La Última Luna

Capítulo 2: Aliados

El forastero viajó por el interior del bosque, se escuchaban sus jadeos, estaba agotado. Sintió sudor en su frente, por lo que, secó las gotas usando su muñequera. Levantó la cabeza y sacudió sus cabellos oscuros, así pues, se amilanó al ver el inmenso cielo celeste y los tallos gigantes de los árboles que radicaban en el campo. El joven descendió por el relieve inclinado, pero se detuvo, porque se percató que llevaba los cordones desatados. El muchacho se inclinó para sujetarlos y mientras realizaba tal acción, acechó un hombre que llevaba un traje oscuro. El tipo se acercó al joven y sacó de su bolso otra muñequera. Acto seguido, entregó la prenda y alcanzo a decir “Esto te pertenece”, gesto que el muchacho de zapatillas blancas agradeció. El joven se levantó y prosiguió su descenso, al igual que el tipo de traje oscuro.

Concluida su rutina, Sam llegó a casa. Sujetaba en sus manos una bolsa de pan y embutidos que había comprado en la tienda de convivencia posterior a su vivienda. El tipo de ojos canela, subió por las escaleras de forma silenciosa e insertó la llave lo más taciturno posible en la perilla de la puerta. Al ingresar a su hogar, recibió un abrazo apremiante de su pequeña hermana y una sonrisa tierna de su madre; explicó su demora, siendo el motivo su extensa ruta deportiva por los campos desolados. El joven de cabello oscuro y ojos canela, solicitó un breve receso para ducharse. Mientras las gotas de agua recorrían su cuerpo, Sam meditó en lo acontecido. Recordaba el rostro del tipo que constató en las colinas, la extrañeza de su mirada y esos ojos oscuros parecidos a los suyos, pero teniendo una patente diferencial, un destello de fuego intenso. Sus ideas se calmaron y secó su cabello con una toalla blanca. Procedió a vestirse con una camiseta azul, un pantalón claro y sus zapatillas tradicionales de color rojo. Abrió la puerta y se acomodó en la silla central de la mesa de vidrio. Su madre repartió el desayuno, que consistía en tocinos y huevos fritos, junto al pan tostado, el café caliente y una caja de jugo de naranja. Los tres compartieron el agasajo matutino y el joven alistó a su hermana para llevarla a la escuela.

Sam manejó el automóvil por la autopista central, el día era soleado. Se detuvo en un semáforo y recordó nuevamente al sujeto del bosque. Su sonrisa fue cortés, pero sintió un vahído de desconfianza, una impresión errónea, su injerencia peculiar denotaba ese estado de precaución en su interior, aunque dejó que aquel momento solo sea un recuerdo esporádico. Se concentró en conducir, dado que, llevaba a su pequeña hermana Delia. La ruta fue sencilla, aunque en el último tramo de su trayecto, fue obstaculizado por una protesta popular universitaria, que reclamaba la abolición de un decreto supremo; aquello le recordó que tuvo que dejar la universidad luego de la muerte de su padre, atrapando su estigma de nostalgia. Sam se ubicó en el recuadro especial del estacionamiento, siendo detallista en no salirse y estar bien posicionado, bajó del auto y abrió la puerta a su hermana, la pequeña de cabello claro descendió del vehículo y le dio un abrazo, el joven le regaló una sonrisa y prometió que volvería por ella al terminar su sesión de estudios, para ir por unos helados al centro comercial.

Después de un periodo relativo y de dar con enumeradas acciones, el fiscal Diego Saldívar, abandonó la morada y recorrió los alrededores, buscando algún indicio, algo fuera de lo habitual en contraparte a lo obtenido por la policía. Inspeccionó como un fisgón recurrente y observó una breve fisura subterránea de la cual sobresalían extraños relieves y unas huellas de botas, por consiguiente, solicitó a su equipo de investigación que adquiriese las pruebas y que las llevaran al laboratorio. Al fiscal Diego Saldívar le parecía insólito ver el estado activo de la policía y el conflicto por intentar cerrar el archivo de forma inmediata. Las dudas se incrementaban a cada minuto. El atentado era visto como un suceso político, debido a la condición de postulante oficial del fenecido ministro Sanabria. El fiscal concluyó con su investigación preliminar y se dirigió a su auto, debía partir esta vez a la estación de policía para dialogar con el comisario encargado y solicitar el acceso a la morgue central. Cerca de la entrada a la mansión, se estacionó un patrullero del cual descendió el coronel, Juan Ramírez Cáceres.

— Señor fiscal, buenos días, espero podamos trabajar bajo cautela y capturar al responsable de este caso.

— Es mi trabajo, verificar cada detalle y hallar a un culpable, señor coronel.

— En la comisaría lo estará esperando el agente Benavides, él se encargará del proceso ejecutivo y de la inspección general.

— ¿Tiene algún indicio de reivindicación política o de un estado de venganza en contra del ministro Sanabria?  

— No hubo altercados oficiales que sugieran un acceso al ataque premeditado. En el último mitin de campaña realizado en Santos de Trujillo, el pueblo recibió bien al ministro. Nuestra diligencia fue cautelosa y subsecuentemente, abordamos el viaje de seguridad del ministro hacia su vivienda.

—  Comprendo, gracias por llevar a cabo una correcta diligencia coronel.

—  Fiscal Saldívar, sabe que este caso no es ordinario. ¿Cree que el tipo que originó esto, sea alguien común? No hay huellas, videos, fotos, no existe nada que nos aproxime al ejecutor.

—  Existe algo, aunque la certeza de una conexión de peritaje tiene probabilidades muy escazas. El fiscal Sanabria portaba un anillo, que según refiere sus palabras, era muy importante para el decreto nacional.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.