El sonido ensordecedor de la alarma de emergencia se mezclaba con los gritos ahogados que resonaban en las paredes de concreto. En medio del caos, una voz sobresalía: la de Robert Schwarz, quien corría por los pasillos del quinto piso (el área dedicada a ciencias biológicas y botánicas), gritando con desesperación el nombre de su hijo y de su alumno. Su respiración era agitada, sus pasos erráticos, sus ojos escaneaban cada rincón sin detenerse.
Minutos atrás, el sistema le había notificado algo impensable: una pérdida repentina de rastreo en varios chips de identificación. Aquellos malditos dispositivos implantados para garantizar "seguridad" ahora eran inútiles. Temiendo lo peor, Robert había ignorado las advertencias de los otros altos mandos, rompiendo los protocolos para buscarlos por su cuenta. No podía esperar. No cuando se trataba de su hijo.
Como último recurso, se detuvo frente al punto de encuentro E1, una zona protegida para los botánicos, semienterrada entre paredes con vitrinas de emergencia y plantas en incubación. Lo había mencionado antes a Jack, en una de sus pocas conversaciones paternas:
"Si algo ocurre, refúgiate aquí. Siempre habrá alguien."
- ¡¿Jack?! -gritó al entrar bruscamente- ¡¿Los chicos están aquí?!
Los investigadores presentes lo miraron con sobresalto. Entre ellos, la doctora Alice, quien dejó de intentar calmar a sus compañeros al verlo llegar con el rostro bañado en sudor y furia.
- ¿Señor? ¿Qué está pasando? -preguntó ella, con un tono temeroso, buscando alguna respuesta que calmara los nervios colectivos- No nos han comunicado nada oficial.
Robert no se detuvo. Escudriñaba cada cara, cada rincón de la sala como si esperara ver a Jack asomando detrás de alguna camilla.
- El sistema R.E.V.O.S. ha caído temporalmente -explicó de forma atropellada, sin mirar a nadie en particular-. Estamos intentando restablecerlo. Solo... haz que sigan el protocolo, la facción de seguridad ya está al tanto.
- ¡¿Has visto a los niños?!
Alice, notando su desesperación, lo detuvo con suavidad pero firmeza, posando una mano sobre su hombro.
- No, señor. Solo la zona B se ha concentrado aquí. Si quiere, puedo acompañarle a buscarlos.
Pero antes de que Robert pudiera responder, el revuelo en la sala aumentó. Los murmullos comenzaban a transformarse en pánico. Alice levantó la voz con temple:
- ¡Por favor, guarden la calma, camaradas! ¡Todo está bajo control!
¡Debemos seguir el protocolo de emergencia y esperar instrucciones de seguridad! ¡Repito: guarden la calma!
Robert la miró con aprecio, aunque sus ojos aún buscaban entre la multitud.
- No, doctora. Te necesito aquí. Manténlos seguros -le pidió con seriedad.
En ese momento, la puerta del punto E1 se abrió de golpe. Carsten apareció jadeando, con la camisa empapada y el rostro tenso.
- ¡Siguen en los pisos bajos! ¡Están allá abajo! -anunció con urgencia.
Robert asintió sin decir nada, girando sobre sus talones y echando a correr una vez más. Sus pasos resonaban contra el suelo metálico mientras el eco de las alarmas continuaba golpeando su pecho con cada latido.
Por otro lado, los chicos buscaban desesperadamente un escondite improvisado tras haber tenido un percance que les impidió alcanzar la seguridad de los pisos superiores. Según el protocolo, lo más probable era que la mayoría de los trabajadores ya se hubieran reunido allí. Sin embargo, había algo inquietante: ninguna de las puertas de seguridad en los niveles inferiores funcionaba. Como si algo o alguien estuviera interfiriendo.
Jack se encontraba sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra una de las frías paredes metálicas, respirando con dificultad. El mareo y las náuseas lo golpeaban con fuerza, provocados por la adrenalina y el miedo.
Había sido un estúpido.
Sabía perfectamente que esa sensación en el pasillo no era paranoia, ni estrés. Era su instinto gritándole a pleno pulmón. "El instinto jamás se equivoca." Y aún así lo había ignorado. Dios, ojalá esta vez sí se equivocara.
Levantó la cabeza, con un hilo de esperanza, para leer el cartel junto a la puerta del Piso 2 (C3 - Rampa de Desechos).
Mientras tanto, Daniel e Isaak forcejeaban con la entrada. El sistema de bloqueo no respondía, como si los códigos de emergencia introducidos por Isaak no fueran válidos. Su pulso temblaba, los dedos resbalaban sobre los botones.
- ¡Apártate, Tormoznik (Estorbo)! -exclamó Daniel, empujando a Isaak a un lado con brusquedad.
Acto seguido, usó toda la fuerza bruta de su cuerpo contra la compuerta. Para su sorpresa, la estructura metálica cedió con más facilidad de la que debería. Como si alguien hubiera desactivado desde adentro su resistencia. «Esto no está bien...» pensó, pero no dijo nada.
Isaak corrió de inmediato hacia Jack, agachándose a su lado mientras las luces rojas parpadeaban intermitentemente, tiñendo sus rostros de un tono siniestro.
- ¡¿Todo bien?! -preguntó, apoyando una mano firme sobre su hombro mientras lo ayudaba a levantarse.
- S-sí... sí... -Jack tartamudeó, todavía temblando. Luego alzó la vista, con los ojos vidriosos, casi al borde del llanto-
- ¡¿Y papá?! ¿Dónde está?!
Daniel los observó por un segundo. Sabía que no había tiempo para consuelos.
- Lo más probable es que venga por ustedes.
Pero rápido... no tienen mucho tiempo. Estarán seguros mientras no hagan ruido -dijo con urgencia, lanzando una mirada rápida al pasillo.
Apenas los dos chicos cruzaron el umbral, Daniel comenzó a forzar la puerta desde afuera para cerrarla, apretando los dientes y usando el peso de su cuerpo. Los sonidos del metal contra metal resonaban como cuchillas en la oscuridad. A merced de lo que fuera que había hecho caer el sistema.
Isaak, al ver lo que hacía Daniel, intentó intervenir desesperado:
- ¡¿A qué te refieres con que "estaremos"?! ¡¿Qué es lo que pretendes hacer?!