La Última Mate

Capitulo 2

La sensación de estar siendo observada no desapareció en todo el día.

Incluso después de que la figura del otro lado de la calle desapareciera entre la lluvia, Zamira siguió sintiendo esa incomodidad pegada al cuerpo, como una sombra difícil de ignorar.

Intentó convencerse de que estaba exagerando.

Tal vez era paranoia.
Tal vez el estrés.
Tal vez tantas noticias horribles finalmente estaban afectándole la cabeza.

Pero aun así…

cerró las cortinas antes de subir nuevamente a su habitación.

El sonido de la lluvia seguía llenando la casa mientras se preparaba para salir. Elenna se había encerrado en su cuarto después de la llamada con Kaelys y no volvió a bajar. Otra cosa extraña.

Demasiadas cosas extrañas juntas.

Zamira se sentó al borde de la cama mientras se colocaba los zapatos lentamente.

No entendía por qué todo se sentía tan raro últimamente.

La universidad estaba extraña.
Las calles estaban extrañas.
La gente estaba extraña.

Incluso Kaelys.

Especialmente Kaelys.

Desde pequeña había algo raro en ella. Algo que Zamira nunca lograba explicar completamente. No era solo su personalidad fría o la manera elegante en que siempre parecía superior a todos.

Era otra cosa.

A veces Kaelys desaparecía durante horas sin explicar dónde iba.
Otras veces llegaba con rasguños en las manos diciendo que había tenido “un mal entrenamiento”.

¿Entrenamiento de qué?

Nunca respondía.

Y Elenna siempre cambiaba de tema.

Suspiró cansadamente mientras terminaba de arreglarse el cabello frente al espejo.

Tal vez sí estaba volviéndose paranoica.

Tomó su mochila y bajó nuevamente.

La cocina estaba vacía ahora.

Solo quedaba el olor a café y lluvia.

Sobre la mesa había un plato cubierto con otra tostada ligeramente quemada y una nota escrita rápidamente por Elenna.

“Come algo antes de irte.
Y no vuelvas tarde.
Por favor.”

Zamira frunció ligeramente el ceño.

“Por favor.”

Su tía nunca escribía así.

Se quedó mirando la nota unos segundos antes de guardarla distraídamente dentro de la mochila.

Algo no estaba bien.

Y empezaba a cansarse de no entender qué era.

Las calles de Arkanis estaban más llenas de lo normal.

El tráfico apenas avanzaba entre el sonido constante de bocinas y lluvia. Varias patrullas militares bloqueaban algunas avenidas principales mientras personas discutían alteradas cerca de las estaciones de metro.

Zamira caminaba rápido sosteniendo el paraguas sobre la cabeza mientras observaba discretamente a su alrededor.

Se sentía raro salir sola últimamente.

Como si las calles hubieran dejado de ser seguras de un momento a otro.

Las pantallas gigantes de los edificios transmitían noticias en silencio.

“MEDIDAS PREVENTIVAS.”
“CONTROL FRONTERIZO.”
“ESTABILIDAD NACIONAL.”

Todo sonaba falso.

Una ambulancia pasó a toda velocidad haciendo que varias personas se apartaran bruscamente.

Un niño comenzó a llorar cerca de la estación.

Y aun así…

nadie parecía realmente sorprendido.

Era como si la ciudad estuviera aprendiendo lentamente a vivir con miedo.

Zamira terminó entrando en una pequeña cafetería cerca de la universidad para escapar de la lluvia más fuerte.

El lugar estaba lleno.

Demasiado lleno para un martes por la mañana.

Personas hablando nerviosamente.
Ojos pegados a celulares.
Noticias sonando de fondo.

Pidió un café rápido y se sentó cerca de la ventana mientras revisaba distraídamente las redes otra vez.

Error.

Más videos eliminados.

Más rumores.

Más personas desaparecidas.

Una publicación llamó su atención inmediatamente:

“Ataque en la costa norte deja decenas de muertos.”

La publicación desapareció antes de que pudiera abrirla.

—¿También te los borran?

Zamira levantó la mirada sobresaltándose apenas.

Un chico de cabello oscuro estaba sentado en la mesa de al lado observándola con cansancio evidente.

Tendría quizá unos veintidós años.

Llevaba sudadera negra, ojeras marcadas y un portátil abierto lleno de noticias bloqueadas.

Zamira dudó unos segundos antes de responder.

—¿Perdón?

El chico giró la pantalla apenas hacia ella.

Varias publicaciones aparecían marcadas como “contenido restringido”.

—Todo lo eliminan —murmuró—. Videos, fotos, transmisiones… lo que sea.

Zamira lo observó unos segundos.

—Tal vez para evitar pánico.

El chico soltó una risa seca.

—Sí, claro.

Luego bajó un poco la voz.

—Mi primo trabaja cerca del puerto de Varken.

El nombre hizo que Zamira levantara la mirada inmediatamente.

Todo el mundo hablaba de Varken últimamente.

—¿Y?

El chico dudó.

Como si estuviera pensando si debía seguir hablando.

—Dice que algo atacó a soldados la semana pasada.

Zamira sintió un escalofrío incómodo.

—¿Algo?

—No personas.

El silencio quedó entre ambos unos segundos.

La lluvia golpeaba los ventanales con fuerza mientras varias personas dentro de la cafetería miraban nerviosas las noticias.

—Eso suena ridículo —murmuró Zamira intentando sonar tranquila.

—Lo sé.

Pero la expresión del chico no parecía la de alguien bromeando.

Parecía genuinamente asustado.

—Dicen que los cuerpos estaban destrozados.

Zamira tragó saliva lentamente.

No quería escuchar eso.

Y aun así no podía dejar de hacerlo.

—¿Qué clase de animal hace algo así?

El chico la observó directamente unos segundos.

—Mi primo dijo que no parecía un animal.

Un silencio incómodo cayó entre ambos.

Entonces las pantallas de la cafetería cambiaron repentinamente.

La música desapareció.

Y una transmisión oficial apareció en todos los televisores.




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