La Última Llama de Ardent

Capítulo 8: El baño

La noche cayó sobre el batallón como un manto oscuro salpicado de estrellas.

Después de la cena, los reclutas comenzaron a dispersarse hacia sus pequeñas casas de madera. Elia caminó junto a Lila, Maya y Kira, sintiendo el cansancio en sus huesos. El día había sido largo. Demasiado largo.

—Estoy agotada —dijo Maya, bostezando exageradamente—. El entrenamiento de hoy fue brutal.

—Siempre dices lo mismo —respondió Lila, con una sonrisa tranquila—. Y siempre sobrevives.

—Porque soy increíble.

Kira soltó una risa.

—Eres increíblemente ruidosa, eso seguro.

Llegaron a la pequeña casa de madera. Elia entró y se dejó caer en el borde de su cama. El colchón era duro, pero después de todo lo que había pasado, se sentía como una nube.

—Tranquila —dijo Lila, notando su expresión—. Dentro de un rato nos llamarán para el baño.

—¿El baño? —preguntó Elia, confundida.

—Sí. Hay una zona de baños comunales para los reclutas. Hombres en un lado, mujeres en el otro. Es mejor que no te vean así.

Elia se miró a sí misma. Su ropa estaba sucia, llena de polvo y manchas de sangre seca. Su cabello rojo estaba enmarañado y grasiento. No se había bañado desde la noche del ataque a Ardent.

—Tienes razón —dijo, con voz baja—. Necesito bañarme.

—Iremos juntas —dijo Maya—. No te preocupes. Es grande y hay agua caliente.

Elia asintió, aunque sintió un nudo en el estómago. Baños comunales. Estar desnuda frente a extrañas. No era algo a lo que estuviera acostumbrada. En Ardent, el baño era en casa, con agua que calentaban al fuego.

—¿Estás nerviosa? —preguntó Kira, directa como siempre.

—Un poco —admitió Elia.

—No te preocupes —dijo Kira—. Los baños están separados. Los hombres en un lado de la residencia, nosotras en el otro. Los guardias vigilan para que no haya problemas.

—Es cuestión de costumbre —añadió Lila, con su voz suave—. La primera vez que fui, también estaba nerviosa. Pero luego te acostumbras.

Elia respiró hondo y asintió.

—Voy.

Pocos minutos después, las cuatro chicas salieron de la casa con toallas envueltas alrededor de sus cuerpos. Caminaron entre las filas de casas, siguiendo un camino de piedra que llevaba hacia una zona iluminada por antorchas.

Elia podía ver el vapor que se elevaba en el aire. Y podía oler el agua caliente y el jabón.

Llegaron a un gran sauna al aire libre. El suelo estaba cubierto de baldosas de piedra, y una gran piscina de agua humeante ocupaba el centro. A su alrededor, varias mujeres jóvenes estaban ya desvestidas, sumergidas en el agua o sentadas en los bordes.

Elia sintió que sus mejillas se calentaban.

Eran todas hermosas. Cuerpos esbeltos, pieles suaves, cabellos brillantes. Algunas reían, otras conversaban, otras simplemente descansaban. Pero todas estaban desnudas, sin ningún tipo de pudor.

—Vamos —dijo Lila, dejando su toalla en un banco de madera.

Maya y Kira hicieron lo mismo. Elia dudó por un momento, pero luego, lentamente, se despojó de su toalla. Sintió el aire frío en su piel desnuda, y el muñón de su brazo izquierdo se sintió más expuesto que nunca.

—No te preocupes —dijo Kira, notando su incomodidad—. Aquí todas tenemos algo. Cicatrices, marcas, lo que sea. Nadie mira.

Elia asintió y se sumergió en el agua caliente.

El calor la envolvió como un abrazo. Sintió cómo los músculos se relajaban, cómo el dolor de las costillas rotas disminuía un poco. Cerró los ojos y respiró hondo.

—¿Ves? —dijo Maya, sentándose a su lado en el agua—. No es tan malo.

—Es... agradable —admitió Elia.

—Espera a que te lavemos el pelo —dijo Maya—. Te va a encantar.

—No hace falta...

—Claro que hace falta. Estás llena de tierra. No has podido lavarte bien con un solo brazo.

Elia abrió la boca para protestar, pero Maya ya estaba detrás de ella, mojándole el cabello con agua.

—Relájate —dijo Maya—. Déjame ayudarte.

Elia se rindió. Cerró los ojos y dejó que Maya le lavara el cabello con jabón. Los dedos de Maya masajeaban su cuero cabelludo con una habilidad que demostraba práctica.

—Eres buena en esto —dijo Elia.

—He tenido mucha práctica con mi hermana —respondió Maya, riendo—. Ella siempre se queja de que no me lavo bien.

—¡Eso no es verdad! —protestó Lila desde el otro lado de la piscina—. Tú eres la que siempre sale corriendo.

—¡Porque no tengo tiempo!

Kira se rió y se acercó a Elia con una esponja.

—Ahora te toca la espalda —dijo—. Si quieres.

Elia asintió. Kira comenzó a frotar su espalda con movimientos firmes pero suaves. El jabón olía a hierbas, y el agua caliente seguía relajando sus músculos.

—Gracias —dijo Elia, sintiendo que los ojos se le humedecían—. No sé cómo agradecerles.

—No tienes que hacerlo —dijo Lila—. Somos compañeras. Nos cuidamos.

—Pero apenas nos conocemos —dijo Elia.

—Da igual —respondió Kira—. Estás en nuestra casa. Eres parte de nuestro equipo. Así funciona aquí.

Elia guardó silencio. No sabía qué decir.

—Además —añadió Maya, con una sonrisa—, mañana te espera un día duro. Vas a necesitar fuerzas. Así que mejor descansa ahora.

—¿Mañana?

—Sí. Todos los días hacemos un recorrido por toda la residencia al amanecer. Es para calentar los músculos. Y para que no nos quedemos dormidos.

—¿Y después?

—Después... el entrenamiento de verdad —dijo Kira—. Pero no te preocupes. Tú aún no entrenarás. Tienes que recuperarte. Pero sí tendrás que hacer algunas cosas.

Elia asintió, aunque no sabía qué esperar.

Después de un rato, las cuatro salieron del agua. Elia se sintió renovada, más limpia de lo que había estado en días. Se secó con su toalla y se cubrió de nuevo.

Pero antes de poder irse, una voz la detuvo.

—Bueno, bueno, bueno... ¿Y esta quién es?

Elia se giró.

Una chica de cabello anaranjado estaba frente a ella, completamente desnuda, sin ningún tipo de pudor. Su cuerpo era esbelto y curvilíneo, con una figura que llamaba la atención. Tres chicas más estaban detrás de ella, todas con sonrisas burlonas.



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En el texto hay: demonios, aventura, fantasia oscura

Editado: 26.08.2026

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