque sentía odio hacia los demonios. Aunque quería vengarse. Aunque había visto cosas que la habían cambiado para siempre.

Seguía siendo ella.

Seguía siendo la chica que ayudaba a la señora Mira a recoger hierbas. La que limpiaba la barbilla de su hermano cuando comía demasiado rápido. La que sonreía a los vecinos cuando pasaba por la calle.

Esa era Elia. Y no iba a dejar que el odio la consumiera.

No si podía evitarlo.

Esperó allí, de pie, durante un tiempo que le pareció eterno. Finalmente, escuchó voces afuera. Risas. Pasos que se acercaban.

La puerta se abrió.

Tres chicas entraron, todas sudadas y con la ropa de entrenamiento empapada. Pero a pesar del cansancio, sus rostros eran sonrientes.

La primera era alta y esbelta, con el cabello rubio largo recogido en una cola de caballo. Su piel era pálida, casi blanca, y sus ojos azules brillaban con energía. A pesar de la ropa holgada de entrenamiento, se notaba que tenía una figura delicada. Caminaba con una tranquilidad que transmitía seguridad, como si siempre tuviera todo bajo control.

La segunda era prácticamente idéntica. Mismo cabello rubio largo, misma piel pálida, mismos ojos azules. Solo se diferenciaban en pequeños detalles: una tenía una pequeña cicatriz en la ceja derecha, la otra no. Pero su energía era completamente distinta. Entró saltando, casi chocando con la puerta, y soltó una risa que llenó toda la habitación.

Y luego, la tercera. Esta era completamente diferente. Su cabello era negro, corto y despeinado, con algunos mechones pegados a la frente por el sudor. Su piel era más morena, y sus ojos, de un verde intenso, miraban con curiosidad. Era igualmente hermosa, pero de una manera más salvaje, más libre. Caminaba con pasos firmes y seguros, como si nada pudiera detenerla.

Las tres se detuvieron al ver a Elia.

—Oh —dijo la rubia tranquila, inclinando la cabeza con curiosidad—. ¿Eres la nueva?

Elia asintió. Se enderezó lo mejor que pudo y habló con voz firme.

—Sí. Soy Elia. Soy su nueva compañera de cuarto a partir de ahora.

Las tres intercambiaron miradas. Luego, la rubia tranquila sonrió ampliamente.

—¡Bienvenida! —dijo—. Me encanta tu cabello. Es rojo como el fuego. Nunca había visto un color así.

La otra rubia, la más impulsiva, se acercó rápidamente para mirarla mejor.

—Es hermoso. ¿De dónde eres?

—De Ardent —respondió Elia—. Un pueblo al este.

—¿Ardent? —dijo la chica de cabello negro, con una expresión seria—. ¿Ese no fue el pueblo que atacaron los demonios?

Elia sintió que el aire se le escapaba.

—Sí —dijo, con voz baja.

Las tres se quedaron en silencio. Luego, la de cabello negro señaló su brazo izquierdo, o más bien, lo que faltaba de él.

—Por eso te falta el brazo —dijo—. Lo perdiste en el ataque.

Elia asintió, sin palabras.

La rubia tranquila, la que parecía más madura, se acercó y puso una mano suave sobre el hombro de Elia.

—Lo siento mucho —dijo, con una voz suave y calmada—. No sabíamos.

—No pasa nada —respondió Elia, con una voz que intentaba sonar firme—. Estoy aquí ahora. Eso es lo que importa.

La chica de cabello negro asintió, con una expresión seria y directa.

—Tienes razón. Estás aquí. Y vas a estar bien. No es el fin del mundo, solo el comienzo de algo nuevo.

Señaló la cama de abajo en el lado izquierdo.

—Esa es tu cama. La de arriba es mía. Así que estás debajo de mí. Y no te preocupes, no ronco.

La rubia impulsiva soltó una risa.



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En el texto hay: demonios, aventura, fantasia oscura

Editado: 26.08.2026

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