Los días de entrenamiento continuaron.
Elia se levantaba antes del amanecer, corría hasta que sus piernas ardían, hacía flexiones hasta que sus brazos temblaban, y caía en su cama cada noche con el cuerpo exhausto. Pero algo había cambiado.
Ya no era solo la rutina.
Era la sensación de estar avanzando.
Su brazo de metal se volvía más natural con cada día que pasaba. Aprendió a usarlo para las flexiones, para las barras, para sostener su peso. Aprendió a moverse con él, a confiar en él. Los técnicos de Rimel habían hecho un buen trabajo, y ahora era parte de ella.
Y cada día, sus compañeras estaban allí. Animándola. Empujándola. Recordándole que no estaba sola.
—¡Vamos, Elia! —gritaba Maya, mientras corrían juntas—. ¡Solo una vuelta más!
—No puedo... —jadeaba Elia.
—¡Claro que puedes! —respondía Kira, apareciendo a su lado—. ¡Tus piernas aún se mueven! ¡Eso significa que puedes!
—Kira, eres un demonio...
—Lo sé. Pero te hace correr más rápido.
Y así, día tras día, Elia se hacía más fuerte.
Sus compañeras se habían vuelto su familia. La familia que había perdido en Ardent. No la reemplazaban, no podían hacerlo. Pero llenaban el vacío que había dejado la noche en que todo se derrumbó.
Una noche, después de la cena, las cuatro estaban sentadas en el suelo de su pequeña casa. Las antorchas afuera parpadeaban, lanzando sombras danzantes en las paredes de madera. El cansancio del día las envolvía como una manta pesada.
—¿Alguna vez han pensado en cómo será el futuro? —preguntó Elia, mirando al techo.
—¿El futuro? —Maya se rió—. Yo solo pienso en cómo voy a sobrevivir al entrenamiento de mañana.
—No, quiero decir... después de todo esto. Cuando terminemos el entrenamiento. ¿Qué harán?
Lila y Maya intercambiaron una mirada. Kira se encogió de hombros.
—Yo volveré a la familia de mi padre —dijo Kira—. Ayudaré en los negocios. O quizás me quede aquí. Ser soldado no es tan malo.
—¿Y ustedes? —preguntó Elia, mirando a las gemelas.
Lila guardó silencio por un momento. Luego, suspiró.
—No lo sé —dijo—. Nuestra familia... es complicada.
—¿Complicada? —preguntó Elia.
Maya soltó una risa amarga.
—Somos de una casa noble —dijo—. No de las más importantes, pero respetada. Antes éramos ricos, poderosos... pero ahora estamos casi arruinados.
Elia la miró con sorpresa.
—¿Arruinados?
—Sí —respondió Lila, con su voz tranquila—. Nuestro padre gastó la mayor parte de la fortuna familiar. Ahora solo tenemos el título y el nombre.
—Pero si están arruinadas... —Elia dudó—. ¿Cómo pudieron entrar al batallón? No creo que sea barato.
Maya sonrió, pero no era una sonrisa alegre.
—No pagamos por entrar —dijo—. El batallón acepta a cualquiera que pueda pasar las pruebas. Pero lo que es caro es el equipo. Uniformes, armas, armaduras, herramientas, reparaciones. Todo eso cuesta.
—¿Y ustedes cómo lo consiguieron?
Lila y Maya intercambiaron una mirada. Luego, Lila habló con voz suave.
—Nuestra madre vendió sus joyas —dijo—. Las que había guardado desde su juventud. Con eso nos compró equipo adecuado. Armaduras ligeras, armas de buena calidad, ropa de entrenamiento.
—No compró nuestro lugar en el batallón —añadió Maya, con orgullo—. Compró la oportunidad de que tuviéramos una oportunidad.
Elia las miró con admiración.
—Eso es increíble —dijo—. Sacrificar algo tan valioso por ustedes.
—Nuestra madre fue una capitana muy respetada —dijo Lila, con una mezcla de orgullo y tristeza—. Antes de casarse, comandaba un batallón completo. Sabe lo que es el peligro real. Sabe que el mundo no perdona a los débiles.
—Por eso nos envió aquí —dijo Maya—. Para que aprendamos a sobrevivir por nosotras mismas.
—¿Y por qué no la dejó el batallón? —preguntó Elia—. Si era tan respetada, ¿por qué se fue?
Lila y Maya intercambiaron otra mirada. Esta vez, más larga.
—Porque se enamoró de nuestro padre —dijo Maya, con una mezcla de orgullo y amargura—. Y cuando te enamoras, a veces tomas decisiones que no son las más sabias.
—Pero ella nos enseñó algo importante —dijo Lila, con su voz tranquila—. Nos enseñó que un título no salvará nuestras vidas cuando llegue una guerra. Que debemos aprender a luchar antes de que sea demasiado tarde.
—Por eso estamos aquí —añadió Maya—. Para aprender a sobrevivir por nosotras mismas.
Elia las miró a las dos. Hermanas gemelas, tan parecidas físicamente, pero con personalidades tan distintas. Lila, tranquila y madura. Maya, impulsiva y bromista. Y sin embargo, compartían algo más profundo que la sangre.
Compartían una historia de lucha por ser ellas mismas.
—¿Y qué dice su padre de todo esto? —preguntó Elia—. ¿Está de acuerdo con que estén aquí?
Maya soltó una risa amarga.
—Nuestro padre quiere casarnos —dijo—. Quiere recuperar el prestigio de la familia mediante matrimonios políticos. Nos ha estado preparando para eso desde que éramos niñas.
—Nos criaron para ser "gemelas perfectas" —dijo Lila, con voz baja—. Perfectas en todo. En modales, en apariencia, en comportamiento.
—Sin identidad propia —añadió Maya—. Solo éramos dos muñecas bonitas para vender al mejor postor.
—¿Y ustedes? —preguntó Elia—. ¿Quieren eso?
Lila y Maya intercambiaron otra mirada. Luego, Lila habló con firmeza.
—Cuando éramos niñas, hicimos una promesa —dijo—. Juramos que nunca permitiríamos que nos separaran.
—Ni por política —dijo Maya.
—Ni por matrimonios —dijo Lila.
—Ni por intereses familiares —dijeron las dos al unísono.
Elia sintió un escalofrío. No era miedo. Era admiración.
—Las promesas no se rompen —dijo Lila, con una sonrisa tranquila.
Elia las miró a las dos. Tan diferentes, pero tan unidas.
—Eso es hermoso —dijo, con voz suave—. Tener a alguien que siempre esté contigo.
—Por supuesto —dijo Maya, con una sonrisa—. ¿Quién más soportaría a mi hermana?