"Hay palabras que hieren más que una espada, porque dejan cicatrices que nadie puede ver."
El sol brillaba sobre la Manada Colmillo de Plata mientras todos se preparaban para el Festival de la Luna.
Solo faltaban dos días.
Las calles estaban decoradas con cintas blancas y plateadas, los niños corrían entre los puestos del mercado y los guerreros terminaban de colocar las antorchas que iluminarían la gran celebración.
Helena ayudaba a Estella en la cocina cuando la puerta de la casa se abrió de golpe.
—¡Helena! —exclamó Lía con una enorme sonrisa—. Vamos al mercado.
Helena levantó la vista de la masa que estaba amasando.
—¿Ahora?
—¡Sí! Necesitamos comprar los vestidos para el festival.
Helena soltó una risa.
—Tú necesitas un vestido. Yo puedo usar el del año pasado.
Lía negó inmediatamente.
—Ni hablar.
—Lía...
—No aceptaré un no por respuesta.
Estella observó la escena con una sonrisa divertida.
—Ve con tu hermana. Hace tiempo que no salen juntas.
Helena suspiró con resignación.
—Está bien... pero solo voy a acompañarte.
Lía sonrió satisfecha.
—Eso ya lo veremos.
El mercado estaba repleto de gente.
Había puestos de telas, joyas, perfumes, zapatos y vestidos de todos los colores.
Las jóvenes de la manada recorrían los comercios imaginando cómo lucirían durante el Festival de la Luna.
Lía parecía una niña en una tienda de dulces.
—¿Cuál te gusta más?
Le mostró dos vestidos.
Uno verde esmeralda y otro azul claro.
Helena los observó unos segundos.
—El verde.
Hace que tus ojos resalten mucho más.
Lía sonrió.
—Sabía que ibas a decir ese.
Mientras la modista tomaba las medidas de Lía para hacerle algunos ajustes, Helena comenzó a recorrer el resto del local.
Entonces lo vio.
Un vestido azul noche, sencillo pero elegante, con delicados bordados plateados que parecían pequeñas estrellas.
Era precioso.
Sin darse cuenta, pasó la mano por la tela.
—Te quedaría muy bonito.
La voz de la modista la sobresaltó.
Helena sonrió con timidez.
—Es hermoso... pero no puedo comprarlo.
Además...
No tendría sentido.
La mujer notó la tristeza en sus ojos, pero no insistió.
En ese momento, una voz conocida hizo que el ambiente cambiara por completo.
—Vaya, vaya...
Helena se giró lentamente.
Rhea Storm acababa de entrar al local acompañada por tres de sus amigas.
Su largo cabello castaño perfectamente peinado, su vestido elegante y la seguridad con la que caminaba hacían que todas las miradas se dirigieran hacia ella.
Era la hija del Beta Gareth Storm.
Y todos en la manada sabían que, desde pequeña, había sido educada para convertirse algún día en la Luna del futuro Alfa.
Sus ojos recorrieron a Helena de arriba abajo.
—No esperaba encontrarte aquí.
Helena guardó silencio.
Rhea sonrió con superioridad.
—¿También viniste a comprar un vestido?
Una de sus amigas soltó una pequeña risa.
—¿Para qué? Si nadie va a fijarse en ella.
Las demás comenzaron a reír.
Lía dejó inmediatamente el vestido que estaba mirando y caminó hasta quedar al lado de su hermana.
—Déjenla en paz.
Rhea arqueó una ceja.
—Mira quién decidió hablar.
—No tienes derecho a tratarla así.
—¿Y quién va a impedírmelo?
Lía dio un paso al frente.
Helena sujetó suavemente su brazo.
—Lía...
—No.
Estoy cansada de que todos crean que pueden humillarte.
Rhea soltó una risa burlona.
—Qué enternecedor.
Después volvió a mirar a Helena.
Su sonrisa era tan falsa como hermosa.
—Disfruta el Festival de la Luna, Helena.
Por un instante pareció que realmente hablaba con amabilidad.
Luego se dio media vuelta y comenzó a alejarse junto a sus amigas.
Después de unos pasos, habló lo suficientemente alto para que todos la escucharan.
—Aunque lo dudo...
Sus amigas la miraron.
Rhea sonrió con arrogancia.
—Dudo mucho que una chica sin loba encuentre a su alma gemela.
Las cuatro estallaron en carcajadas mientras abandonaban el local.
Lía dio un paso hacia adelante.
—¡Rhea!
Helena la sujetó con más fuerza.
—Déjala.
—¿Cómo puedes permitir que te hable así?
Helena respiró hondo.
—Porque discutir con ella no cambiará lo que piensa.
Lía bajó la cabeza con impotencia.
Odiaba verla soportar tantos desprecios sin poder hacer nada.
Cuando salieron de la tienda, el entusiasmo de Lía había desaparecido.
Caminaron juntas por el mercado en silencio.
Después de unos minutos, Helena rompió el silencio.
—El vestido verde te queda precioso.
Lía sonrió apenas.
—Lo dices para cambiar de tema.
—Tal vez.
Las dos rieron suavemente.
Aquella pequeña risa fue suficiente para aliviar un poco la tristeza.
Antes de regresar a casa, Lía tomó la mano de su hermana.
—Prométeme algo.
Helena la miró.
—¿Qué sucede?
—Prométeme que, pase lo que pase en el Festival de la Luna, nunca vas a creer todo lo malo que dicen de vos.
Helena sintió un nudo en la garganta.
Apretó con cariño la mano de su hermana.
—Te lo prometo.
Juntas emprendieron el camino de regreso a casa.
Mientras caminaban bajo la luz del atardecer, ninguna de las dos imaginaba que, en apenas dos noches, el destino pondría a prueba aquella promesa de la forma más cruel.
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Editado: 13.07.2026