La Última Loba Blanca

Capítulo 8: La noche que cambiaría todo

"Hay momentos que parecen simples recuerdos... hasta que descubrimos que fueron los últimos instantes antes de que todo cambiara."

El amanecer llegó más rápido de lo que Helena esperaba.

Desde muy temprano, la Manada Colmillo de Plata estaba llena de movimiento.

Las calles estaban decoradas con flores blancas y cintas plateadas. Los guerreros colocaban las últimas antorchas alrededor de la plaza principal y las familias se preparaban para la celebración más importante del año.

El Festival de la Luna.

La noche en la que la Diosa Luna revelaba los vínculos destinados.

Para la mayoría de los jóvenes de la manada, era una noche llena de ilusión.

Para Helena, era una noche que prefería no pensar demasiado.

Se quedó unos minutos frente al espejo observando su reflejo.

Durante años había escuchado las mismas palabras.

Sin loba.

Diferente.

No pertenece.

Había aprendido a ignorarlas.

O al menos eso intentaba.

Porque aunque fingía que no le importaba, una pequeña parte de ella todavía se preguntaba si algún día alguien la elegiría.

Un suave golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.

—¿Helena?

Sonrió al escuchar la voz de su hermana.

—Pasa, Lía.

La puerta se abrió y Lía entró con una caja entre sus manos.

Su sonrisa era imposible de ocultar.

—Tengo algo para ti.

Helena miró la caja con curiosidad.

—¿Qué es?

—Ábrela.

Con cuidado, Helena levantó la tapa.

Y se quedó sin palabras.

Dentro estaba el vestido azul oscuro con detalles plateados que había visto en la tienda.

El mismo que había admirado en silencio.

El mismo que creyó que nunca tendría.

—Lía...

Su hermana sonrió.

—Sabía que ibas a decir mi nombre con esa cara.

Helena tocó la tela con cuidado.

—No tenías que comprarlo.

—Sí tenía.

Helena negó suavemente.

—Era demasiado.

Lía se sentó a su lado.

—Cuando lo viste en la tienda...

Vi tus ojos.

Helena levantó la mirada.

—¿Qué?

—Vi cómo lo miraste.

Por un momento olvidaste todo lo que la gente dice de ti.

Solo viste algo hermoso y pensaste que no podías tenerlo.

Lía tomó su mano.

—Y no pude evitarlo.

Quería que por una noche dejaras de pensar en lo que los demás ven.

Quería que vieras lo que yo veo.

Helena sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas.

—Eres demasiado buena conmigo.

Lía negó con una sonrisa.

—No.

Solo soy tu hermana.

Y las hermanas hacen estas cosas.

Helena la abrazó con fuerza.

Durante unos segundos no existió la manada.

No existieron los rumores.

No existió el miedo.

Solo ellas dos.

Horas más tarde, Helena terminó de prepararse.

El vestido azul oscuro caía suavemente sobre su cuerpo y los detalles plateados brillaban bajo la luz de la habitación.

Lía la observaba con una sonrisa orgullosa.

—Sabía que te quedaría perfecto.

Helena miró nuevamente su reflejo.

Por primera vez en mucho tiempo, no vio a la chica diferente.

Vio a una joven de veinte años.

Una joven que merecía sentirse bonita.

Lía se acercó y acomodó algunos mechones de su cabello.

—Prométeme algo.

Helena la miró a través del espejo.

—¿Qué cosa?

—Que esta noche no vas a esconderte.

Helena sonrió levemente.

—Lo intentaré.

—No.

Lía negó con la cabeza.

—No lo intentes.

Hazlo.

Porque aunque ellos no lo vean...

Yo sí sé quién eres.

Helena abrazó a su hermana una vez más.

Un llamado desde abajo les avisó que era hora de salir.

Cuando Helena llegó a la entrada de la casa junto a Lía, Estella se quedó inmóvil.

Durante unos segundos no pudo decir nada.

Porque frente a ella no estaba la niña que solía correr por la casa buscando a su madre.

Estaba Helena.

Su hija.

Una joven hermosa, con una mirada llena de luz y una fuerza que ni siquiera ella parecía reconocer todavía.

Los ojos de Estella se llenaron de emoción.

—Helena...

Ella sonrió con un poco de preocupación.

—¿Mamá? ¿Qué pasa?

Estella negó suavemente y se acercó.

Tomó sus manos entre las suyas.

—Nada, mi amor.

Es solo que...

Me emociona verte así.

Ver a mi hija convertida en una mujer tan hermosa.

Helena bajó la mirada con una pequeña sonrisa.

Estella acarició su rostro con ternura.

—Me gustaría verte más seguido así.

Con ese brillo en tus ojos.

Sin preocuparte por lo que los demás piensen.

Sin sentir que tienes que demostrarle nada a nadie.

Helena sintió un nudo en la garganta.

—Mamá...

Estella apretó sus manos con cariño.

—Escúchame, Helena.

No importa lo que ocurra esta noche.

No importa si encuentras a tu pareja destinada o no.

La Diosa Luna siempre tiene un plan para todos.

A veces el camino que nos toca recorrer no es el que imaginamos.

Pero eso no significa que no nos lleve hacia algo hermoso.

Helena sonrió con los ojos llenos de emoción.

—Gracias, mamá.

Estella la abrazó.

—Siempre voy a estar orgullosa de ti, hija.

Siempre.

Al salir de la casa, Helena miró hacia la plaza.

Las luces iluminaban la noche que comenzaba.

La música ya se escuchaba a la distancia.

Toda la manada esperaba el momento en que la luna llena alcanzara el punto más alto del cielo.

La noche del Festival había llegado.

Y ninguno de ellos sabía que, bajo aquella misma luna...

El destino estaba a punto de cambiar sus vidas para siempre.




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