El día del torneo llegó con un cielo despejado y un sol que calentaba la arena del campo de entrenamiento.
Todos los reclutas, más de cien, se reunieron en una zona amplia que habían preparado para la ocasión. Era un espacio rectangular, rodeado por gradas de cemento que se elevaban una sobre otra, como un pequeño coliseo. Las gradas estaban llenas de reclutas que esperaban ansiosos el inicio de los combates.
Elia estaba junto a sus tres compañeras de cuarto. Kira estaba inquieta, moviéndose de un lado a otro con energía. Maya respiraba profundamente, tratando de calmar los nervios. Lila, como siempre, estaba tranquila, observando el lugar con su mirada serena.
—¿Estás nerviosa? —preguntó Maya, mirando a Elia.
—Un poco —admitió Elia—. Pero también emocionada.
—Eso es bueno —dijo Lila—. Los nervios te mantienen alerta.
Elia miró hacia el otro lado del coliseo. Vio a Lina, rodeada por sus compañeras de cuarto, con los brazos cruzados y una expresión de indiferencia en el rostro. Parecía completamente tranquila, como si el torneo no fuera más que un trámite.
Más allá, vio a Aldric, rodeado por un grupo de reclutas que parecían admirarlo. Él sonreía y conversaba con ellos, con la confianza de alguien que sabe que está entre los mejores.
—¿En qué bloque crees que nos van a poner? —preguntó Kira, interrumpiendo sus pensamientos.
—No lo sé —respondió Elia—. Pero espero que no nos toque enfrentarnos entre nosotras demasiado pronto.
—Eso sería divertido —dijo Kira, con una sonrisa—. Pero sí, sería mejor que nos enfrentemos al final.
El instructor subió a la plataforma central, seguido por la instructora de cabello gris. Su presencia imponente hizo que todos los reclutas se callaran de inmediato.
—¡Atención! —gritó el instructor, con su voz grave que resonó en todo el coliseo—. Bienvenidos al torneo anual de combate. Las reglas son simples: está permitido todo, excepto el uso de espadas de metal. Solo se permiten espadas de madera y escudos de madera.
Los reclutas asintieron.
—El torneo será por eliminación —continuó el instructor—. Día uno: primera ronda. Día dos: segunda ronda. Día tres: cuartos de final. Día cuatro: semifinales. Día cinco: la final. Los enfrentamientos serán sorteados al azar.
Los reclutas intercambiaron miradas. Algunos sonrieron con confianza. Otros se pusieron nerviosos.
—Y recuerden —añadió la instructora—. Esto es un torneo, no una batalla. Peleen con honor. Si alguien se excede, será descalificado.
Lina levantó una ceja, pero no dijo nada.
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Los primeros combates fueron rápidos. Reclutas de diferentes niveles se enfrentaron en la plataforma rectangular, mientras el resto observaba desde las gradas. Algunos combates duraron apenas unos segundos; otros se extendieron por varios minutos.
Elia observaba con atención, estudiando los movimientos de los demás. Veía cómo usaban su Temt, cómo se movían, cómo atacaban y se defendían.
—¡Siguiente combate! —gritó el instructor—. Aldric contra un recluta del Bloque B.
Aldric subió a la plataforma con una sonrisa confiada, su espada de madera en la mano y un escudo de madera en la otra. Su oponente, un chico alto y musculoso, lo miró con determinación, pero también con cierto nerviosismo. Llevaba una espada de madera y un escudo pequeño.
—¡Comiencen! —gritó el instructor.
El chico atacó primero, lanzándose hacia Aldric con su espada de madera. Pero Aldric se movió con una velocidad que parecía imposible. Esquivó el golpe sin esfuerzo, giró, y con un movimiento rápido golpeó la espada del chico con su escudo, haciéndola volar de sus manos.
El chico quedó desarmado, mirando su espada en el suelo. Aldric no atacó. Solo lo miró con una sonrisa.
El chico dudó un momento. Luego, levantó las manos.
—Me rindo —dijo, con voz resignada.
—Gana Aldric —anunció el instructor.
Aldric sonrió y bajó de la plataforma, mientras los reclutas murmuraban entre ellos.
—Es increíble —dijo Maya—. Ni siquiera pareció esforzarse.
—Es nivel tres —respondió Elia—. Es normal que sea así.
—Siguiente combate —dijo el instructor—. Lina contra un recluta del Bloque A.
Lina subió a la plataforma con pasos lentos, su expresión completamente fría. Llevaba su espada de madera en la mano derecha, sin escudo. Su oponente, un chico de cabello oscuro, la miró con determinación, aunque sus manos temblaban ligeramente. También llevaba una espada de madera, sin escudo.
—¡Comiencen! —gritó el instructor.
El chico atacó primero, lanzándose hacia Lina con su espada de madera. Lina esquivó el golpe con un movimiento lateral y contraatacó, golpeando el costado del chico con su espada.
El chico retrocedió, pero no se rindió. Apretó la mandíbula y atacó de nuevo.
Lina bloqueó el golpe y respondió con una combinación rápida: golpe al brazo, golpe a la pierna, golpe al costado. Cada golpe era preciso y contundente.
El chico cayó de rodillas, pero aún así, no se rindió. Cerró los ojos por un momento, concentrando su Temt.
Lina lo vio. Vio cómo la energía se acumulaba alrededor de su cuerpo. Vio cómo se preparaba para contraatacar.
No le dio tiempo.
Se lanzó hacia él con una velocidad que parecía imposible. Su pie izquierdo se movió en un arco rápido, golpeando el rostro del chico con una fuerza brutal.
El chico voló por el aire, girando antes de caer al suelo. Quedó inconsciente, sin moverse.
El silencio se extendió por el coliseo.
—Gana Lina —anunció el instructor, con voz neutra.
Pero antes de que Lina pudiera bajar de la plataforma, la instructora de cabello gris se acercó a ella, con el rostro severo.
—Esto es un torneo, Lina —dijo, con voz cortante—. No una batalla. El chico ya estaba derrotado. No era necesario ese golpe.
Lina la miró con indiferencia.
—Él decidió seguir peleando —respondió, con frialdad.