Cada botón del ascensor se encendía con un parpadeo pausado, marcando un ritmo irregular en el aire. Cada punto de luz anunciaba un piso distinto, un tramo más cerca del deber. Jack golpeaba el costado de su bandolera con el dedo índice; la prótesis respondía con su propia música quebrada: clink… tic… clink… El motor del elevador roncaba bajo sus pies, respirando con un cansancio idéntico al suyo.
La cabina se detuvo con una sacudida brusca. Las puertas se abrieron arrastrando el aire frío del pasillo. Jack salió con pasos inseguros; cada músculo protestaba, la piel tirante le ardía, y el cuerpo exigía descanso… un lujo que no existía. El día recién despertaba y los pasillos todavía conservaban un silencio roto solamente por el altavoz que repetía mensajes familiares, esa especie de plegaria industrial que acompañaba a todos.
“Aviso: el riego automático iniciará en treinta segundos. Abandonen las zonas verdes si no desean contacto directo.”
“Comunicado urgente: el contenedor de semillas intervenidas del laboratorio C1 requiere cierre manual. Se solicita al técnico más cercano intervenir.”
Al cruzar el pasillo directo al primer laboratorio, una corriente helada le rozó la nuca. Se llevó la mano a la cara hinchada; aún tenía en los labios el gusto metálico por la sangre. A un costado, el dispensador de cubrebocas lo esperaba, ofreciendo un disfraz para ocultar la mañana. Lo tomó con dedos temblorosos; los nudillos de la prótesis palpitaban con pequeños golpes internos. Ajustó la tela sobre el rostro, inhaló despacio y pasó su tarjeta por el lector.
La puerta respondió con un chirrido áspero, abriéndose lo justo para revelar el interior.
Isaak y los otros investigadores estaban al fondo, las expresiones tensas, la luz blanca clavada en sus rostros. Cuando la puerta terminó de abrirse, todos giraron la cabeza al mismo tiempo.
Jack se quedó inmóvil unos segundos. Luego dio un paso, después otro, y se sentó en el primer escritorio vacío. Nadie habló. El salón entero guardó silencio junto a él. Isaak dudó por primera vez si debía acercarse; un murmullo breve se escapó entre los compañeros, sin llegar a formarse en palabras.
Jack abrió su bandolera y sacó la Kronenko. La dejó sobre la mesa con suavidad, aunque la maniobra le arrancó un ardor en los dedos sin uñas. Tecleó despacio; la luz verde se extendió sobre su rostro. En la pantalla, una notificación parpadeaba en la parte inferior. Deslizó el dedo para abrir el archivo. Intentó tragarse el gemido que le subía al mover la mano. La vista se le escapaba, las letras parecían flotar.
«Incremento del diecisiete punto algo… regulador bioenergético… compatible con la fisiología estándar…»
Susurró cada palabra para retenerla. La frase era impecable en el papel, pero dentro de su cabeza tenía una textura turbia. La pantalla refulgía demasiado o quizá su visión se duplicaba. El dolor le subió por el brazo, punzante, insistente. Siguió leyendo mientras los párpados se le entumecían.
La silla a su lado se movió. Dio un sobresalto.
Isaak estaba allí, con esa expresión de perro cansado que nunca sabía ocultar.
—¿Sabes por qué nos convocaron? —preguntó, desconcertado.
Jack negó con la cabeza.
El umbral volvió a abrirse; Petryck cruzó con la misma mirada perdida. Los observó, caminó hacia ellos y se dejó caer en la silla contigua. Se inclinó sobre la mesa.
—Antes de que digan algo, yo tampoco sé qué hago aquí.
—Quizá solo es un testeo de rutina —murmuró Isaak, intentando creerlo.
El altavoz volvió a despertar al fondo del pasillo. Un zumbido seco abrió paso a otra frase automática, una voz sin dueño, indiferente al temblor que Jack arrastraba en las manos.
«Último aviso de integración al laboratorio B2. La orientación dará inicio en breve.»
El grupo intercambió miradas tensas, un hilo de inquietud atravesando a cada uno. Isaak llevó las manos a la boca y arrancó un pedazo de uña, los pies repiqueteando contra el piso en un ritmo nervioso que hacía vibrar la mesa más cercana. Jack lo observó de reojo con una ceja levantada; en el pecho se le había hecho un nudo denso, una bola de hilo húmedo que no terminaba de desatarse. Pensamientos improbables le atravesaron la cabeza. La idea de que su padre hubiera descubierto algo le pinchó la nuca. Aunque esa sospecha no tenía sentido: a sus costados había más compañeros, todos con la expresión gris de la rutina. Nada en ellos anunciaba problemas.
Las puertas del laboratorio se abrieron de nuevo. El grupo giró la cabeza al unísono, sincronizados por un mismo miedo. Robert entró ajustándose la corbata con un gesto ensayado. A su lado avanzaba Helene, envuelta en su propio perfume (una fragancia de néctar que dejaba una estela pegajosa en el aire) y caminaba con una elegancia que parecía desafiar lo que rodeaba al lugar. Jack apenas la vio y los ojos se le abrieron sin permiso. Detrás de ambos venía Alice, empujando un carrito con ambas manos, sonriendo con los labios tensos.
Robert se plantó al frente. Sacó de su bolsillo una tiza blanca que chirrió al tocar el pizarrón oscuro; el polvo se desintegró en el aire, flotando un instante antes de perderse. Escribió: "Simulacro de categorización."
Petryck se llevó una mano a la frente, un gesto que mezclaba resignación y desgano. Isaak soltó un suspiro aliviado, quizá el primero del día. Jack, en cambio, sintió que algo dentro de él se apretaba aún más. Aferró la kronenko. Uno de sus dedos empezó a golpear la carcasa de cuero con un clack-clack-clack que terminó en un krk seco. La muñeca giraba en círculos mínimos; los nudillos se quejaban, crujientes.
Robert se aclaró la voz.
—Buen inicio de ciclo, camaradas. Un placer tenerlos aquí para el primer testeo de capacidades. Puede que muchos no esperaran esta convocatoria; la administración decidió omitir avisos previos respecto a la selección de candidatos. Pero créanme: si están aquí es porque se confía en sus aptitudes avanzadas. Ustedes poseen las herramientas necesarias para demostrarlo, incluso bajo presión o en circunstancias variables.— Hizo una pausa breve antes de continuar y responder la pregunta que nadie se atrevía a decir.—La organización necesita que todos los operarios de áreas técnicas tengan conocimientos generales mínimos de bioseguridad, química básica, lectura de protocolos y evaluación de riesgos.