Después del almuerzo, Elia sintió que el cansancio la envolvía como una manta pesada.
—Vamos a descansar un poco antes de que nos llamen —dijo Lila, notando su mirada vacía—. El entrenamiento de la tarde es más duro. Necesitas fuerzas.
Elia asintió y las cuatro regresaron a la pequeña casa de madera. Las hermanas rubias se dejaron caer en sus camas con un suspiro colectivo. Kira se sentó en el borde de su litera, estirando los brazos por encima de la cabeza.
—Siéntate, Elia —dijo Maya, desde su cama—. Relájate un poco. No sabes lo que te espera esta tarde.
—¿Qué me espera? —preguntó Elia, sentándose en el borde de su cama.
—Entrenamiento de combate —respondió Kira, con una sonrisa que mostraba los dientes—. Los instructores suelen poner a los reclutas a pelear entre ellos. Con espadas de madera, claro. Pero a veces se ponen intensos.
—¿Pelear? —Elia sintió un nudo en el estómago—. ¿Y yo?
—Tú no —dijo Lila, con su voz tranquila—. Aún no estás lista. Primero tienes que curarte y después empezarás con lo básico. Pero puedes mirar. Es bueno aprender viendo a los demás.
Elia asintió, aunque no estaba segura de querer ver a nadie pelear. Las imágenes de la noche en Ardent aún estaban frescas en su mente. Pero sabía que tenía que aprender. Tenía que prepararse para lo que vendría.
Se tumbó en su cama y cerró los ojos. El cansancio la venció rápidamente.
No sabía cuánto tiempo había pasado cuando una campana resonó en el exterior. Tres veces. Un sonido diferente al del almuerzo.
—Es la llamada —dijo Kira, saltando de su cama—. Vamos.
Las tres chicas se levantaron con energía renovada. Elia las siguió hasta el campo de entrenamiento.
El sol ya no estaba tan alto, pero el calor seguía siendo intenso. Decenas de jóvenes se reunían en un gran círculo de tierra rodeado por una valla baja de madera. En el centro, un instructor alto y musculoso esperaba con los brazos cruzados. Su rostro era severo y una cicatriz le cruzaba la mejilla izquierda.
—¡Silencio! —gritó, y todos se callaron al instante—. Hoy tendremos combates de práctica. Cada uno de ustedes enfrentará a un oponente. Se usarán espadas de madera. Se permite el uso de magia si la tienen. Y si no... —una sonrisa cruel se dibujó en su rostro—. Pueden usar el Temt. Eso si saben cómo hacerlo.
Algunos reclutas intercambiaron miradas. Otros sonrieron con confianza. Elia notó que varios de ellos no sabían qué era el Temt. Y otros, los más experimentados, parecían saber exactamente de qué hablaba. Pero nadie parecía saber usarlo realmente. Algunos intentaban concentrarse, moviendo los dedos como si buscaran algo, pero nada ocurría. El Temt era un misterio para casi todos.
—¡Kira! —llamó el instructor—. Tú serás la primera.
Kira dio un paso adelante, con una sonrisa segura. Su cabello negro corto brillaba bajo el sol.
—¿Contra quién? —preguntó.
El instructor señaló a un chico alto y delgado, de cabello blanco y piel pálida. Tenía una expresión calmada, casi aburrida, como si el combate no le importara demasiado.
—Contra Aldric —dijo el instructor—. ¿Listos?
Aldric asintió lentamente y tomó una espada de madera. Kira hizo lo mismo. Se colocaron frente a frente en el centro del círculo.
Elia sintió que el corazón le latía con fuerza. Nunca había visto un combate así. En Ardent, los enfrentamientos eran raros. Y nunca con espadas, ni siquiera de madera.
—¡Comiencen! —gritó el instructor.
Kira se movió primero.
Atacó directamente, con una velocidad impresionante. Su espada de madera silbó al cortar el aire, apuntando al costado de Aldric. Pero él se movió con una agilidad sorprendente, girando sobre sí mismo para esquivar el golpe.
—Bien —dijo Kira, con una sonrisa—. Tienes reflejos.
Aldric no respondió. Solo levantó su espada y esperó.
Kira atacó de nuevo. Esta vez con una combinación rápida: un golpe alto, luego uno bajo, y luego otro al costado. Aldric bloqueó cada uno con una precisión que parecía imposible. Su espada se movía como una extensión de su brazo, como si supiera exactamente dónde iba a golpear Kira antes de que ella misma lo supiera.
—¡Vamos, Kira! —gritó Maya desde la multitud.
Kira retrocedió un paso, evaluando a su oponente. Luego, sonrió.
—Bien. Empecemos de verdad.
Y entonces, algo cambió.
Elia vio cómo Kira cerraba los ojos por un instante. Cuando los abrió, sus pupilas parecían brillar con un tenue resplandor. Una energía invisible pareció fluir alrededor de su cuerpo, levantando pequeñas motas de polvo del suelo.
—¡Magia! —dijo alguien desde la multitud.
Kira se lanzó hacia adelante, pero esta vez era diferente. Sus movimientos eran más rápidos, más precisos. Su espada de madera se movía en arcos que dejaban estelas brillantes en el aire.
Aldric la bloqueó, pero esta vez tuvo que retroceder. La fuerza del golpe de Kira era mayor que antes.
—¡Bien! —gritó Lila, aplaudiendo.
Kira atacó sin descanso. Golpe alto, golpe bajo, estocada al pecho, barrido a las piernas. Aldric se defendía, pero cada vez era más difícil. Su expresión de aburrimiento comenzó a transformarse en concentración.
Entonces, Kira cometió un error.
En su ataque más rápido, dejó un flanco abierto. Aldric lo vio. Su espada de madera se movió en un arco perfecto, golpeando la muñeca derecha de Kira.
—¡Ah! —gritó Kira, soltando su espada.
El arma de madera cayó al suelo con un golpe seco. Aldric se detuvo, esperando.
—La próxima vez —dijo Kira, con una sonrisa que no era de dolor, sino de determinación—. La próxima vez te ganaré.
Aldric asintió.
—Estaré esperando.
Kira se llevó la mano a la muñeca enrojecida y caminó hacia Elia y las demás.
—¿Estás bien? —preguntó Elia, con preocupación.
Kira se encogió de hombros, aunque su rostro mostraba molestia.
—Estoy bien. Solo me golpeó la muñeca. Pero... —sonrió—. Aprendí algo nuevo.