La Última Oportunidad

CAPITULO 17 "EL PESO CORRECTO"

Cada bache de la terracería desplazaba los cuerpos exhaustos de un lado a otro. El aire escaseaba dentro de la parte trasera de la camioneta. Jack no supo en qué momento se había quedado dormido durante el traslado. Era su primera misión fuera de la organización, pero el cansancio pesaba más sobre los párpados que cualquier ilusión. La cabeza le caía hacia adelante, sostenida apenas por el casco.

Un golpe seco lo sacó del sopor.

El impacto le desacomodó el casco. Arrugó la nariz, frunció el entrecejo y levantó la cabeza con dificultad, la visera le quedó torcida cubriéndole parte de la vista. Parpadeó varias veces, intentando ordenar la imagen.

Zuerst lo observaba con una expresión ambigua, a medio camino entre la burla y la advertencia. Jack bostezó y se dejó caer contra el asiento. La boca le sabía a gasolina; el olor impregnado en el interior daba la sensación de haber tragado directo del tanque. El estómago se le cerró un poco.

Se llevó la mano al rostro y se talló los ojos la prótesis respondió con un tzzz-tik bajito y los dedos se le flexionaron queriendo asegurarse de que todo estaba en su lugar. Un sacudón brusco bajo las ruedas lo empujó de nuevo contra los demás sobresaltándolo y arrancándole un siseo involuntario al presionarse la pierna herida. Abrió los ojos de golpe, todavía aturdido. Los rostros enmascarados se fijaron en él casi de inmediato, inmóviles, atentos, sin curiosidad visible.

—¿Ya despertaste, Krolik? — zanjó uno de los Razkund.

Jack inclinó la cabeza, el casco se le ladeó hasta cubrirle media cara, sin comprender a qué se refería se limitó a asentir con la cabeza entonces escuchó las risas amortiguadas por los intercomunicadores, breves, atrapadas. Daniel iba en medio del grupo, la cabeza baja. No lo miraba. Los dedos apretaban la correa del fusil Vorstik hasta dejarle los nudillos blancos.

—Ya despierta, vamos a llegar.— Susurró Zuerst mientras se ajustaba la máscara con una sola mano.

Jack asintió de nuevo y giró apenas la cabeza, buscando ubicarse. A través del vidrio polarizado distinguió el bosque: masas oscuras, húmedas, desplazándose lento. Minutos después, la camioneta se detuvo en seco. El chirrido de las ruedas lo hizo encogerse dentro del asiento.

— Repiteles el protocolo.— Ordenó Daniel quitándose el cinturón y poniendose de pie para bajar.

Hartmann, en el asiento delantero, comenzó a hablar sin girarse siquiera.
—Todo Probnik y Spurnik tiene restricción absoluta de retirar la máscara fuera de instalaciones autorizadas: base, campamento, puesto de control o cualquier terreno no validado por la organización. Se prohíbe el intercambio de información con personal externo y la exposición a agentes contaminantes sin el equipo reglamentario. Cualquier infracción a estas disposiciones será considerada falta grave y podrá ser sancionada de forma inmediata, incluida la ejecución por orden directa de un superior si la situación lo amerita.

Las preguntas se le disolvieron a Jack cuando la puerta del vehículo se abrió. La luz de la mañana irrumpió en el interior. Una brisa leve sacudía las ramas, produciendo un siseo suave, ahogado por el casco que le aplastaba las orejas.
Jack descendió a tropezones, cojeando, y se formó junto a sus compañeros. De reojo observó la postura de Zuerst: rígida, automática, fruto de la costumbre de quien lleva años obedeciendo órdenes. Jack lo imitó un segundo después; se irguió como un resorte, un poco tarde, un poco rígido, intentando al menos llegarle a los hombros. Levantó la cabeza tanto como pudo, apretando los puños. Un ¡clink! mecánico le respondió antes que el orgullo.

Zuerst, al notar el sonido, inclinó la cabeza apenas hacia él. No dijo nada. Jack apretó los dientes y enderezó los hombros de inmediato. Zuerst levantó la mano y apoyó dos dedos en el hombro del chico, empujándolo hacia atrás. Dzhek corrigió la postura al instante.

Ambos oficiales discutían en voz baja al otro lado. Daniel se ajustó las gafas oscuras con un gesto rápido, giró sobre los talones y avanzó, haciendo crujir la tierra húmeda bajo sus botas.
—Paso al frente. Ocho voluntarios para salida extra. — Ordenó.

Dzhek dio medio paso sin pensarlo. El brazo de Zuerst se interpuso de inmediato frente a su pecho, cortándole el movimiento. Jack alzó la vista, descolocado, y encontró el rostro de su compañero. Zuerst no le devolvió la mirada. Se adelantó sin decir palabra y ocupó su lugar al frente.

Dzhek quedó clavado en la tierra. Daniel soltó un suspiro desde su posición; el peso que se le había tensado en los hombros aflojó lo justo para notarse.

Otros Razkund y Probnik avanzaron en silencio. Se formaron filas cortas, irregulares, cuerpos separados por centímetros de duda. Daniel caminó hasta ellos, llevó el Vorstik al frente y arrancó con el pulgar la tapa del cartucho. El crujido seco se impuso sobre el murmullo del entorno. Las balas brillaron débilmente bajo la luz sucia del sol, manchadas de polvo y grasa.

—Si alguien quiere respuestas… esta es la última.— Escupió.

Se plantó frente a los Razkund. Uno por uno, depositó una sola bala en cada palma abierta. Cada cual reaccionó distinto: algunos la guardaron de inmediato en el chaleco; uno la sostuvo con dos dedos y la deslizó detrás de la oreja, los labios moviéndose en una frase muda; otro repitió el gesto en silencio antes de ocultarla bajo el casco.

El aire se volvió más pesado. Nadie habló. El metal, la tierra y la respiración atrapada ocuparon todo el espacio.

El Sfk. Hartmann dejó que cada bala fuera guardada antes de entonar cual disparo la orden.
— Aborden al vehículo.

Jack parpadeó mientras ajustaba la postura. Vio a Zuerst subir al final y quedar sentado en la orilla, junto a la puerta. Levantó la mano y la llevó a la frente en un gesto torpe de despedida, insinuando una sonrisa bajo la máscara. Daniel cerró las puertas y golpeó la parte trasera de la camioneta con la palma abierta, señal de salida para el piloto. El impacto le dejó a Jack un hueco en el estómago. Se mordió el interior de las mejillas y permaneció inmóvil, siguiendo con la mirada la camioneta hasta que se volvió una mancha entre los árboles y el ruido del motor se apagó tragado por el silencio.




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