La Última Llama de Ardent

Capítulo 9: El nuevo brazo

Elia soñaba con Ardent.

Soñaba con el olor a pan recién horneado. Con la risa de Kael corriendo por las calles. Con la voz de su padre llamándola para cenar.

Todo era cálido. Todo era seguro.

Hasta que las campanas comenzaron a sonar.

—¡Elia! ¡Elia, despierta!

Alguien le dio palmaditas suaves en el rostro. Elia abrió los ojos con dificultad, confundida. Por un momento, no sabía dónde estaba.

—¡Despierta, dormilona! —la voz de Maya sonó cerca de su oído—. ¡Vamos, el entrenamiento empieza en diez minutos!

Elia parpadeó. La pequeña casa de madera. Las literas. Lila, Maya y Kira ya estaban vestidas con sus ropas de entrenamiento.

Entonces lo recordó.

No estaba en Ardent. Estaba en el batallón de Seraphina. Y ahora era una reclusa.

—¡Rápido! —dijo Kira, lanzándole un montón de tela—. Ponte la ropa de entrenamiento. Llegó anoche mientras dormías. La instructora la dejó.

Elia tomó la ropa. Era simple: una camisa holgada de tela gruesa y pantalones oscuros, con un cinturón de cuero. También había unas botas ligeras.

Se levantó rápidamente y comenzó a vestirse. Pero con un solo brazo, era más complicado de lo que pensaba. La camisa se le enredaba, los pantalones no subían bien.

—Déjame ayudarte —dijo Lila, con su voz tranquila. Se acercó y con movimientos suaves pero rápidos le ajustó la ropa. Maya le ató el cinturón y Kira le ayudó con las botas.

—Listo —dijo Lila, dando un paso atrás—. Ahora vamos.

Salieron de la casa corriendo. Elia sintió el frío de la madrugada en su rostro. El cielo aún estaba oscuro, salpicado de estrellas. Pero el recinto ya bullía de actividad.

Decenas de jóvenes estaban formados en filas, todos con la misma ropa de entrenamiento. Algunos bostezaban, otros se estiraban, otros miraban al frente con expresión seria.

—¡Tarde! —gritó el instructor, el hombre alto de la cicatriz—. Ustedes cuatro llegaron tarde.

—Lo siento, instructor —dijo Lila, con voz firme—. La nueva no estaba acostumbrada al horario.

—No me importan las excusas. —El instructor señaló el suelo—. Todos al suelo. Veinte flexiones. Para que se despierten.

Las cuatro obedecieron sin dudar. Lila, Maya y Kira comenzaron a hacer flexiones con facilidad. Pero Elia se quedó inmóvil.

No podía.

Su brazo izquierdo no existía. Y su brazo derecho no era lo suficientemente fuerte para sostener su peso.

—¿Qué pasa, nueva? —preguntó el instructor, acercándose—. ¿No sabes hacer flexiones?

—No puedo, instructor —dijo Elia, con voz temblorosa—. Solo tengo un brazo.

El instructor la miró un momento. Luego, su expresión se suavizó ligeramente.

—Haz las que puedas —dijo—. Con una mano. O con rodillas. Pero hazlas.

Elia asintió y se puso en posición. Apoyó su rodilla izquierda en el suelo y su brazo derecho en el piso. Bajó lentamente, sintiendo el esfuerzo en sus músculos.

No era mucho. Pero era algo.

—¡Ya basta! —gritó la instructora, la mujer de cabello gris—. Levántense.

Los reclutas se levantaron. La instructora dio un paso adelante y recorrió la fila con la mirada.

—Escuchen bien —dijo, su voz cortante—. En una semana, comenzaremos el entrenamiento del Temt. Y en ocho meses... tendrán su primera misión. El gran bosque. Una semana de supervivencia. Solos.

Un murmullo recorrió la fila.

—¿El gran bosque? —susurró alguien.

—Silencio —dijo la instructora—. Sí, el gran bosque. El lugar donde los demonios acechan y la magia se debilita. Si no están listos, morirán. Así que se esforzarán al máximo.

Elia sintió que la sangre se le helaba. El gran bosque. Había oído hablar de él en Ardent. Un lugar peligroso, lleno de criaturas y trampas. Y ella tendría que sobrevivir allí durante una semana.

—Ahora —dijo la instructora—. Separación por género. Los hombres con el instructor. Las mujeres conmigo.

Los reclutas se dividieron. Elia siguió a la instructora junto a las demás mujeres. Corrieron hacia una zona abierta donde la instructora se detuvo.

—Comenzaremos con carrera —dijo—. Sigan mi ritmo. Y no se detengan.

La instructora comenzó a correr. Las demás la siguieron.

Elia sintió que sus piernas se movían. Al principio, fue fácil. El aire fresco de la madrugada llenaba sus pulmones y la energía corría por su cuerpo.

—Puedo hacer esto —pensó.

Pero después de unos minutos, su cuerpo comenzó a protestar. Las costillas rotas aún no estaban curadas. El muñón de su brazo izquierdo dolía con cada paso. Y su resistencia era casi nula.

Se detuvo, jadeando. Sentía que iba a vomitar.

—¡Elia! —la voz de Kira llegó desde atrás—. ¡No te detengas!

—No puedo... —dijo Elia, sin aliento—. No puedo más.

—¡No importa! —dijo Maya, apareciendo a su lado—. Si no puedes correr, camina. Pero no te detengas. ¡Nadie debe quedarse atrás!

Elia levantó la mirada. Lila estaba delante de ella, mirándola con sus ojos azules y tranquilos.

—Vamos —dijo Lila, extendiendo su mano—. No importa si es lento. Solo sigue moviéndote.

Elia tomó su mano y comenzó a caminar. Las tres chicas se quedaron a su lado, reduciendo su ritmo para acompañarla.

—Gracias... —dijo Elia, entre jadeos.

—No tienes que agradecer —respondió Kira—. Somos un equipo. Nosotras tres estaremos contigo.

Siguieron adelante. Elia caminaba, a veces trotaba, a veces casi se caía. Pero nunca se detuvo. Sus compañeras siempre estaban allí, empujándola suavemente, animándola.

Después de más de cuarenta minutos, la instructora finalmente se detuvo.

—¡Alto! —gritó—. Carrera terminada.

Elia cayó al suelo, sin fuerzas. Las piernas le temblaban. La respiración le ardía en la garganta.

—Bien —dijo la instructora, mirándolas—. Mañana será más duro. Prepárense.

Los siguientes días fueron iguales. Flexiones. Sentadillas. Carreras. Barras. La misma rutina, cada vez más intensa.

Elia aprendió a hacer flexiones con una mano. Aprendió a correr sin detenerse, aunque su ritmo fuera más lento que el de las demás. Aprendió a soportar el dolor y la fatiga.



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En el texto hay: demonios, aventura, fantasia oscura

Editado: 26.08.2026

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