La Última Loba Blanca

Capítulo 4: La mujer del bosque

Capítulo 4La mujer del bosque

"Ningún secreto permanece oculto para siempre bajo la luz de la luna."

La casa estaba en silencio.

Richard dormía profundamente y, en la habitación contigua, Lía y Helena descansaban ajenas al temor que mantenía despierta a Estella.

Desde la noche anterior no había logrado conciliar el sueño.

Cada vez que cerraba los ojos recordaba el pequeño corte en la mano de Helena, el viento que atravesó la cocina y las velas que parpadearon sin explicación.

No había sido una coincidencia.

Se levantó con cuidado para no despertar a Richard, tomó una capa oscura y salió de la casa.

La luna llena iluminaba el sendero que atravesaba el bosque.

Estella conocía aquel camino de memoria.

Durante veinte años lo había recorrido siempre que el miedo se hacía más fuerte que la esperanza.

Tras una larga caminata llegó hasta una pequeña cabaña escondida entre los árboles.

Las enredaderas cubrían gran parte de las paredes y el techo de madera parecía confundirse con el bosque.

Golpeó la puerta tres veces.

Antes de que pudiera hacerlo una cuarta, una voz tranquila habló desde el interior.

—Entra, Estella.

La puerta se abrió lentamente.

El cálido aroma de las hierbas secándose al fuego envolvió a Estella apenas cruzó el umbral.

Las paredes estaban cubiertas de antiguos libros, frascos de cristal y plantas medicinales.

Frente al hogar, removiendo un pequeño caldero, se encontraba una anciana de largo cabello blanco y ojos violetas.

Era Maeve.

La única persona, además de Estella, que conocía el verdadero origen de Helena.

Maeve levantó la vista y sonrió con serenidad.

—Hace tiempo que no venías.

Estella dejó caer la capucha.

—Porque intentaba convencerme de que todo seguía igual.

La sonrisa de Maeve desapareció.

—Pero ya no puedes hacerlo.

Estella respiró profundamente antes de hablar.

—Anoche Helena rompió un plato.

Cuando intentó recoger los pedazos se cortó la mano.

Solo fue un pequeño corte...

Pero sentí la magia.

Las velas comenzaron a parpadear y el viento entró en la cocina, aunque todas las ventanas estaban cerradas.

Maeve guardó silencio.

Luego cerró el libro que descansaba sobre la mesa.

—El sello está debilitándose.

Las palabras hicieron que el corazón de Estella se encogiera.

—No...

Todavía no.

—Han pasado veinte años.

Sabíamos que este momento llegaría.

Estella negó una y otra vez.

—Prometiste que estaría protegida.

—Y lo ha estado.

Durante veinte años nadie descubrió quién es realmente.

Maeve dio unos pasos hasta quedar frente a ella.

Su expresión se volvió más dulce.

—Su padre entregó su vida para darle esa oportunidad.

Estella cerró los ojos con fuerza.

Todavía le dolía recordar aquella noche.

—Aiden hizo el mayor sacrificio que un padre puede hacer.

Tú huiste con ella...

Y yo ayudé a sellar su magia y a dormir a la loba que llevaba en su interior.

La anciana tomó las manos temblorosas de Estella.

—Pero debes entender algo.

Ningún sello es eterno.

Llegará un momento en que la magia de Helena será más fuerte que el hechizo que la mantiene dormida.

Y cuando ese día llegue...

Nadie podrá detener su despertar.

Las lágrimas comenzaron a caer por las mejillas de Estella.

—Solo quería mantenerla con vida...

Su voz se quebró.

—Que pudiera crecer.

Reír.

Enamorarse algún día.

Tener una vida normal.

Nada más.

Maeve la miró con infinita ternura.

—Y gracias a ti lo ha conseguido durante veinte años.

Le diste un hogar.

Una familia.

El amor de una madre.

Ningún hechizo habría servido de nada sin eso.

Estella bajó la mirada.

—Tengo miedo de perderla.

—Lo sé.

Pero llegará el momento en que tendrás que confiar en ella.

Helena ya no es aquella bebé que protegías entre tus brazos.

Es una mujer.

Y aunque todavía no lo sabe...

También es mucho más fuerte de lo que imaginas.

El silencio volvió a llenar la pequeña cabaña.

Las dos mujeres salieron al exterior.

La luna llena brillaba sobre el bosque como si iluminara únicamente aquel lugar.

Maeve levantó la vista hacia el cielo.

Con una voz serena, casi como si recitara una antigua profecía, dijo:

—No importa cuánto intentemos ocultar la luna...

Siempre llegará la noche en que vuelva a brillar.

Estella siguió la dirección de su mirada.

Una lágrima recorrió lentamente su mejilla.

Por primera vez desde el nacimiento de Helena...

Sintió que el tiempo que había conseguido para proteger a su hija estaba llegando a su fin.

Sin decir una palabra más, se acomodó la capa y emprendió el camino de regreso a la manada.

Mientras caminaba bajo la luz de la luna, una única pregunta ocupaba su corazón.

¿Cómo proteger a una hija... cuando el destino ya ha comenzado a reclamarla?




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