"Hay heridas que cicatrizan con el tiempo... y otras que cambian para siempre la forma en la que vemos el mundo."
La noticia se había extendido por toda la Manada Colmillo de Plata antes de que saliera el sol.
No había un solo licántropo que no conociera lo ocurrido durante el Festival de la Luna.
El futuro Alfa había encontrado a su pareja destinada.
Y la había rechazado delante de todos.
Helena caminaba hacia la enfermería con la cabeza en alto.
Sentía las miradas clavadas en su espalda.
Los susurros.
Las risas apagadas.
Las palabras que creían que ella no podía escuchar.
—Pobre...
—Ni la Diosa Luna pudo convencer al futuro Alfa de aceptarla.
—¿Quién querría una Luna que ni siquiera puede transformarse?
Helena respiró hondo.
Siguió caminando.
No iba a darles la satisfacción de verla llorar.
No otra vez.
La enfermería era el único lugar donde encontraba un poco de paz.
El aroma de las hierbas medicinales siempre lograba tranquilizarla.
La anciana Alma, la curandera principal, levantó la vista al verla entrar.
No dijo nada.
Simplemente abrió los brazos.
Helena dudó apenas un segundo antes de abrazarla.
Y fue entonces cuando comprendió cuánto necesitaba ese abrazo.
—Llora si lo necesitas —susurró Alma.
Helena cerró los ojos.
—No quiero.
—¿Porque eres fuerte...
...o porque llevas demasiado tiempo creyendo que no tienes derecho a hacerlo?
Aquellas palabras atravesaron las defensas que Helena había levantado durante años.
Las lágrimas comenzaron a caer en silencio.
No eran solamente por Jhon.
Ni siquiera estaba segura de sentir algo por él.
Lloraba porque durante un instante había pensado que, tal vez...
La Diosa Luna también la había elegido a ella.
Y ese sueño había durado apenas unos segundos.
Alma acarició su cabello con ternura.
—No permitas que una decisión equivocada de otro defina el valor que tienes.
Helena levantó la mirada.
—¿Y si él tenía razón?
La anciana sonrió con tristeza.
—Los hombres pueden equivocarse.
Incluso los futuros Alfas.
Mientras ordenaba algunos frascos de hierbas, Helena volvió a recordar la noche anterior.
Aquella extraña sensación.
El hormigueo bajo su piel.
Su corazón acelerándose sin razón.
Nunca había sentido algo parecido.
Si de verdad no tenía una loba...
¿Por qué había ocurrido?
Una pequeña chispa azul apareció entre sus dedos.
Duró menos de un segundo.
Tan poco que Helena creyó haberlo imaginado.
Miró su mano.
No había nada.
Frunció el ceño.
—Debo estar cansada...
Se dijo a sí misma.
Pero una extraña inquietud permaneció en su pecho.
Muy lejos de allí...
En la Manada Luna de Sangre...
Maeve dejó caer de golpe la taza de té que sostenía.
La porcelana se hizo añicos contra el suelo.
Su respiración se agitó.
Había sentido algo.
Una energía antigua.
Familiar.
Cerró los ojos.
No.
No podía ser.
Después de veinte años...
El sello estaba debilitándose.
La magia de Helena comenzaba a abrirse paso.
Una suave sonrisa apareció en sus labios.
—Ya empezó...
Murmuró.
La puerta de la habitación se abrió.
Darius Dravenhart apareció al escuchar el ruido.
—¿Ocurre algo?
Maeve levantó la vista.
Lo observó durante unos segundos.
Luego sonrió de una forma que él no supo interpretar.
—El destino acaba de dar el primer paso.
Darius frunció el ceño.
—¿De qué estás hablando?
Maeve caminó hasta la ventana y contempló la luna que aún era visible en el cielo.
—Hay encuentros que no pueden evitarse.
Por más que el mundo entero intente impedirlos.
Y el tuyo...
Está mucho más cerca de lo que imaginas.
Darius permaneció en silencio.
No entendía aquellas palabras.
Pero algo en el tono de Maeve le hizo sentir que una nueva etapa estaba a punto de comenzar.
Sin saberlo...
Muy lejos de allí...
Una joven de cabello rubio ceniza acababa de cambiar el rumbo de su destino.
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Editado: 21.07.2026