El aroma a tostadas quemadas despertó a Zamira antes de que sonara la alarma.
Frunció ligeramente el ceño todavía medio dormida, hundiendo más el rostro contra la almohada mientras el olor seguía llegando desde la planta baja. Afuera, la lluvia golpeaba suavemente las ventanas de su habitación y el sonido constante del agua cayendo sobre los techos normalmente le parecía relajante.
Esa mañana no.
Últimamente nada lograba tranquilizarla del todo.
Se quedó inmóvil unos segundos mirando el techo blanco de la habitación, todavía atrapada entre el sueño y el cansancio. Desde hacía semanas dormía mal. A veces despertaba en mitad de la noche sin razón aparente; otras veces simplemente no podía conciliar el sueño, como si algo invisible le mantuviera el cuerpo en alerta.
No sabía explicarlo.
Era una sensación incómoda.
Persistente.
Como cuando el aire cambia antes de una tormenta fuerte.
Giró lentamente la cabeza hacia el reloj digital sobre la mesa de noche.
6:12 a.m.
Demasiado temprano para existir.
Soltó un suspiro cansado y se cubrió el rostro con ambas manos unos segundos antes de obligarse a levantarse. El suelo estaba helado bajo sus pies descalzos.
Tomó la enorme sudadera negra que había dejado sobre la silla y se la puso encima del short mientras caminaba lentamente hacia la ventana.
La ciudad seguía cubierta por neblina gris.
Arkanis siempre era hermosa cuando llovía. Las montañas desaparecían entre humo y nubes bajas, y las luces de los edificios parecían pequeñas estrellas atrapadas debajo del cielo oscuro.
Pero incluso desde esa distancia algo se sentía diferente.
Había demasiados helicópteros.
Otra vez.
Zamira apoyó una mano contra el vidrio frío mientras observaba cómo uno de ellos atravesaba lentamente el cielo entre la lluvia.
Eso también se había vuelto normal últimamente.
Helicópteros militares.
Patrullas.
Sirenas durante la madrugada.
Apagones repentinos.
Y nadie daba explicaciones reales.
Tomó el celular desbloqueándolo apenas con el dedo.
Las notificaciones llenaron la pantalla inmediatamente.
Noticias.
Videos borrados.
Teorías conspirativas.
Alertas del gobierno.
Todo mezclado.
Frunció el ceño mientras comenzaba a bajar lentamente entre publicaciones.
—“Otro puerto cerrado en Varken.”
—“Desaparecen estudiantes cerca de la frontera.”
—“Gobierno de Elarion niega movilización militar.”
Zamira mordió ligeramente el interior de su mejilla.
Todo el mundo hablaba de ataques.
Pero nadie decía ataques de qué.
Eso era lo extraño.
Los videos desaparecían demasiado rápido. Las noticias eran modificadas a los pocos minutos. Incluso las transmisiones en vivo terminaban abruptamente antes de mostrar demasiado.
Como si alguien estuviera intentando controlar el miedo.
O esconder algo.
Una publicación alcanzó a cargar parcialmente antes de congelarse.
Una carretera destruida.
Vehículos militares.
Personas corriendo.
Y algo enorme moviéndose entre el humo.
El video desapareció.
“Contenido eliminado”.
Zamira se quedó mirando la pantalla unos segundos.
Un escalofrío incómodo le recorrió lentamente los brazos.
—Qué raro…
Apagó el celular y salió finalmente de la habitación.
El olor a café y tostadas quemadas se hizo más fuerte mientras bajaba las escaleras.
Eso logró sacarle una pequeña sonrisa.
Porque algunas cosas sí seguían siendo normales.
Como las tostadas quemadas de su tía.
La cocina estaba cálida.
Las plantas colgaban cerca de las ventanas empañadas por la lluvia y la vieja radio sobre el refrigerador transmitía noticias a bajo volumen mientras Elenna se movía de un lado a otro intentando despegar algo carbonizado de una sartén.
—Se están muriendo otra vez —dijo Zamira entrando a la cocina.
Elenna levantó la mirada sobresaltándose apenas.
—¡Las tostadas no están muriendo!
Zamira arqueó una ceja.
—Huelen bastante muertas.
Eso consiguió que su tía sonriera un poco.
Una sonrisa pequeña.
Cansada.
—Buenos días, dramática.
—Buenos días, asesina de pan.
Elenna soltó una risa baja mientras dejaba una taza de café frente a ella.
Y por un momento todo se sintió normal.
Casi.
Zamira tomó la taza caliente entre sus manos observando en silencio la cocina. Siempre le había gustado ese lugar. Las paredes amarillas, las plantas, el olor constante a café… todo hacía que la casa se sintiera menos vacía.
Porque realmente no era su casa.
Nunca lo fue.
Aunque hubiera vivido ahí desde pequeña.
Se sentó lentamente mientras Elenna terminaba de limpiar la encimera.
—Dormiste tarde otra vez —murmuró su tía sin mirarla.
—No podía dormir.
—Últimamente nunca puedes dormir.
Zamira dio un pequeño encogimiento de hombros antes de beber un sorbo de café.
La radio seguía hablando de fondo.
“…continúan las tensiones diplomáticas entre Shinzai y—”
Elenna la apagó rápidamente apenas notó que Zamira estaba escuchando.
Demasiado rápido.
El silencio que quedó después fue incómodo.
Zamira levantó lentamente la mirada.
—¿Por qué haces eso?
—¿Qué cosa?
—Apagar las noticias cada vez que entro.
Elenna evitó mirarla mientras acomodaba unos platos que ya estaban acomodados.
Mala señal.
—Porque ya suficiente ansiedad tienes con internet.
—Ajá.
No le creyó ni un poco.
Últimamente todo el mundo actuaba raro.
Más callados.
Más tensos.
Más pendientes del celular.
Incluso las calles se sentían diferentes.
La gente hablaba en voz baja en el metro.
Los supermercados cerraban temprano.
Había militares en zonas donde antes jamás había militares.