La Última Loba Blanca

Capítulo 15 : Lo que no se dice

La enfermería estaba más ocupada de lo habitual.
Uno de los guerreros había llegado con una herida en el brazo después del entrenamiento y dos niños habían aparecido con raspones en las rodillas.
Helena se movía de un lado a otro preparando vendas y recogiendo frascos.
—Necesito más árnica —dijo una de las sanadoras.
—Voy por ella.
Helena se dirigió hacia el armario.
Al abrirlo, una pequeña corriente de aire recorrió la habitación.
Las hojas secas de las hierbas se movieron.
Helena se quedó quieta.
Una de las plantas comenzó a desprender un tenue brillo plateado.
Parpadeó.
El brillo desapareció.
Helena acercó el rostro.
Nada.
Solo una planta seca.
—¿Helena?
La voz de la sanadora la hizo sobresaltarse.
—¿Sí?
—¿Encontraste el árnica?
Helena tomó el frasco.
—Sí.
Guardó la inquietud para sí misma.
No quería preocupar a nadie.

Al otro lado de la manada, Rhea llevaba casi una hora revisando las invitaciones de su boda.

Había pedido cuatro diseños diferentes.
Ninguno la convencía.
Jhon entró en la habitación después de entrenar.
Rhea levantó la mirada.
—Llegas tarde.
Jhon dejó sus guantes sobre una silla.
—Dijiste que querías que viniera después del entrenamiento.
—Hace cuarenta minutos.
—Entonces llegué cuarenta minutos tarde.
Rhea lo miró con evidente molestia.
—No tienes gracia.
—No estaba intentando ser gracioso.
Ella tomó una invitación y se la tendió.
—Mira.
Jhon la observó.
—Está bien.
Rhea abrió la boca.
La cerró.
Volvió a abrirla.
—¿Eso es todo?
—¿Qué quieres que diga?
—No sé. Algo.
—Es bonita.
—¿Bonita?
Jhon suspiró.
—Rhea...
—No.
Ella dejó la invitación sobre la mesa.
—No quiero que me digas que es bonita. Quiero que te importe.
Jhon se quedó callado.
Rhea desvió la mirada.
—Llevo días organizando todo esto.
Las flores, la comida, los invitados, la ceremonia...
Y tú apareces, miras una invitación durante dos segundos y dices que está bonita.
—No sé qué quieres que haga.
—¡Que participes!
—Estoy participando.
—No. Estás cumpliendo.
La palabra quedó suspendida entre ambos.
Jhon apretó ligeramente la mandíbula.
—¿Qué quieres decir?
Rhea lo miró directamente.
—Que parece que haces todo esto porque tienes que hacerlo.
Jhon no respondió.
Rhea se levantó.
—¿Es verdad?
—Es mi deber.
—No te pregunté eso.
Él apartó la mirada.
—Rhea...
—¿La amas?
Jhon levantó los ojos de golpe.
Ella tragó saliva.
—A ella, a Helena.
Jhon endureció el rostro.
—No vuelvas a hablar de ella.
—¿Por qué?
—Porque no tiene nada que ver con nosotros.
Rhea soltó una pequeña risa amarga.
—Claro que tiene que ver.
Jhon se acercó un paso.
—Ya la rechacé.
—Pero no la olvidaste.
Silencio.
Rhea respiró profundamente.
—¿Sabes qué es lo que más me molesta?
Jhon no respondió.
—Que todos creen que tuve suerte.
Que soy la hija del Beta, que voy a ser la Luna de esta manada, que conseguí exactamente lo que quería.
(Sus ojos comenzaron a humedecerse, aunque se negó a dejar caer una lágrima.)
—Y quizá sea verdad. Quizá debería sentirme feliz.
Pero cuando te miro...
No parece que estés feliz de casarte conmigo.
Jhon bajó la mirada.
Por un instante, quiso decir algo.
Algo que pudiera tranquilizarla.
Pero no encontró las palabras.
Porque Rhea tenía razón.
Él había aceptado aquella boda.
Pero una parte de su corazón seguía atrapada en aquella noche.
En una mirada gris.
En una voz temblorosa.
En unas palabras que nunca quiso escuchar.
Yo, Helena Ashcroft, acepto tu rechazo.
Jhon cerró los ojos un instante.
—No puedo cambiar lo que pasó.
Rhea respondió en voz baja:
—No, pero puedes decidir qué haces ahora.
Jhon la miró.
Rhea tomó nuevamente la invitación.
—Solo necesito que estés conmigo en esto.
Que cuando todos nos miren, no parezca que estás esperando estar en cualquier otro lugar, al final cuando me marques dejarás de sentir lo que sea que estés sintiendo por esa loba a la que rechazaste.
Jhon tardó unos segundos en responder.
—Lo haré.
Rhea asintió.
No parecía completamente satisfecha.
Pero aceptó la respuesta.
—Bien.
Entonces elige.
Le mostró nuevamente las invitaciones.
—¿Esta o esta?
Jhon las observó.
—La segunda.
Rhea sonrió apenas.
—Por fin una opinión.
Jhon soltó una pequeña risa.
—No empieces.
—No prometo nada.
La tensión disminuyó un poco.
Pero ninguno de los dos había olvidado la conversación.

Esa tarde, Helena volvió a casa con Lía.
Estella las esperaba en la cocina.
—Llegaron justo a tiempo.
—¿Para qué? —preguntó Lía.
—Para ayudarme.
Lía se detuvo en seco.
—Mamá...
Estella sonrió.
—No pongas esa cara.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
—Eso es lo que dices antes de pedirnos algo.
Helena comenzó a reír.
Estella señaló una bandeja.
—Necesito que lleven esto a la mesa.
—Eso no es ayudar.
—Entonces puedes irte.
—¡Helena!
Lía la señaló indignada.
—Dile algo.
Helena levantó las manos.
—Yo no me meto.
Estella negó con la cabeza mientras sonreía.
Por un momento, la casa volvió a sentirse como antes.
Cálida.
Segura.
Familiar.
Helena observó a su madre y a su hermana discutir por una tontería y sintió algo extraño.
Una especie de paz.
Pero entonces...
Su corazón dio un pequeño salto.
La misma sensación.
Ese hormigueo recorrió sus brazos.
Helena miró hacia la ventana.
La luna todavía no había salido.
Y, sin embargo...
Durante un instante pudo jurar que había visto una sombra blanca entre los árboles.
Un lobo.Entre la niebla creyó distinguir una silueta blanca.
Su corazón se aceleró.
Parpadeó.
Ya no había nada.
Solo los árboles moviéndose suavemente con el viento.
Helena se quedó mirando durante unos segundos.
No sabía por qué, pero una parte de ella estaba segura de haber visto la silueta. O tal vez fue su imaginación, al fin y al cabo estaba cansada y no había dejado de pensar en el sueño extraño que tuvo, debió ser eso.




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