La Última Loba Blanca

Capítulo 3: El heredero de la manada

El entrenamiento de la mañana había terminado.

El patio principal comenzaba a vaciarse mientras los guerreros regresaban a sus tareas.

Helena caminaba con una cesta llena de vendas y frascos de ungüento. Como casi todos los días, ayudaba en la enfermería de la manada. Era un trabajo silencioso y poco valorado, pero a ella no le importaba.

Le gustaba cuidar de los demás.

Mientras ordenaba unas hierbas medicinales, una voz la interrumpió.

—Helena.

Al levantar la vista encontró a la curandera de la manada.

—¿Sí, señora Elara?

—Necesito que lleves estas vendas al campo de entrenamiento. Algunos guerreros terminaron con heridas leves.

—Claro.

Helena tomó la cesta y salió.

Al llegar al campo, varios jóvenes comenzaron a murmurar.

—Miren quién vino...

—La chica sin loba.

—Seguro cree que algún día podrá entrenar con nosotros.

Helena respiró hondo.

Siguió caminando.

Ya estaba acostumbrada.

Cuando terminó de repartir las vendas, se dio la vuelta para marcharse.

En ese momento chocó contra alguien.

Las vendas cayeron al suelo.

—Lo siento... —dijo agachándose para recogerlas.

Otra mano tomó una de ellas antes que ella.

Helena levantó la vista.

Era Jhon Blackwood.

El heredero de la manada.

Durante un instante ninguno de los dos habló.

Al rozarse sus manos, una extraña corriente recorrió sus cuerpos.

Jhon frunció el ceño.

Helena retiró la mano de inmediato.

—Gracias.

Tomó la venda y dio un paso hacia atrás.

Pero antes de irse, escuchó la voz de uno de los guerreros.

—¿En serio dejaste que te tocara?

Las risas comenzaron de inmediato.

Otro añadió:

—Ten cuidado, Jhon. A lo mejor se te pega la mala suerte.

Helena apretó los labios.

No quería seguir escuchando.

Se dio media vuelta para marcharse.

Entonces...

—Basta.

La voz de Jhon fue firme.

El campo quedó en silencio.

—No vuelvan a hablar así mientras estén entrenando.

Los guerreros intercambiaron miradas.

Nadie respondió.

Helena sintió una pequeña sorpresa.

Era la primera vez que Jhon frenaba una burla.

No dijo nada.

Solo continuó caminando.

Desde lejos, Jhon la observó alejarse.

Había algo en ella que no lograba entender.

Cada vez que estaba cerca, su lobo se inquietaba.

Era una sensación incómoda.

Como si quisiera acercarse...

Y él luchara por mantenerlo bajo control.

Esa noche, durante la cena, el ambiente en la casa era tranquilo.

Lía hablaba sin parar sobre el Festival de la Luna.

—¿Creen que este año encontraré a mi pareja destinada?

Richard sonrió.

—Todavía eres joven.

—Eso no significa que no pueda conocerlo.

Estella rió por lo bajo.

Helena observaba la escena en silencio.

Le gustaba ver feliz a su hermana.

Cuando terminó la cena, comenzó a recoger los platos.

Uno resbaló de sus manos y cayó al suelo, haciéndose añicos.

El sonido rompió el silencio de la casa.

Richard suspiró con cansancio.

—¿No puedes prestar un poco más de atención?

—Lo siento...

Helena se agachó rápidamente para recoger los pedazos.

Uno de ellos le cortó la palma de la mano.

Una fina gota de sangre cayó sobre el suelo.

Por un instante...

El aire cambió.

Las velas de la cocina parpadearon.

Una suave brisa atravesó la habitación, aunque todas las ventanas estaban cerradas.

Helena levantó la vista, confundida.

Había durado apenas un segundo.

Nadie pareció notarlo.

Nadie...

Excepto Estella.

Su corazón se aceleró.

Conocía esa energía.

La había sentido veinte años atrás.

Y por primera vez en mucho tiempo...

Tuvo miedo.

El sello estaba comenzando a romperse.




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