Los días pasaron. El entrenamiento se volvió rutina.
Elia se despertaba antes del amanecer, se vestía con la ayuda de sus compañeras, y salía a correr bajo el cielo oscuro. Flexiones. Sentadillas. Carreras. Barras. La misma rutina, cada vez más intensa.
Su nuevo brazo de metal comenzaba a sentirse natural. Aprendió a usarlo para las flexiones, para agarrar las barras, para sostener su peso. Aunque aún no tenía la fuerza de un brazo real, era mejor que nada.
Y cada día, sus compañeras estaban allí. Animándola. Empujándola. Recordándole que no estaba sola.
Pero también estaba Lina.
La chica de cabello anaranjado no había olvidado el incidente en los baños. Y cada vez que veía a Elia, su sonrisa se volvía cruel.
—Miren, miren —decía en voz alta, cuando Elia pasaba cerca—. La muñeca rota sigue aquí. ¿Qué haces, campesina? ¿Crees que con ese brazo de juguete vas a ser alguien?
Elia intentaba ignorarla. Pero las palabras dolían.
—Déjala —decía Kira, apretando los puños—. Si sigue así, le daré una lección.
—No vale la pena —respondía Lila, con su voz tranquila—. Solo quiere atención.
Pero Lina no se detenía.
Una noche, en los baños, se acercó a Elia mientras se lavaba. Su cuerpo desnudo y esbelto se movía con una confianza que bordeaba la arrogancia.
—Oye, campesina —dijo, con su voz alta y provocadora—. ¿Cómo te sientes con ese brazo de metal? ¿Te hace sentir más completa? ¿O sigues siendo la misma basura de siempre?
Elia la miró con calma.
—Me siento bien —respondió—. Gracias por preguntar.
Lina frunció el ceño. La respuesta tranquila de Elia la desconcertaba.
—¿No te da vergüenza? —insistió—. Caminar así, con ese brazo falso. Pareces un monstruo.
—No me da vergüenza —dijo Elia, con la misma calma—. Es parte de mí ahora. Y me ha ayudado a seguir adelante.
—¿Seguir adelante? —Lina soltó una risa burlona—. ¿Adónde? ¿Al fracaso? Porque eso es todo lo que vas a lograr. Eres débil. Siempre lo serás.
Elia la miró a los ojos.
—Quizás soy débil —dijo—. Pero al menos no necesito humillar a los demás para sentirme fuerte.
El rostro de Lina se tensó. Sus ojos, de un verde oscuro, brillaron con ira.
—¿Qué sabes tú de mí? —siseó—. Yo he entrenado toda mi vida. He soportado cosas que tú ni siquiera imaginas. Tú solo eres una campesina que perdió su brazo por no saber defenderse.
—Puede ser —respondió Elia—. Pero aquí estoy. Y no pienso rendirme.
Lina la miró un momento más. Luego, una sonrisa cruel se dibujó en sus labios.
—Reza —dijo—. Reza para que en el próximo combate no te emparejen conmigo. Porque si eso pasa... te voy a destruir.
Se dio la vuelta y se fue, dejando a Elia sola en el agua.
Kira apareció a su lado.
—¿Estás bien? —preguntó, con preocupación.
—Sí —respondió Elia, aunque su voz temblaba ligeramente—. Solo... no entiendo por qué me odia tanto.
—No te odia a ti —dijo Kira—. Odia lo que representas.
—¿Qué represento?
—Debilidad. Algo que ella desprecia. Lina siempre ha sido talentosa. Magia poderosa, cuerpo fuerte, habilidades innatas. Lleva años entrenando, y llegó aquí con un nivel de Temt que la mayoría de los reclutas tardará mucho en alcanzar. Cree que los débiles no merecen estar aquí. Que solo estorban.
—Pero yo no quiero estorbar —dijo Elia—. Solo quiero aprender. Quiero ser más fuerte.
—Lo sé —respondió Kira—. Pero ella no lo entiende. Para ella, o eres fuerte o eres nada.
Elia guardó silencio. Luego, apretó el puño de su brazo de metal.
—Entonces tendré que demostrarle que está equivocada.
Kira sonrió.
—Eso espero.
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Los días siguientes, Lina siguió provocando a Elia. Pero Elia aprendió a ignorarla.
No siempre era fácil. A veces, las palabras de Lina lograban herirla. Pero sus compañeras siempre estaban allí para recordarle que no estaba sola.
—Ignórala —decía Lila, con su voz tranquila—. Así es ella. Incluso con nosotras fue así cuando llegamos. Con el tiempo, se olvidará de ti.
—¿Y si no lo hace? —preguntó Elia.
—Entonces tendrás que demostrarle que no eres tan débil como cree —respondió Maya, con una sonrisa—. Pero por ahora, concéntrate en entrenar.
Elia asintió y siguió adelante.
Pero el destino tenía otros planes.
Una tarde, después del almuerzo, el instructor reunió a todos los reclutas en el círculo de tierra.
—Hoy tendremos combates de práctica —dijo, con su voz grave—. Solo unos pocos. Los que yo escoja.
Los reclutas intercambiaron miradas. Algunos sonrieron con confianza. Otros se pusieron nerviosos.
El instructor llamó a dos hombres. Pelearon con espadas de madera. Uno ganó, el otro cayó al suelo con un golpe en la cabeza.
Luego, llamó a otros dos. El combate fue más largo, pero finalmente uno de ellos logró desarmar a su oponente.
—Bien —dijo el instructor—. Ahora... Lina.
La chica de cabello anaranjado dio un paso adelante, con una sonrisa segura.
—¿Contra quién, instructor?
El instructor la miró un momento. Luego, giró la mirada hacia Elia.
—Contra la nueva.
Elia sintió que el corazón se le detenía.
—¿Yo? —preguntó, con voz temblorosa.
—Tú —respondió el instructor—. ¿Tienes algún problema?
Kira dio un paso adelante.
—Instructor, Elia aún no está lista. Apenas lleva unos días entrenando. No es justo.
—No me importa lo que sea justo —respondió el instructor—. En el campo de batalla, no hay justicia. Solo supervivencia. Y si ella quiere estar aquí, tiene que demostrar que puede pelear.
—Pero...
—¡Basta! —dijo Elia, con voz firme—. Pelearé.
Kira la miró con sorpresa.
—Elia...
—No importa —dijo Elia, tomando una espada de madera—. Daré lo mejor de mí.
Lina sonrió, mostrando los dientes. Mientras tomaba su propia espada, se dirigió a Elia con desprecio.
—¿Sabes? —dijo Lina—. No soy como tú. Antes de venir aquí ya había despertado mi magia de rango medio. Mi afinidad con el hielo es una de las mejores de mi generación.