El primer rayo de sol apenas comenzaba a asomarse sobre la Manada Colmillo de Plata cuando Helena abrió los ojos.
Otra vez el mismo sueño.
Un bosque cubierto por una niebla plateada.
Una enorme loba blanca caminando entre los árboles.
Y aquella voz dulce que siempre repetía las mismas palabras.
"Aún no..."
Helena se incorporó sobresaltada.
Su respiración era agitada y su corazón latía con fuerza.
Llevaba cinco años soñando con lo mismo.
Cinco años despertando antes del amanecer con la sensación de que alguien intentaba hablarle.
Pero nunca lograba recordar más.
Suspiró y salió de la cama.
Desde la ventana de su pequeña habitación observó cómo los miembros de la manada comenzaban a entrenar. Los rugidos de los lobos y el sonido de las espadas chocando entre sí llenaban el aire.
A Helena siempre le había gustado mirar los entrenamientos.
No porque pudiera participar.
Sino porque imaginaba cómo sería correr libre por el bosque.
Transformarse.
Sentir el viento entre el pelaje.
Ser una más.
Sonrió con tristeza.
Aquello nunca ocurriría... o al menos eso era lo que todos creían.
Se vistió rápidamente y bajó a la cocina.
Como todas las mañanas, preparó el desayuno antes de que el resto de la familia despertara.
El aroma del pan recién horneado llenó la casa.
No pasó mucho tiempo antes de que Richard apareciera.
—¿Todavía no terminaste? —preguntó con el ceño fruncido.
—Ya casi está listo.
Richard no respondió.
Simplemente tomó asiento.
Minutos después entraron Estella y Lía.
—Buenos días —dijo Lía con una sonrisa mientras abrazaba a Helena por detrás.
Helena soltó una pequeña risa.
—Buenos días.
Estella las observó en silencio.
Había algo en la sonrisa de Helena que siempre le recordaba a Aiden.
Y cada vez que lo notaba, una punzada de culpa atravesaba su corazón.
Ocultó sus pensamientos antes de que alguien pudiera notarlo.
Los cuatro comenzaron a desayunar.
Hasta que el sonido de un cuerno resonó por toda la manada.
Richard dejó los cubiertos sobre la mesa.
—El Alfa ha convocado a todos. Será mejor que nos demos prisa.
Las calles estaban llenas de lycans caminando hacia la plaza principal.
Helena avanzaba unos pasos detrás de su familia.
Como siempre.
—Miren quién viene...
—La chica sin loba.
—Veinte años y sigue siendo una humana.
—Qué vergüenza.
Las burlas se clavaban como pequeñas espinas.
Helena apretó las manos.
No respondió.
Había aprendido que el silencio dolía menos que intentar defenderse.
Cuando llegaron a la plaza, el Alfa ya esperaba junto a su hijo.
Jhon.
Alto.
Seguro de sí mismo.
Admirado por toda la manada.
Por un instante, sus ojos se encontraron con los de Helena.
Una extraña presión recorrió el pecho de ambos.
Fue apenas un segundo.
Jhon desvió la mirada primero.
Helena hizo lo mismo.
No entendía por qué, pero cada vez que él estaba cerca sentía que algo dentro de ella despertaba... una sensación cálida y desconocida que desaparecía tan rápido como llegaba.
El Alfa dio un paso al frente.
—Dentro de tres noches celebraremos el Festival de la Luna.
La plaza estalló en aplausos.
—Como cada año, la Diosa Luna revelará nuevas parejas destinadas y bendecirá a nuestra manada.
Helena bajó la mirada.
No esperaba encontrar a nadie.
¿Quién aceptaría como compañera a una mujer que todos creían incompleta?
Cuando la reunión terminó, la gente comenzó a dispersarse.
Helena caminó sola hacia el bosque. Era el único lugar donde podía respirar sin sentir el peso de las miradas.
Se sentó junto al viejo roble donde solía refugiarse desde niña.
Cerró los ojos.
El viento acarició su rostro.
Entonces volvió a escucharla.
Una voz.
Suave.
Lejana.
Casi un susurro.
"Pronto..."
Helena abrió los ojos de golpe.
Miró a su alrededor.
No había nadie.
Solo el bosque.
Solo el silencio.
Y, por un instante, la sensación de que unos ojos rojos la observaban desde lo más profundo de los árboles.
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Editado: 13.07.2026