"La Diosa Luna no siempre nos muestra un camino fácil. A veces nos entrega un destino que pone a prueba quiénes somos realmente."
La plaza central de la Manada Colmillo de Plata nunca había estado tan hermosa.
Cientos de luces iluminaban el lugar mientras la luna llena comenzaba a elevarse sobre el cielo oscuro.
Las familias se reunían alrededor de la gran hoguera central, los guerreros conversaban entre ellos y los jóvenes no podían ocultar los nervios.
El Festival de la Luna era una de las noches más importantes para cualquier licántropo.
La noche en la que muchos encontraban a su pareja destinada.
La persona que la Diosa Luna había elegido para compartir su vida.
Helena caminaba junto a Lía y Estella, intentando ignorar las miradas que recibía.
Algunas eran curiosas.
Otras eran las mismas de siempre.
Miradas que le recordaban que era diferente.
Que no tenía una loba.
Que no pertenecía completamente a la manada.
—No les prestes atención —susurró Lía al notar su expresión.
Helena la miró con una pequeña sonrisa.
—¿Tan fácil es leerme?
—Para mí sí.
Lía tomó su mano.
—Además, esta noche no quiero que pienses en ellos.
Quiero que disfrutes.
Helena observó a su hermana y sonrió.
Por un momento, logró olvidarse de todo lo demás.
Al otro lado de la plaza, Jhon Blackwood llegó acompañado por sus padres.
Como futuro Alfa, todas las miradas se dirigieron hacia él.
Había sido preparado desde niño para ese momento.
Para liderar.
Para proteger.
Para ser el próximo Alfa de Colmillo de Plata.
A unos pasos de distancia estaba Rhea Storm.
Su vestido era elegante y su expresión mostraba la seguridad de alguien que siempre había creído conocer su destino.
Desde pequeña había escuchado que algún día sería la Luna de la manada.
La pareja perfecta para Jhon.
Y ella estaba convencida de que esa noche la Diosa Luna confirmaría lo que todos esperaban.
Pero Jhon no podía quitarse una extraña sensación de encima.
Su lobo llevaba días inquieto.
Como si estuviera esperando algo.
Algo que él todavía no podía comprender.
La celebración continuó durante horas.
La música llenaba el ambiente y las familias compartían comida y risas.
Helena observaba todo desde cierta distancia.
Por un momento, deseó poder sentirse parte de aquello.
No como la chica sin loba.
No como la hija extraña de Estella.
Solo como Helena.
Una joven más esperando descubrir qué le tenía preparado la vida.
Entonces la luna alcanzó el punto más alto del cielo.
Y todo cambió.
Jhon sintió primero la reacción de su lobo.
Una fuerza dentro de él despertó de golpe.
Su respiración se detuvo.
Su cuerpo se tensó.
No necesitaba que nadie se lo explicara.
Los licántropos nacían sabiendo reconocer ese momento.
El vínculo.
Su pareja destinada.
Su mate.
Entonces la buscó.
Y la encontró.
Helena.
Por unos segundos, el mundo pareció desaparecer.
Solo estaban ellos dos.
Y entonces llegó su aroma.
Dulce.
Cálido.
Inconfundible.
Helado de vainilla y caramelo.
Su postre favorito desde niño.
El olor que, en cualquier otra situación, habría hecho que su lobo se acercara sin pensarlo.
Su lobo la reconoció.
La aceptó.
La eligió.
Pero Jhon no pudo hacerlo.
Porque la persona que la Diosa Luna había elegido para él...
Era Helena Ashcroft.
La chica sin loba.
La chica a la que la manada había mirado durante años como alguien inferior.
La chica que jamás podría transformarse.
Su corazón le decía una cosa.
Su orgullo y su miedo le decían otra.
No podía ser.
No podía aceptar eso.
Su padre jamás lo permitiría.
Victor Blackwood había construido toda su vida alrededor del poder y la tradición.
Nunca aceptaría que su heredero estuviera unido a alguien que la manada consideraba débil.
Mucho menos alguien que no podía convertirse en Luna.
Jhon apretó la mandíbula.
El vínculo estaba ahí.
Era real.
Pero por primera vez en su vida...
Deseó que la Diosa Luna se hubiera equivocado.
Helena, en cambio, no entendía nada.
Cuando sus ojos se encontraron con los de Jhon, una extraña sensación recorrió su cuerpo.
Un hormigueo suave bajo su piel.
Como si algo invisible la conectara con él.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
Más rápido de lo normal.
Por unos segundos se quedó inmóvil.
¿Qué era eso?
¿Por qué sentía como si una parte de ella reconociera a Jhon?
Nunca había sentido algo parecido.
No era dolor.
No era miedo.
Era algo extraño.
Algo que parecía venir desde lo más profundo de ella.
Helena llevó una mano a su pecho.
No entendía lo que estaba ocurriendo.
Ella no tenía loba.
Ella no podía sentir un vínculo.
¿O sí?
Buscó una respuesta en el rostro de Jhon.
Y entonces la encontró.
No había felicidad.
No había emoción.
No había alegría.
Solo había sorpresa...
Y después algo peor.
Desprecio.
Como si aquello que acababan de descubrir fuera una vergüenza.
Como si ella fuera un error.
El extraño sentimiento dentro de Helena comenzó a desaparecer.
Porque en ese momento entendió algo.
Aquello que todos esperaban como el momento más hermoso de sus vidas...
Para ella no era un sueño.
Era el principio de una herida que todavía no sabía cuánto iba a doler.
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Editado: 13.07.2026