La Última Llama de Ardent

Capítulo 14: La espada y el Temt

El amanecer llegó con un cielo despejado y un frío que se filtraba hasta los huesos.

Los días anteriores habían sido una mezcla de frustración y pequeños logros. Elia había practicado el flujo del Temt hasta que sus músculos ardían y su mente se nublaba de cansancio. Pero cada día, el control mejoraba. La energía se movía con más facilidad. La fisura en la piedra se había vuelto más definida.

Pero hoy era diferente.

Cuando los reclutas llegaron al campo de entrenamiento, no había esteras de meditación ni piedras en el suelo. Frente a ellos, clavadas en la tierra, había decenas de espadas de acero sin filo. Sus hojas brillaban bajo la luz del sol, mostrando marcas de incontables golpes. Sus mangos estaban desgastados por el uso, pero el metal seguía firme. Eran espadas de entrenamiento, diseñadas para resistir el impacto sin causar heridas mortales.

El instructor estaba esperándolos, con los brazos cruzados y una expresión severa. A su lado, la instructora de cabello gris sostenía una espada de acero sin filo en su mano, como si estuviera acostumbrada a usarla.

—Hasta ahora —dijo el instructor, su voz resonando en el silencio—. Aprendieron a controlar el Temt en sus cuerpos. A partir de hoy, aprenderán a extenderlo hacia un arma.

Hizo una pausa, recorriendo la fila con la mirada.

—Un soldado que no puede usar una espada no vive mucho tiempo —continuó—. En el campo de batalla, el cuerpo solo es una parte del combate. El arma es la otra. Si no aprenden a unirlas, estarán muertos antes de poder usar su magia o su Temt.

Los reclutas se miraron entre sí. Algunos sonrieron con confianza. Otros, los que nunca habían tocado una espada, se pusieron nerviosos.

—Tomen una —dijo el instructor, señalando las espadas—. Cada uno.

Los reclutas avanzaron. Elia se acercó a una de las espadas y la tomó con su mano derecha. El peso era mayor de lo que esperaba. El acero era frío y sólido, y el mango se ajustaba a su palma con una familiaridad que no esperaba.

Pero al levantarla, sintió el problema de inmediato.

Su brazo izquierdo era de metal. Pesaba más que un brazo normal. Y al sostener la espada con la mano derecha, su equilibrio se descompensaba. Se sintió torpe, inestable, como si pudiera caerse en cualquier momento.

—¿Ves? —la voz de Lina llegó desde atrás—. Con ese brazo jamás podrás ser una espadachina.

Elia sintió que las palabras le golpeaban el pecho. Pero no respondió. Solo apretó la empuñadura de su espada y levantó la cabeza.

Lina sonrió con arrogancia y se alejó.

—¡Atención! —gritó el instructor—. Ahora, las posturas básicas. Observen y repitan.

La instructora dio un paso adelante. Levantó su espada de acero sin filo con una fluidez que demostraba años de práctica.

—Guardia alta —dijo, levantando la espada por encima de su cabeza—. Protege la cabeza y los hombros. Útil para bloquear ataques descendentes.

Los reclutas la imitaron. Elia levantó su espada, sintiendo el peso en su brazo derecho. El equilibrio era difícil. Su brazo de metal tiraba hacia un lado, y su postura se sentía inestable.

—Guardia media —continuó la instructora, bajando la espada frente a su pecho—. La más equilibrada. Protege el torso y permite ataques rápidos.

Elia ajustó su postura. Intentó mantener el equilibrio, pero su brazo de metal seguía descompensándola.

—Guardia baja —dijo la instructora, bajando la espada hacia el suelo—. Defensiva. Protege las piernas y el vientre.

Elia bajó la espada, sintiendo cómo sus músculos se tensaban. No era fácil. Cada postura requería un ajuste constante para mantener el equilibrio.

—Ahora —dijo el instructor—. Caminen. Sin cruzar los pies. Mantengan el equilibrio.

Los reclutas comenzaron a moverse. Fue torpe al principio. Algunos se tambaleaban, otros se movían demasiado rápido. Pero poco a poco, comenzaron a encontrar el ritmo.

Elia avanzaba lentamente, sintiendo cómo su brazo de metal tiraba de su equilibrio. Cada paso era un esfuerzo. Pero no se rindió.

Durante horas, solo practicaron movimientos. Nada de peleas. Solo posturas, pasos, giros básicos. Muchos reclutas comenzaron a aburrirse. Algunos bostezaban. Otros miraban al suelo con desinterés.

El instructor se detuvo en medio del campo.

—Escuchen —dijo, su voz cortante—. Los que quieren aprender a matar antes de aprender a caminar... suelen morir primero.

El silencio se extendió entre los reclutas.

—Si no dominan los movimientos básicos, no podrán dominar el combate —continuó—. Repitan hasta que sea natural. Sin pensar. Sin dudar. Cuando llegue el momento de pelear, sus cuerpos deben saber qué hacer antes de que sus mentes lo procesen.

Los reclutas asintieron y continuaron practicando.

Elia repitió las posturas una y otra vez. Sintió cómo sus músculos se acostumbraban al peso de la espada. Cómo su brazo de metal comenzaba a integrarse en sus movimientos. No era perfecto. Pero era un comienzo.

—Ahora —dijo la instructora—. El Temt en la espada.

Los reclutas levantaron la mirada.

—El Temt no solo fortalece el cuerpo —explicó—. También puede recorrer aquello que sostienen. Una espada, un escudo, una lanza. Cualquier cosa que toquen puede ser extendida con su energía.

Hizo una demostración.

Tomó su espada de acero sin filo, cerró los ojos, y respiró hondo. Una ligera presión apareció alrededor del arma. No era visible, pero se sentía. Como una vibración en el aire que hacía temblar ligeramente el metal.

Luego, golpeó un tronco que estaba clavado en el suelo.

El tronco se partió en dos con un sonido seco.

Los reclutas quedaron en silencio, sorprendidos.

—Eso —dijo el instructor—. Es lo que deben lograr. Su Temt debe fluir hacia la espada. Reforzarla. Hacerla más fuerte, más rápida, más resistente.

—Ahora, intenten.

Los reclutas levantaron sus espadas. Cerraron los ojos y comenzaron a concentrarse.



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En el texto hay: demonios, aventura, fantasia oscura

Editado: 26.08.2026

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