Los días después del combate contra Lina fueron diferentes.
Había pasado un mes desde que Elia llegó al batallón. Un mes de entrenamiento, de dolor, de pequeñas victorias y derrotas humillantes.Un mes en el que había pasado de ser una campesina que apenas podía sostener una espada a una recluta que comenzaba a encontrar su propio camino.
Durante aquel mes, Elia no había cruzado una sola vez las puertas de la fortaleza. Todo su mundo había sido el campo de entrenamiento, los dormitorios, el comedor y los rostros de sus compañeros. No sabía qué había más allá de los muros. No sabía cómo era el mundo que la rodeaba.
Pero eso estaba a punto de cambiar.
Elia sintió que algo había cambiado en su interior. No era un cambio grande. No era un despertar mágico ni un aumento de poder. Era algo más sutil. Una comprensión.
Ya no intentaba copiar a los demás.
Ahora practicaba su propio estilo.
Usaba su brazo de metal para estabilizarse en lugar de dejarse desequilibrar. Aprendió a girar sobre su eje, usando el peso extra como contrapeso para movimientos más rápidos.El Temt fluía por su cuerpo con una precisión que incluso ella misma había aprendido a reconocer.
Cada día, su control mejoraba un poco más.
Y cada día, el recuerdo de su padre la acompañaba. El movimiento de la barrida. La lección que había olvidado y que ahora recordaba con claridad.
—Te estás moviendo mejor —dijo Lila, mientras practicaban juntas—. Tu equilibrio ya no es un problema.
—Sigo siendo lenta —respondió Elia, bajando la espada—. Pero al menos ya no me caigo.
—Eso es un progreso —dijo Maya, con una sonrisa—. La semana pasada apenas podías sostener la espada sin tambalearte.
Elia sonrió. Era una sonrisa pequeña, pero genuina.
—Todavía falta mucho.
—Pero estás avanzando —dijo Kira, desde el otro lado del campo—. Y eso es lo que importa.
Elia asintió y siguió practicando.
---
Esa tarde, Elia fue a los baños.
El área estaba tranquila. La mayoría de las reclutas ya habían terminado y se habían ido. Elia se desvistió lentamente, dejando su ropa doblada sobre una zona de baldosas secas, lejos del borde del agua. Su brazo de metal brillaba bajo la luz de las antorchas mientras se sumergía en el agua caliente.
Cerró los ojos, sintiendo el calor relajando sus músculos.
Pero pronto escuchó voces cerca. Risa. Pasos que se acercaban.
Abrió los ojos y vio a tres reclutas cerca de su ropa. Eran las mismas que siempre seguían a Rina, la chica de cabello oscuro.
Elia suspiró. No quería problemas. No quería pelear.
Se dio la vuelta y nadó hacia el otro lado del estanque, alejándose de ellas. Si las ignoraba, quizás se aburrirían y se irían.
—¿Dónde vas, campesina? —dijo una de ellas, con voz burlona—. ¿No quieres tu ropa?
Elia no respondió. Siguió nadando hacia el otro extremo, manteniendo la espalda hacia ellas.
—La está ignorando —dijo otra—. ¿Qué pasa? ¿Tienes miedo?
Elia se detuvo en el borde del estanque, lejos de ellas. No miró atrás.
—Solo quiero bañarme en paz —dijo, con voz calmada—. Si quieren mi ropa, quédensela. Tengo otra.
Las reclutas se quedaron en silencio, sorprendidas por la respuesta.
—¿Qué? —dijo una de ellas—. ¿No vas a pelear?
—No —respondió Elia—. No vale la pena.
—¿No vale la pena? —la recluta soltó una risa burlona—. Eres más patética de lo que pensaba.
Elia no respondió. Siguió en el agua, con la espalda hacia ellas, ignorándolas por completo.
Las tres reclutas se quedaron allí, sin saber qué hacer. No esperaban que Elia las ignorara. Esperaban que luchara, que se enfadara, que les diera una razón para humillarla.
Pero Elia no les dio nada.
—¿Y ahora qué? —preguntó una de ellas, en voz baja.
—Llevémonos su ropa —dijo otra—. Así aprenderá a respetarnos.
Una de ellas se agachó para tomar la camisa de Elia.
Pero antes de que pudiera tocarla, una mano la agarró del brazo con fuerza.
—¿Qué crees que estás haciendo?
La voz era fría, cortante, y llena de autoridad.
Lina.
Las tres reclutas se giraron, sorprendidas. Lina estaba detrás de ellas, con los brazos cruzados y una expresión de desprecio en su rostro.
—Esto no es asunto tuyo —dijo una de ellas, con voz temblorosa.
—Lo es —respondió Lina—. Porque están siendo patéticas.
—¿Patéticas?
—Sí. Robar ropa de alguien que está desarmada. Eso no es intimidación. Es cobardía.
—¿Y qué sabes tú? —dijo otra de las reclutas, con desdén—. Siempre estás defendiendo a la campesina. ¿Acaso te has vuelto su amiga?
—No —respondió Lina, con voz fría—. Solo me da asco ver a personas tan mediocres.
La recluta que había intentado tomar la camisa de Elia dio un paso adelante, con el rostro enrojecido por la ira.
—¿Quieres probarlo?
Lina sonrió. No era una sonrisa amable.
—Con gusto.
La recluta lanzó un puñetazo. Lina lo esquivó con un movimiento lateral y, en el mismo instante, golpeó a la chica en el estómago. La recluta cayó al suelo con un gemido.
Las otras dos intentaron atacar juntas. Lina bloqueó el primer golpe, giró, y con una patada rápida derribó a la segunda. La tercera intentó huir, pero Lina la agarró por el brazo y la estampó contra la pared.
—¿Por qué la defiendes? —preguntó la recluta, con voz temblorosa—. ¡Pensé que la odiabas!
Lina no respondió. Solo la miró con sus ojos verdes fríos como el hielo.
—Lárgate —dijo, su voz baja y peligrosa—. Antes de que te mate a golpes.
Las tres reclutas se levantaron rápidamente, con los rostros pálidos. Recogieron su dignidad como pudieron y salieron corriendo.
Lina se quedó allí, con los brazos cruzados, mirando cómo desaparecían. Luego, sin mirar atrás, se giró y caminó hacia la salida.
No sabía por qué había hecho eso. No sabía por qué había defendido a la campesina. Solo sabía que no soportaba la cobardía.