Los primeros días en Valdren transcurrieron sin incidentes.
El sol salía y se ponía sobre el pueblo silencioso. Las patrullas recorrían las calles vacías. Los habitantes salían con cautela, reforzando sus puertas y ventanas. Los niños seguían jugando, ajenos al peligro que los acechaba.
Elia comenzaba a preguntarse si realmente había algo ahí afuera.
Tal vez las desapariciones habían sido obra de humanos. Tal vez los aldeanos habían exagerado las historias. Tal vez los demonios no eran más que sombras en la imaginación de personas asustadas.
Pero la tercera noche, todo cambió.
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Esa tarde, antes del atardecer, el primer equipo patrullaba por las calles del este. No había mucho que hacer. El pueblo seguía en silencio, y los habitantes se mantenían dentro de sus casas.
Elia caminaba junto a Maya, con Lina unos pasos detrás. La rutina de la vigilancia estaba volviéndose monótona.
—Oye, Elia —dijo Maya, rompiendo el silencio—. ¿Cómo te sientes con tu nuevo brazo después de estas semanas?
Elia levantó su brazo de metal y lo observó. La luz de las antorchas brillaba en su superficie pulida.
—Bien, en realidad —respondió—. Ya casi no noto la diferencia. Se siente como si fuera mi brazo real.
—¿En serio? —preguntó Maya, con curiosidad—. ¿No es incómodo? ¿No pesa?
—Un poco al principio —admitió Elia—. Pero ya me acostumbré. Los técnicos hicieron un buen trabajo. Incluso puedo sentir algunas cosas, como la textura de los objetos.
—¿Puedes sentir el frío? ¿El calor?
—No exactamente —dijo Elia, moviendo los dedos metálicos—. Pero siento la presión. La vibración. Y a veces... me da comezón.
—¿Comezón? —Maya soltó una risa—. ¿Un brazo de metal te da comezón?
—No en el brazo —aclaró Elia—. En el hombro. Donde está conectado. Es como si mi cerebro esperara sentir algo y no terminara de procesarlo.
—Qué extraño —dijo Maya, inclinando la cabeza—. Pero supongo que es mejor que no tener brazo.
—Sí —respondió Elia, con una sonrisa—. Mucho mejor.
Lina caminaba detrás de ellas, en silencio. No había dicho nada desde que comenzaron la patrulla. Pero Elia notó que sus ojos se posaban en su brazo de metal de vez en cuando.
—¿Tú qué opinas, Lina? —preguntó Elia, volviéndose hacia ella—. ¿Crees que un brazo así podría ser útil en combate?
Lina levantó una ceja, sorprendida por la pregunta.
—¿Por qué me preguntas a mí? —respondió, con voz cortante.
—Porque eres la más experimentada en combate de las tres —dijo Elia, con honestidad—. Quería saber tu opinión.
Lina la miró un momento. Luego, suspiró.
—Si puedes usarlo para estabilizarte, puede ser útil —dijo, con indiferencia—. Pero si te pesa, te ralentiza. Depende de cómo lo uses.
—¿Y cómo crees que debería usarlo? —insistió Elia.
Lina no respondió de inmediato. Solo caminó en silencio, como si estuviera pensando.
—No lo uses para bloquear —dijo finalmente—. Usa su peso para girar más rápido. Cambiar de dirección. Aprovecha el impulso.
Elia asintió, procesando las palabras.
—Eso tiene sentido —dijo—. Gracias.
Lina no respondió. Pero esta vez, no parecía molesta.
Maya observó la interacción con una sonrisa.
—¿Están empezando a llevarse bien? —preguntó, con tono burlón.
—No —respondió Lina, con frialdad.
—Claro que no —dijo Maya, riendo.
Elia sonrió. No era una amistad, pero era algo. Un pequeño avance.
Siguieron caminando en silencio. Elia observó a los niños que aún jugaban afuera, corriendo entre las casas como si nada estuviera mal.
Recordó su pueblo. Ardent. Recordó a Kael.
Y sintió que la determinación se renovaba dentro de ella.
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Siguieron caminando, alejándose de las casas principales hacia una zona más boscosa en las afueras del pueblo. Los árboles eran altos y frondosos, y la luz de las antorchas apenas penetraba entre las ramas.
—¿Estás segura de que es por aquí? —preguntó Maya, mirando a su alrededor con inquietud.
—El alcalde dijo que algunas personas vieron sombras cerca de esta zona —respondió Elia—. Vale la pena revisar.
—No me gusta este lugar —murmuró Maya—. Hay demasiados árboles.
Lina no dijo nada, pero su mano izquierda comenzó a cubrirse de escarcha. Estaba preparada.
Caminaron unos minutos más.
Entonces, Elia se detuvo.
—Escuchen.
Maya y Lina se detuvieron. Aguzaron el oído.
Un sonido llegaba desde detrás de unos árboles cercanos. Algo masticando. Algo desgarrando carne.
—¿Qué es eso? —susurró Maya.
—No lo sé —respondió Elia, en voz baja—. Pero vamos a averiguarlo.
Se movieron lentamente hacia la derecha, rodeando los árboles con cuidado. El sonido se hacía más claro. Masticación. Crujido de huesos.
Cuando finalmente vieron lo que estaba produciendo el sonido, Elia sintió que el corazón se le detenía.
Dos demonios.
Eran pequeños, de aproximadamente metro y medio de altura, con cuerpos delgados y deformes. Su piel era grisácea y rugosa, y sus cabezas eran demasiado grandes para sus cuerpos. Tenían garras afiladas y mandíbulas llenas de dientes.
Estaban devorando un animal muerto. Un ciervo, por el aspecto de sus restos.
Elia sintió náuseas.
Maya dio un paso atrás, su rostro pálido.
—Son... son demonios —susurró.
Lina levantó su mano izquierda. El hielo comenzó a formarse alrededor de su palma, creando una capa protectora.
Uno de los demonios levantó la cabeza.
Sus ojos brillaron con un resplandor rojo.
Y entonces, se lanzó.
—¡Cuidado! —gritó Lina.
El demonio se abalanzó sobre Maya, sus garras extendidas. Maya levantó su espada para bloquear, pero el impacto la hizo retroceder varios pasos.
—¡Maya! —gritó Elia.
El segundo demonio se giró hacia ella.
Elia vio las garras moverse en el aire. Vio los dientes afilados. Vio los ojos rojos brillando en la oscuridad.