La Última Mate

Prólogo

La Noche Roja

La primera alarma sonó a las 2:13 de la madrugada.

No fue una alarma común.

Fue un rugido.

Uno tan profundo que hizo vibrar las ventanas de toda la ciudad de Arkanis, la capital del Reino de Aukan.

Zamira Vael abrió los ojos de golpe.

El ventilador del techo se balanceaba lentamente mientras una luz roja atravesaba las cortinas de su habitación.

Otra explosión.

Más cerca esta vez.

La casa tembló.

—¿Qué demonios…? —susurró adormilada.

Se incorporó rápidamente, apartando las sábanas de lino de sus piernas. Afuera, los perros ladraban desesperados.

Luego dejaron de hacerlo.

Un silencio espeso cubrió el mundo.

Zamira caminó hacia la ventana.

Y entonces lo vio.

La luna.

Roja.

Completamente roja.

No carmesí brillante.

No.

Oscura.

Como sangre vieja.

Un escalofrío recorrió su espalda.

En las calles, la gente corría gritando. Autos chocaban. Sirenas llenaban el aire. Helicópteros sobrevolaban el cielo nocturno.

Y entre el caos…

rugidos.

Rugidos imposibles.

No humanos.

Algo explotó a unas pocas cuadras y el resplandor iluminó enormes sombras moviéndose entre el humo.

Demasiado grandes para ser hombres.

Demasiado rápidas para ser animales.

Zamira retrocedió lentamente.

—No… no…

La puerta de su habitación se abrió de golpe.

—¡Zamira! —gritó su tía Elenna, completamente pálida—. Baja ahora mismo.

Su voz temblaba.

Eso era raro.

Elenna jamás temblaba.

Zamira bajó las escaleras rápidamente. El televisor de la sala transmitía imágenes caóticas:
edificios destruidos,
soldados disparando,
criaturas gigantescas atravesando avenidas enteras.

La señal se cortó unos segundos.

Volvió.

Un periodista ensangrentado apareció en pantalla.

—Los gobiernos de Elarion, Shinzai y Varken han caído hace menos de una hora—dijo agitado—. Repetimos: esto NO es un ataque terrorista…

Detrás de él, algo enorme atravesó el vidrio del estudio.

La transmisión terminó.

Kaelys estaba de pie frente al televisor.

Hermosa.
Perfecta.
Fría.

Como siempre.

Sus ojos dorados reflejaban el resplandor rojo de la luna.

—Sabía que este día llegaría —murmuró.

Zamira la miró confundida.

—¿Qué está pasando?

Kaelys sonrió apenas.

Y por primera vez…
sus colmillos se asomaron.

El aire desapareció de los pulmones de Zamira.

—¿Kaelys…?

Su prima inclinó la cabeza lentamente.

—Debiste huir cuando aún podías, prima.

Un golpe brutal sacudió la entrada principal.

La puerta explotó.

Pedazos de madera salieron disparados por toda la sala.

Elenna gritó.

Tres hombres enormes entraron cubiertos de sangre y humo.

No.

No eran hombres.

Sus ojos brillaban dorado intenso.
Sus cuerpos eran demasiado grandes.
Demasiado salvajes.

Uno de ellos olfateó el aire.

Y entonces todo el ambiente cambió.

El monstruo levantó lentamente la cabeza.

Directo hacia Zamira.

Sus pupilas se expandieron.

El silencio cayó sobre todos.

Incluso Kaelys retrocedió.

El hombre caminó lentamente hacia ella.

Uno.
Dos.
Tres pasos.

Hasta quedar frente a Zamira.

Ella apenas podía respirar.

Él inclinó el rostro hacia su cuello.

Inhaló profundamente.

Y un gruñido bajo, posesivo y casi desesperado salió de su pecho.

—Imposible… —susurró otro de los soldados.

El primero levantó la mirada.

Sus ojos dorados parecían animales y humanos al mismo tiempo.

Peligrosos.
Hambrientos.

Obsesivos.

—Mate… —dijo con voz ronca.

Zamira sintió que el mundo entero se detenía.

Porque todos en la habitación parecieron aterrados al escuchar esa palabra.

Incluso Kaelys.

Especialmente Kaelys.

Y afuera…

las sirenas dejaron de sonar.

Porque el mundo acababa de caer.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.