La Última Loba Blanca

Capítulo 11: Heridas que no se ven

"A veces quienes más nos aman intentan protegernos de la forma equivocada."

El camino de regreso a casa fue más silencioso de lo normal.

Helena caminaba junto a Lía y Estella bajo la luz de la luna, pero parecía estar muy lejos de ellas.

No lloraba.

No hablaba.

No se quejaba.

Y eso era lo que más preocupaba a Estella.

Conocía a su hija.

Sabía que cuando Helena sufría, no buscaba que otros vieran su dolor.

Lo escondía.

Como había hecho toda su vida.

Lía no soltó su mano ni un solo momento.

Sabía que no había palabras capaces de arreglar lo que había ocurrido esa noche.

Porque no había sido solamente un rechazo.

Había sido descubrir que alguien podía ser elegido por la Diosa Luna y aun así no ser elegido por la persona destinada.

Cuando llegaron a casa, Helena se detuvo antes de entrar.

—Estoy cansada.

Estella abrió la boca para decir algo, pero Helena sonrió suavemente.

—De verdad, mamá.

Solo necesito dormir.

Y antes de que pudieran responder, subió las escaleras.

Lía observó cómo se alejaba.

—No está bien.

Estella negó con tristeza.

—Lo sé.

Pero también sé que mi hija necesita decidir cuándo quiere hablar.

Un rato después, Richard regresó.

Había notado el ambiente extraño desde que entró a la casa.

—¿Qué ocurrió?

Estella levantó la mirada.

Durante unos segundos no pudo responder.

Todavía sentía una mezcla de tristeza e impotencia.

—Jhon la rechazó.

El rostro de Richard cambió.

—¿Qué?

—La Diosa Luna los unió.

Pero él no aceptó el vínculo.

Richard guardó silencio.

No esperaba escuchar eso.

—Fue delante de toda la manada —continuó Estella—. Todos lo vieron.

Richard suspiró lentamente.

—Déjala descansar.

Estella lo miró sorprendida.

—¿Eso es todo?

—No, claro que no.

Richard negó.

—Pero Helena necesita tiempo.

Ahora mismo está herida y es normal que sienta que todo es más grande de lo que realmente es.

Mañana estará mejor.

Estella bajó la mirada.

No estaba de acuerdo.

Pero sabía que Richard no decía esas palabras por falta de amor.

Simplemente no entendía que algunas heridas no desaparecían al despertar.

A la mañana siguiente, Helena bajó a desayunar.

Había dormido poco.

Pero se había obligado a levantarse.

No quería que nadie pensara que el rechazo de Jhon había conseguido destruirla.

Lía estaba a su lado, hablando de cosas sin importancia, intentando distraerla.

Richard permanecía en silencio observándola.

Finalmente decidió hablar.

—Helena.

Ella levantó la mirada.

—¿Sí?

—He estado pensando en algo.

Helena esperó.

—Quizás deberías buscar un trabajo fuera de la manada.

Ella frunció el ceño.

—¿Fuera?

Richard asintió.

—En la ciudad humana, tal vez.

Algo nuevo.

Algo que te permita construir tu propia vida.

Helena sintió que algo dentro de ella se cerraba.

—¿La enfermería no es suficiente?

Richard negó rápidamente.

—No dije eso.

Pero tienes veinte años.

No puedes pasar toda tu vida aquí.

Necesitas conocer más cosas.

Tener tus propios objetivos.

Helena bajó la mirada.

Sabía que quizás Richard no lo decía con mala intención.

Pero sus palabras dolían.

Porque después de una noche donde la manada le había recordado que no pertenecía...

Ahora sentía que incluso su hogar le estaba diciendo lo mismo.

—Lo pensaré.

Fue lo único que respondió.

Después ayudó a Lía a terminar sus cosas y ambas salieron de la casa.

Cuando la puerta se cerró, Estella miró a Richard.

Y esta vez no pudo quedarse callada.

—Eres demasiado duro con ella.

Richard suspiró.

—Estella...

—No.

Su voz era tranquila, pero firme.

—Ayer la rechazaron delante de todos.

Hoy lo primero que escucha es que debería irse a la ciudad.

¿No entiendes cómo puede sentirse?

Richard apretó la mandíbula.

—No quiero que se vaya porque no la quiera.

Quiero que tenga una vida.

Una vida donde no tenga que escuchar todos los días que es diferente.

Estella lo observó.

—Pero la estás haciendo sentir que tú también piensas eso.

Hubo silencio.

Richard bajó la mirada.

—¿Crees que no me duele verla sufrir?

¿Crees que no veo cómo la tratan?

Su voz se volvió más baja.

—Helena es mi hija.

Y precisamente por eso tengo miedo.

Estella suavizó un poco su expresión.

Richard continuó:

—No puedo estar siempre ahí para protegerla.

La manada no va a cambiar porque yo lo quiera.

El mundo no siempre será amable con ella.

Necesito que sea fuerte.

Necesito que pueda defenderse cuando yo no pueda hacerlo.

Estella guardó silencio.

Porque ahora entendía que detrás de la dureza de Richard no había indiferencia.

Había miedo.

Miedo de no poder proteger a una hija que amaba.

Lo que ninguno de los dos sabía...

Era que Helena no era simplemente una joven sin loba intentando encontrar su lugar.

Algo dentro de ella estaba despertando.

Una magia antigua que había permanecido dormida durante veinte años.

Y cuando esa magia finalmente saliera a la luz...

La manada que la había rechazado descubriría que nunca habían conocido realmente a Helena Ashcroft.




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