La Última Loba Blanca

Capítulo 16 : Señales

La mañana siguiente comenzó con una lluvia ligera.
Helena observaba las gotas golpear el cristal de la ventana mientras terminaba de trenzarse el cabello.
—¿Vas a quedarte mirando la lluvia toda la mañana?
La voz de Lía hizo que se girara.
—Estoy pensando.
—Eso es peligroso a estas horas.
Helena sonrió.
—Muy graciosa.
Lía entró en la habitación y se sentó sobre la cama.
—Mamá quiere que vayamos al mercado.
—¿Para qué?
—Necesita comprar algunas cosas para la casa.
Helena hizo una mueca.
—No tengo ganas.
—Díselo a mamá.
—No quiero morir.
Lía soltó una carcajada.
—Cobarde.
Helena terminó de acomodarse el cabello.
—¿Tú vas a ir?
—Sí.
—Entonces voy contigo.
—Sabía que no me abandonarías.
Lía se levantó y la tomó del brazo.
—Vamos antes de que mamá decida que necesita algo más.
—Demasiado tarde hermanita, ya habrá pensado que tareas nos tocaran hoy.
El mercado estaba lleno.
Los puestos habían comenzado a decorarse con cintas plateadas debido a la proximidad de la boda.
Helena caminaba junto a Lía mientras Estella revisaba una lista.
—Necesitamos harina, miel, frutas, algunas hierbas...
—¿Y por qué estamos comprando comida para un batallón si en la casa somos cuatro.
preguntó Helena.
Estella la miró por encima de la lista.
—Porque quiero tener todopara no tener que volver por lo menos en 15 dias.
—Mamá, vas no vamos a poder llevar todo solo tenemos dos manos cada una.
Lía se tapó la boca para contener la risa.
Estella intentó mantenerse seria.
—Ya deja de quejarte si aún no llevas nada en las manos.
Las tres continuaron caminando.
Helena se detuvo frente a un pequeño puesto de dulces.
—Mamá...
Estella siguió caminando.
—No.
—Ni siquiera dije nada.
—Conozco esa mirada.
Lía se acercó al puesto.
—Yo quiero.
Estella suspiró.
—Una.
—Dos.
—Una.
—Una y media.
—Lía.
—Está bien.
Helena se rio.
—Son peores que los niños.
Mientras Estella negociaba con el vendedor, Helena se alejó unos pasos.
Un pequeño zorro apareció detrás de uno de los puestos.
La joven lo observó sorprendida.
El animal no parecía asustado.
Al contrario.
Se acercó lentamente.
Helena extendió la mano.
—Hola...
El zorro olfateó sus dedos.
Luego apoyó el hocico contra su palma.
Helena sonrió.
—Eres precioso.
Una sensación cálida recorrió su mano.
El animal levantó la cabeza de repente.
Sus ojos se fijaron en los de Helena.
Durante un instante, ella sintió algo extraño.
Como si pudiera entenderlo.
Corre.
Helena retiró la mano.
El zorro salió disparado hacia el bosque.
—¿Helena?
Lía se acercó.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—Estabas hablando con un zorro.
—Solo lo estaba saludando.
Lía la miró divertida.
—Claro.
Helena sonrió, pero su mirada siguió al animal hasta que desapareció.
No podía explicar lo que había sentido.

Muy lejos de allí, en la Manada Luna de Sangre...
Darius salió del río con el cabello completamente mojado.
Kael lo esperaba sentado sobre una roca.
—Tardaste.
—¿Tenías prisa?
—Tengo hambre.
—Ese no es mi problema.
Kael se levantó.
—¿Sabes qué necesita un Alfa?
—¿Qué?
—Un buen Beta.
Darius arqueó una ceja.
—¿Y dónde puedo conseguir uno?
Kael se llevó una mano al pecho.
—Después de tantos años...
Darius soltó una carcajada.
—Vamos.
Los dos comenzaron a caminar hacia la aldea.
—¿Entrenamiento esta tarde?
preguntó Kael.
—Sí.
—¿Otra vez?
—¿Te estás quejando?
—No.
Estoy diciendo que deberías dejarme ganar alguna vez.
Darius lo miró.
—Eso nunca va a pasar.
—Algún día seré yo quien te derribe.
—Ese día te regalaré una estatua.
Kael sonrió.
—Quiero que sea de oro.
—No abuses.
—Soy tu Beta. Me lo merezco.
Darius negó con la cabeza.
—Eres insoportable.
—Y aun así me mantienes a tu lado.
—Eso dice más de mi paciencia que de tus cualidades.
Los dos siguieron caminando entre risas.
Pero cuando llegaron al patio principal, Kael notó que Darius se había quedado mirando hacia el cielo.
—¿Qué pasa?
Darius tardó unos segundos en responder.
—Nada.
—Eso no fue una respuesta.
Darius volvió la mirada hacia él.
—Desde hace unos días tengo una sensación extraña.
—¿Qué clase de sensación?
—No lo sé, como si algo estuviera cambiando.
Kael frunció el ceño.
—¿Algo relacionado con la manada?
—No.
Darius negó.
—Es diferente.
No sabía cómo explicarlo.
No era una amenaza.
No exactamente.
Era como si una presencia lejana hubiera comenzado a rozar los límites de su territorio.
Kael lo observó unos segundos.
—¿Quieres que mande exploradores?
Darius negó.
—Todavía no.
Si vuelve a ocurrir, te lo diré.
Kael asintió.
—De acuerdo.
Pero antes de entrar en la casa principal, Darius volvió a mirar hacia el horizonte.
No sabía qué era.
Solo sabía que aquella sensación no había aparecido por casualidad.

Esa noche, Helena volvió a soñar.
El mismo bosque.
La misma luna.
La misma niebla.
Pero esta vez...
La loba blanca estaba mucho más cerca.
Helena permaneció inmóvil.
—¿Eres tú quien me está llamando?
La loba levantó lentamente la cabeza.
Sus ojos rojos brillaron bajo la luz de la luna.
Helena dio un paso hacia ella.
Uno solo.
El suelo comenzó a temblar.
Una corriente de energía recorrió su cuerpo.
Helena cayó de rodillas.
—¡Ah!
La loba dio un paso hacia ella.
Y por primera vez...

Helena escuchó una voz.
No era la voz masculina de su sueño anterior.
Era una voz femenina.
Suave.
Profunda.
Antigua.
—Helena...
La joven levantó la cabeza.
—¿Quién eres?
La loba se acercó.
Sus ojos se encontraron.
—Soy lo que olvidaste.
Helena abrió los ojos.
Despertó de golpe.
Su habitación estaba completamente a oscuras.
Respiraba con dificultad.
Se llevó una mano al pecho.
Su corazón latía descontroladamente.
Entonces vio algo que hizo que se quedara inmóvil.
Sobre la palma de su mano había una pequeña marca plateada.
Una figura parecida a una luna.
Helena la observó durante varios segundos.
Y cuando volvió a parpadear...
La marca había desaparecido.




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