Alek esperaba impaciente entre la multitud de enmascarados, todos apiñados en la cochera, aguardando instrucciones. Su pierna golpeaba el suelo sin cesar, marcando un ritmo de ansiedad que contrastaba con el silencio tenso del ambiente. Estaba recargado en una de las tantas camionetas blindadas de la organización, con el brazo cruzado y la vista perdida... hasta que algo captó su atención.
Desde la entrada lateral, una de las puertas metálicas se levantó apenas unos centímetros y alguien se escabulló por debajo con agilidad.
Daniel.
Salió sacudiéndose el polvo, acomodando su uniforme con torpes manotazos y echando miradas nerviosas a su alrededor. Su actitud no pasó desapercibida para Alek, que arqueó una ceja y se incorporó un poco. Había algo extraño en él. Algo más allá de lo habitual en un soldado cualquiera.
Daniel avanzó directo hacia el centro de la cochera, donde Audel conversaba con algunos de sus hombres. Antes de que pudiera abrir la boca, el jefe de seguridad ya lo esperaba con los brazos cruzados, la mirada afilada como cuchillas.
—¡No me importa dónde Schezkra (carajo) estabas! ¡Vuelve al trabajo ahora mismo! —bramó Audel, atronando el eco de la cochera.
Antes de que Daniel pudiera replicar, Rozanov —su compañero— se interpuso con naturalidad, colocándose al lado de ambos.
—Tranquilo, camarada —dijo con voz serena, intentando aliviar la tensión—. Ten por seguro que era algo urgente. Lo importante ahora es concentrarnos en arreglar esto.
Rozanov le dio una palmada amistosa en el hombro a Daniel, un gesto que no fue bien recibido. Daniel no respondió. Bajó la mirada y asintió con un deje de resentimiento en el rostro, como si aquella intervención solo hubiese empeorado su humor.
Alek observaba a la distancia, cada vez más intrigado. conocía bien a Daniel, su actitud le parecía fuera de lugar para alguien de su rango... ¿A qué había ido realmente? ¿Y por qué parecía tan tenso? El murmullo de los demás soldados se mezclaba con el sonido lejano de sirenas y motores encendidos. La sensación en el aire no era la de una misión cualquiera. Algo se estaba cociendo... y Alek no pensaba quedarse al margen.
—¡Ya escuchaste! ¡Es la última vez que vuelve a ocurrir, la próxima no habrá consideración! — tronó Audel, lanzando una última mirada de advertencia a Daniel.
Sin más remedio, Daniel se formó junto a sus compañeros de rango. Audel entonces giró sobre sus botas, levantando la voz con autoridad para dirigirse a los Rangers alineados con precisión militar.
—Sabemos perfectamente la circunstancia. No podemos permitir que la plaga se adueñe de nuestro territorio. Es hora de poner cartas en el asunto y expulsarlas de una vez por todas. Enviaré 90 hombres en grupos de 30 para liberar las zonas Norte, Sur y Este, tanto internas como externas. El Grupo A, D y F se encargará respectivamente de cada sector. El último cerrará su puerta correspondiente. ¿Quedó claro? ¡Muévanse ya! Los estaré monitoreando... cualquier error será severamente castigado.
Las filas se rompieron en un enjambre ordenado de soldados que se dirigieron a sus zonas asignadas. Alek tragó saliva, se ajustó la máscara y fue al punto de reunión del Grupo F: el sector Este.
La adrenalina le recorría el cuerpo. Esta vez no podía fallar. No después de tantas miradas de desconfianza, no después de que su nombre quedara manchado por errores pasados. Pero como si el destino quisiera jugarle una mala pasada, al llegar a su grupo, lo vio: Daniel.
Y Daniel también lo vio.
—¿Qué Gromírot (demonios) haces tú en mi grupo? — masculló con desprecio, clavándole una mirada afilada como cuchillo.
Alek bajó la vista apenas un segundo, no por miedo, sino por diplomacia. Sabía lo rápido que Daniel podía estallar.
—Oye... podemos discutir, pero no ahora.
Daniel resopló, con el ceño fruncido. No tenía ganas de lidiar con tonterías tampoco. Se giró hacia los otros enmascarados y comenzó a dar instrucciones con tono seco:
—Me informaron de 27 bestias en la zona, repartidas entre el noreste y sureste. Ustedes 20 se encargarán de eliminarlas. — Señaló al grupo.— Nos dividiremos en equipos de 10. Los 5 restantes subirán a las torres de vigilancia y apoyarán con los 7 objetivos dispersos, además de cubrirnos e informarnos en la última etapa. Cuatro se encargarán de cerrar las puertas del edificio Alpha. Yo iré a cerrar la principal.
—Tres. Cerraremos. Iré contigo. Si algo se atraviesa, te cubriré. —interrumpió Alek con firmeza.
Daniel lo miró como si acabara de decirle que el cielo era verde. Soltó una risita cargada de sarcasmo.
—¿Tú, cubrirme?
Pero antes de replicar algo más hiriente, la tropa ya se estaba desplegando. Todos marcharon hacia sus posiciones asignadas, dejándolos solos.
—Bien. No tienes de otra. — sentenció Alek con una media sonrisa, dándole la espalda para caminar hacia el extremo opuesto de la base, rumbo a la puerta principal.
Daniel refunfuñó por lo bajo y lo siguió a paso rápido, intentando tomar la delantera como si con eso reafirmara su control de la misión... o su ego.
Por otro lado, dentro del edificio, las oficinas de seguridad estaban siendo usadas de forma exhaustiva. C.E.R.O. se encargaba de mantener estables las señales para vigilar y monitorear a todos los escuadrones desplegados. Rozanov, por su parte, acababa de terminar de reparar la conexión de uno de los equipos.
—¿Cuántas bajas se reportaron? —preguntó Audel, observando por encima del hombro de una de las investigadoras frente al monitor.
—Se mantienen en solo dos, señor... —respondió ella con voz temblorosa mientras tecleaba frenéticamente bajo presión.
—Recopila toda la información sobre esas bajas. Quiero respuestas. —ordenó Audel antes de que Rozanov lo llamara desde el fondo de la sala, haciéndole señas frente a otra pantalla.
—Bien hecho. ¿Dices que fuiste técnico en el viejo mundo? No me sorprende que trabajes tan rápido. Eres de mucha ayuda —lo elogió Audel mientras se acercaba.