La Última Oportunidad

REGISTRO 15 "Bienvenido a la guerra"

Lo único que respiraba la habitación era el goteo constante que caía sobre la porcelana mojada. Cada gota de agua se deshacía en breve, un reloj rotos, tiempo sin dueño. El resto solo era vacío. Jack dormía hundido en ese vacio, con el cuerpo torcido sobre el catre. El cabello oscuro le cubría la frente pegajoso de sudor y la mitad del rostro la tenía bañada en saliva. Ni siquiera esa incomodidad lograba arrancarlo de sus sueños. Su cuerpo cargado con el peso de plomo, se negaba a moverse.
Los golpes en la puerta. Tres, duros. Reventaron su calma. El eco se metió en sus oidos. Despertó jadeando, con el corazón pegandole en las costillas, y un dolor quemandole en el costado izquierdo donde la herida aún ardía. Un gruñido se le escapó de la boca.

—¡Jack! ¿Sigues dormido? —La voz de su padre retumbó..

Jack se llevó una mano al rostro la cual le temblaba con espasmos Zzzzt... clack... zzt.... Cada intento de incorporarse era un suplicio: los músculos respondían igual que sacos de arena mojada cuando intentaba arrastrar el cuerpo con desgana.
—¡Ya estoy despierto! ¡Solo… déjame vestirme! —su voz se quebró mientras se erguía a trompicones a cada paso tropezaba con algo.
Abrió a manotazos el cajón y empezó a arrojar objetos al suelo, buscando el controlador bajo la enfermiza luz de la prótesis. Cada cosa que levantaba con las manos heridas era un tormento: los dedos, desnudos de uñas apenas rozaban algo se sentian agujas incrustandose en su piel.

—¿Estás bien? Voy a entrar… —la voz de Rovgart, más cercana, rozaba la puerta.

Jack se apresuró, enfundándose los guantes (su unica armadura) contra el dolor y su disfraz, se quedó sosteniendo su cuerpo contra la puerta antes de ceder. Sin siquiera tener el tiempo de poder fingir compostura y no estar roto.
La puerta se abrió y Rovgart se quedó allí, en el umbral, clavado con duda. La expresión de su rostro cargaba amargura: algo no estaba bien. Observó el rostro pálido de su hijo, los ojos vidriosos, el temblor disimulado y los dedos engarrotados. Avanzó despacio, levantó una mano y, con una suavidad rara apartó los mechones mojados de su frente.
—No parece que tengas fiebre… —murmuró, intentando hablar consigo mismo.

Jack bajó la mirada, encogido, las palabras se le rompían antes de salir y sus dedos se movíeron rechinando con nerviosismo.
—Quizá… solo esté empezando el resfriado.

Rovgart respiró. En su gesto se notaba el peso de retener la inquietud, de no dejar que el miedo hablara más fuerte que la calma.
—Límpiate la cara. Vamos a cenar y regresas a dormir. — Advirtió con autoridad entre ternura—. Te espero aquí fuera.

La quietud volvió a ocupar la habitación, algo habia quedado entre padre e hijo.
Jack salió unos instantes después, la kronenko sujetada en el brazo izquierdo, caminando con la presión del día. Se abrazaba instintivamente, la prótesis descansando sobre el hombro lastimado, mientras sus pasos arrastraban el único ruido en el pasillo silencioso. La cabeza gacha, los ojos fijos en su reflejo distorsionado sobre la loza encerada, evitando cualquier contacto visual con su padre. Temía que un vistazo fuera suficiente para delatarse.

La mano cálida se posó sobre su hombro. Jack levantó la mirada en automático, atrapado en ese contacto que parecía pausarlo todo.
—Muéstrame la prótesis. —La voz de Rovgart era irme, pero sin aspereza. La mano se extendía hacia él, ofreciendo un puente. Jack suspiró, apretó los labios y dejó que la prótesis tronara antes de depositarla en su palma.

Apartó la vista nuevamente. Las luces del pasillo parpadearon, avivando sombras deformes sobre las paredes, mientras la electricidad de los tubos fluorescentes chirriaba. Sus miradas se cruzaron por un instante más, cargadas de preguntas no dichas.
—¿Agarraste tierra con la prótesis? —preguntó Rovgart, sus ojos recorriendo las hendiduras del metal llenas de lodo seco.

—Se me cayó una maceta en la mañana, antes de regresar a la habitación. —Jack respondió entrecortado.

Rovgart no replicó. Le dio un leve empujón en la espalda para que avanzara a su lado. El pasillo, antes apagado, empezaba a llenarse del murmullo de los investigadores en el comedor, un ruido difuso que rompía el letargo de la organización
Jack se movió con cuidado entre las hileras de bancos y figuras que conversaban a medias, hasta que alcanzó a Petryck e Isaak. Al verlo, ambos dibujaron una expresión extraña, sus rostros licuandose ante la incertidumbre entre sorpresa y desconfianza.
El comedor estaba apagado, algo parecía nacer de los tubos del techo.
Jack sintió las miradas sobre él apenas se acercó a la mesa; los ojos de Isaak, grandes tras los lentes torcidos, se movían nerviosos; los de Petryck, en cambio, duros, tan tensos que el roce de sus dientes chirriaba entre bocados que no existían.
Nadie dijo nada. El silencio tenía filo.
Rovgart tomó asiento frente a ellos con calma. Se quitó las gafas y las limpió con el borde de su manga. Jack se dejó caer en su lugar, colocó la kronenko sobre la mesa y fingió orden, mientras sus dedos temblaban dentro de los guantes.

—Hoy —dijo Rovgart, con una voz que parecía templar el viento.— me complace anunciar que la comida será más que carne seca. Los cultivos han sido generosos: sopa de verduras.

Una pausa. Sonrió con esa cortesía gastada que ya no significaba nada.
—Y mientras se prepara... hagamos un breve repaso.

El sonido de las cucharas y los pasos lejanos resonaban.
—Se ha establecido la nueva red de servicio y asistencia “Kronenko”. Hoy terminó la distribución. —Su voz bajó más íntima.— Ábranla, probemos alguna anotacion.

Jack encendió su libreta. La pantalla titiló en su rostro. El reflejo del metal en su prótesis vacilaba igual que él.
Sus compañeros hicieron lo mismo, las pequeñas pantallas parpadeando cual luciérnagas enfermas en la penumbra del comedor.
Rovgart los observaba con calma dolorosa.
—Bien. Hoy tuvimos varios inconvenientes en el laboratorio. ¿Quién me dice el primero?




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