Los días siguientes en Valdren fueron diferentes.
Después de la batalla, los seis reclutas regresaron al pueblo con sus cuerpos marcados por las heridas y sus mentes llenas de preguntas. Seraphina los había llevado a una pequeña casa que servía como enfermería, donde una curandera local atendió sus lesiones.
Elia se sentó en una cama mientras la curandera limpiaba los cortes en su rostro y brazos. No eran profundos, pero ardían con cada toque de la tela empapada en alcohol.
—Has tenido suerte —dijo la curandera, una mujer mayor de manos firmes—. Estas heridas sanarán rápido.
Elia asintió sin decir nada. Su mente estaba en otra parte.
Recordaba el momento en que se había quedado paralizada. El miedo que la había consumido. La imagen de su padre cayendo, la sangre, el dolor.
Pero también recordaba el momento en que había vuelto a la realidad. El grito de Lina. La pared de hielo. La sensación de su espada cortando la carne del demonio.
Había luchado.
A pesar del miedo, había luchado.
Eso era más de lo que había hecho la última vez.
—¿Estás bien? —preguntó Maya, sentada en la cama de al lado, con un vendaje en el hombro.
—Sí —respondió Elia, con voz baja—. Solo... estoy pensando.
—¿En qué?
—En lo que pasó. En cómo me quedé paralizada.
Maya la miró con comprensión.
—Todos tenemos miedo, Elia. Lo importante es que seguiste adelante.
—¿Seguí adelante?
—Sí —dijo Maya, con una sonrisa—. Luchaste. Derrotaste a dos demonios. Eso es más de lo que muchos pueden decir.
Elia guardó silencio. No estaba segura de sentirse orgullosa. Pero al menos no sentía vergüenza.
Lina estaba sentada en una esquina, con los brazos cruzados. Tenía un corte en el brazo que la curandera ya había vendado, pero su mirada estaba fija en Elia.
—No está mal —dijo Lina, con voz baja.
Elia levantó la mirada, sorprendida.
—¿Qué?
—Lo que hiciste —dijo Lina, con su tono habitual de indiferencia—. No te quedaste paralizada para siempre. Te levantaste. Luchaste.
Elia no sabía qué decir.
Lina la miró un momento más.
—Sigue así —dijo—. Y quizás algún día dejes de ser una carga.
No era exactamente un cumplido. Pero para Lina, era lo más cercano a un elogio.
Maya sonrió.
—¿Escuchaste eso, Elia? Lina te dijo algo casi amable.
—No dije nada amable —respondió Lina, con frialdad.
—Claro que no —dijo Maya, riendo.
Elia sonrió ligeramente. No era una amistad, pero era algo. Un pequeño avance.
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En otra parte de la enfermería, Aldric estaba sentado en una cama, con una venda alrededor de su torso. Tenía una herida profunda en el costado, y el dolor se reflejaba en su rostro. Pero lo que más lo molestaba no era el dolor físico.
—Nos utilizó —dijo, con voz tensa—. Seraphina nos utilizó como prueba.
Kira estaba a su lado, con su pierna izquierda vendada. Aunque la herida era profunda, la curandera había logrado detener la hemorragia.
—¿De qué hablas? —preguntó Kira.
—Ella sabía que el demonio era demasiado fuerte para nosotros —dijo Aldric, apretando los puños—. Podría haberlo matado desde el principio. Pero nos dejó pelear. Nos dejó casi morir.
—Pero no morimos —respondió Kira—. Sobrevivimos. Eso es lo que importa.
—¿Eso es lo que importa? —Aldric la miró con incredulidad—. Ella nos puso en peligro a propósito. Podríamos haber muerto.
—Pero no lo hicimos —dijo Lila, desde la cama de al lado. Su voz era tranquila, como siempre—. Y aprendimos algo.
—¿Qué aprendimos?
—Que no siempre se puede ganar —respondió Lila—. Que a veces, lo único que puedes hacer es sobrevivir. Y que, cuando trabajas en equipo, puedes hacer mucho más que solo sobrevivir.
Aldric guardó silencio. No estaba de acuerdo, pero tampoco podía negar que Lila tenía razón.
Kira sonrió.
—Además, ¿viste cómo lo mató? —dijo—. Un movimiento. El demonio cayó como si fuera un insecto.
—Eso no es consuelo —gruñó Aldric.
—Quizás no —respondió Kira—. Pero al menos sabemos que está de nuestro lado.
Aldric no respondió. Pero su mirada se suavizó ligeramente.
—¿Sabéis qué nivel de Temt tiene Seraphina? —preguntó Maya, con curiosidad.
—He oído rumores —dijo Aldric, con voz baja—. Dicen que está en el nivel seis. Quizás incluso en el nivel siete.
—¿El nivel siete? —Kira abrió los ojos con asombro—. ¿Eso es posible?
—Nivel seis: Resonancia —explicó Aldric—. El cuerpo y la energía trabajan como uno. Reacciones automáticas. Movimiento perfecto. Puede pelear con los ojos cerrados porque su cuerpo sabe lo que tiene que hacer.
—¿Y el nivel siete? —preguntó Lila.
—Trascendencia —respondió Aldric—. El cuerpo rompe las limitaciones humanas. Fuerza y velocidad monstruosas. Puede luchar contra demonios superiores. Pero tiene un precio: daño interno, agotamiento extremo, y reduce la esperanza de vida si abusa de él.
—¿Crees que ella está en ese nivel? —preguntó Maya.
Aldric guardó silencio por un momento.
—No lo sé —dijo—. Pero viéndola luchar... no me sorprendería.
Elia escuchó todo en silencio. Nivel seis. Quizás nivel siete. Seraphina era increíblemente poderosa. Y sin embargo, había decidido no intervenir hasta el último momento.
No sabía si eso era cruel o sabio.
Solo sabía que, si quería llegar a ser como ella, aún le quedaba un largo camino por recorrer.
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Mientras los reclutas se recuperaban, los habitantes de Valdren comenzaron a enterarse de lo que había ocurrido. Las noticias se extendieron rápidamente: los soldados habían derrotado a los demonios que aterrorizaban el pueblo.
La gente salió de sus casas, con rostros llenos de esperanza y gratitud. Algunos traían comida para los heridos. Otros ofrecían sus casas para que los soldados descansaran. Los niños corrían entre los adultos, curiosos por ver a los "cazadores de demonios".