El amanecer en Valdren fue tranquilo.
Los habitantes del pueblo se reunieron en la plaza central para despedir a los soldados que habían acabado con la pesadilla que los aterrorizaba. Sus rostros estaban llenos de gratitud, sus manos ofrecían panes, frutas y pequeñas ofrendas que los reclutas aceptaron con timidez.
—Gracias —dijo una mujer mayor, con lágrimas en los ojos, tomando la mano de Elia—. Mi nieto estaba entre los que desaparecieron. Ahora puedo llorar su muerte sabiendo que los monstruos que lo llevaron ya no están.
Elia no supo qué responder. Solo apretó la mano de la mujer y asintió.
—No olvidaremos lo que hicieron por nosotros —dijo el alcalde, con voz temblorosa—. Si algún día necesitan algo, Valdren estará en deuda con ustedes.
Seraphina, que observaba desde un costado, dio la orden de partir.
Los seis reclutas subieron a un carruaje grande, mientras Seraphina se dirigía a su propio vehículo personal, más pequeño y elegante, tirado por dos caballos negros.
El carruaje de los reclutas se puso en movimiento, y Valdren se fue alejando lentamente.
Elia miró por la ventana mientras el pueblo se desvanecía entre el polvo del camino. Las casas de madera, las calles de tierra, los niños que corrían detrás del carruaje agitando las manos.
—¿Crees que estarán bien? —preguntó Maya, a su lado.
—Sí —respondió Elia—. Al menos por ahora.
El viaje de regreso fue largo. El sol se elevó en el cielo, y el paisaje cambió de campos verdes a caminos de tierra, y luego a las afueras de Rimel.
Elia se quedó dormida durante un rato, agotada por las heridas y la tensión de los días anteriores. Cuando despertó, el carruaje se estaba acercando a las puertas de la ciudad.
Pero no entraron directamente.
El carruaje tomó un desvío, rodeando la muralla principal hacia una zona que Elia no conocía. Las calles eran más anchas aquí, pero también más ruidosas. Los edificios eran altos y de piedra, con carteles de madera que anunciaban diferentes comercios.
—¿Dónde vamos? —preguntó Elia, frotándose los ojos.
—Zona comercial —respondió Aldric, con indiferencia—. Seraphina necesita hacer algunas compras antes de regresar al batallón.
Elia asintió y miró por la ventana.
Al principio, solo vio tiendas normales. Carnicerías. Panaderías. Puestos de telas y herramientas.
Pero entonces, el carruaje pasó junto a un edificio diferente.
Grandes jaulas de hierro estaban alineadas en la calle. Dentro de ellas, había personas.
No eran personas como las que Elia conocía.
Eran de diferentes razas. Algunos tenían piel verdosa y colmillos prominentes. Otros tenían orejas puntiagudas y rasgos delicados. Había también criaturas con escamas y colas, y otras con orejas y colas de animales.
Y todos llevaban cadenas.
—¿Qué es eso? —preguntó Elia, con voz apenas audible.
Aldric siguió su mirada.
—Esclavos —respondió, con tono neutral.
Elia sintió que el aire se le escapaba.
—¿Esclavos?
—Sí.
—¿Pero... el Imperio permite eso?
Aldric la miró. Su expresión era práctica, como si estuviera explicando algo obvio.
—Si cumple las leyes imperiales, sí —dijo—. La esclavitud está regulada, pero permitida.
—¿Y nadie puede detenerlo?
—No mientras tenga los documentos y pague los impuestos correspondientes.
Elia sintió un escalofrío. La frialdad de sus palabras era más perturbadora que cualquier monstruo que hubiera visto.
Volvió a mirar por la ventana.
Vio a un grupo de orcos, con la piel grisácea y los cuerpos musculosos, encadenados a una pared. Tenían marcas en la espalda, cicatrices que parecían haber sido infligidas con látigos. Sus rostros mostraban una mezcla de cansancio y rabia contenida.
Más allá, vio a varios elfos. Eran delgados y de piel clara, con cabellos largos y brillantes. Pero sus ropas estaban andrajosas, y sus ojos estaban vacíos. Uno de ellos, un joven de cabello plateado, llevaba un collar metálico que emitía un brillo azul tenue. Un mecanismo mágico para evitar que escapara.
—Es horrible —dijo Maya, con voz baja—. Siempre lo ha sido.
Kira asintió, incómoda.
—No podemos hacer nada —dijo—. Es parte del sistema.
—Eso no significa que esté bien —respondió Lila, con firmeza—. Pero tampoco podemos cambiarlo así nomás.
Elia apretó los puños.
Luego, vio a una niña.
Era una elfa, de no más de ocho años. Estaba sentada en el suelo de una jaula, con los brazos alrededor de las rodillas. Su ropa era harapienta, apenas suficiente para cubrir su cuerpo. Tenía marcas de golpes en los brazos y el rostro, y había sangre seca en su mejilla izquierda. Estaba llorando en silencio, sin hacer ruido, como si ya hubiera aprendido que sus lágrimas no servían de nada.
Elia sintió que el corazón se le rompía.
—¡Alto! —gritó, golpeando la puerta del carruaje—. ¡Alto!
—¿Elia? —preguntó Maya, sorprendida.
—¡Tenemos que detenernos! —gritó Elia—. ¡Esa niña! ¡Tenemos que ayudarla!
—No podemos —dijo Aldric, con voz firme.
—¿Por qué no?
—Porque si bajamos y hacemos algo, nos meteremos en problemas —explicó Aldric—. Los esclavistas tienen contactos. Protección. No podemos intervenir.
—¡Pero está mal! —gritó Elia, con lágrimas en los ojos—. ¡Es una niña! ¡Está herida! ¡Tiene miedo!
—Lo sé —dijo Aldric, con voz baja—. Pero no podemos hacer nada.
Elia golpeó la puerta del carruaje con su puño de metal. El sonido resonó en el interior.
El carruaje se detuvo brevemente. Un hombre corpulento, con ropas de comerciante y una cadena de oro alrededor del cuello, se acercó a la ventana. Su rostro mostraba una sonrisa desagradable.
—¿Interesada en un esclavo, señorita? —preguntó, con voz untuosa—. Tengo una elfa joven. Buena para el servicio doméstico. O para lo que usted quiera.
Elia lo miró con furia.
—¿Cómo se atreve? —dijo, con voz temblorosa de ira.