El viejo roble siempre había sido el refugio de Helena.
Cuando las burlas se volvían demasiado difíciles de soportar, caminaba hasta aquel rincón del bosque y se sentaba bajo sus ramas. Allí, por unos instantes, el mundo parecía olvidar que existía.
El viento movía suavemente las hojas mientras los rayos del sol se filtraban entre ellas.
Helena cerró los ojos.
Por primera vez en el día, sintió un poco de paz.
—Aquí estás.
La voz de Lía la hizo sonreír.
—Sabía que te encontraría aquí.
Su hermana se dejó caer a su lado con una pequeña cesta entre las manos.
—Mamá preparó pan... y como Richard estaba distraído, robé un poco para nosotras.
Helena soltó una risa.
—¿Lo robaste?
—Prefiero decir que lo rescaté.
Las dos comenzaron a reír.
Era uno de esos pocos momentos en los que Helena olvidaba que era diferente.
Lía la observó de reojo.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Claro.
—¿Nunca te enojas?
Helena frunció el ceño.
—¿Por qué lo dices?
—Porque todos te tratan mal... y aun así siempre ayudas a los demás.
Helena bajó la mirada.
Tardó unos segundos en responder.
—Si me convierto en alguien cruel por culpa del dolor... entonces ellos habrán ganado.
Lía sintió un nudo en la garganta.
Su hermana era mucho más fuerte de lo que cualquiera imaginaba.
Después de un rato, Lía regresó a la aldea.
Helena permaneció un momento más bajo el árbol.
Llevó una mano hasta el cuello y sacó un pequeño colgante que siempre escondía bajo la ropa.
Era una luna creciente de plata, sencilla, con un diminuto cristal blanco en el centro.
No recordaba quién se lo había dado.
Solo sabía que, desde que tenía memoria, Estella le había pedido que nunca se lo quitara.
—"Prométeme que siempre lo llevarás contigo"— le había dicho cuando era niña.
Y Helena nunca rompía sus promesas.
Mientras acariciaba el colgante, una extraña calidez recorrió su cuerpo.
Por un instante, el cristal brilló con una luz tan tenue que pasó desapercibida.
Muy lejos de allí...
En una celda fría y oscura, un hombre abrió lentamente los ojos.
Las cadenas que sujetaban sus muñecas tintinearon.
Había sentido esa energía.
Débil.
Lejana.
Pero inconfundible.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro, aunque las lágrimas no tardaron en seguirla.
—Sigues viva... —susurró.
Aiden apoyó la frente contra la pared de piedra.
Habían pasado veinte años.
Veinte años sin verla.
Sin escuchar su voz.
Sin saber si alguna vez volvería a abrazarla.
Miró la pared frente a él.
Decenas de pequeñas marcas estaban grabadas en la piedra.
Una por cada cumpleaños que imaginó de su hija.
—Feliz cumpleaños... mi pequeña.
Su voz se perdió en el silencio de la prisión.
Y, por primera vez en mucho tiempo...
Sintió esperanza.
Porque el vínculo entre padre e hija seguía existiendo.
Y eso solo podía significar una cosa.
El sello estaba comenzando a debilitarse.
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Editado: 13.07.2026